HOMENAJE

A la deriva

A la deriva

Había pensado iniciar una ronda de entrevistas con los científicos responsables de los diferentes experimentos que ARGON ha diseñado para la ocasión. Pero la realidad se ha impuesto, y ha arrinconado para mañana esa información. Nos íbamos acercando al tercer punto de un total de diecinueve que ARGON pensaba visitar, cuando se ha recibido una llamada del buque “Grande Togo”, de GRIMALDI LINES: a dos millas de nosotros se encontraba junto a una embarcación con una veintena de personas a bordo. El Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo de Argel, que se hizo cargo de las labores de rescate, ordenó al mercante y al GdC que se mantuvieran en las proximidades de la embarcación por si era necesaria nuestra intervención.

Preparamos el barco por si fuese necesario rescatar a los ocupantes de la barca: crear sombra en cubierta, preparar agua y mantas, pensar cómo sería la maniobra y distribuir cometidos entre la tripulación.

Estuvimos más de una hora contemplando la barca. Parecía una barquita de pesca artesanal, o una chalupa de salvamento. Llegó un helicóptero argelino al escenario. Al poco tiempo se nos ordenó que abandonáramos el operativo: una patrullera llegaría al lugar para efectuar el rescate.  El “Grande Togo” se quedó: el helicóptero podía aterrizar en su cubierta, si fuera necesario.

El GdC se iba alejando de la zona, camino de ese tercer punto de muestreo. Mientras, yo no podía dejar de mirar por los prismáticos en dirección a la barca. Contemplaba la silueta de sus ocupantes, que parecían tranquilos, sin hacer aspavientos, esperando acontecimientos. No sé si llegaron a adivinar que era Argelia quien les iba a rescatar. De vuelta a la casilla de salida.

Que no haya utilizado el término “refugiado” en esta crónica no es casual. Refugiado es aquel que encuentra refugio: refugio ante la lucha de poder que se libra a base de masacre de civiles, refugio para salvar la vida, refugio para recuperar algo del futuro que quedó entre las ruinas de las casas y de las fosas comunes. Los ocupantes de la barca no son refugiados. Son desahuciados. El Gobierno español y toda esta Europa civilizada muestra, ufana, los pequeños grupos de personas a las que se les ha admitido la condición de refugiados, como si con eso cumplieran con sus compromisos y por ello se sintieran orgullosos. Yo sigo mirando por los prismáticos e intento imaginarme qué grado de desesperación llega a padecer alguien que decide embarcar a su familia en una empresa suicida como esta, la de intentar llegar a Europa desde África en un bote. ¿Cuántas embarcaciones como esa estarían intentando hacer lo mismo, en ese mismo momento, atravesando las autopistas del mar por donde la riqueza de los “países decentes” es transportada?

Hoy es el Día Mundial de Los Océanos, creado para recordar que los mares deben protegerse. Me pregunto por qué la ONU no ha decidido que los seres humanos también han de ser protegidos, cueste el precio que cueste. Mientras nos alejamos del drama –quién sabe si aproximándonos al siguiente-, me acerco a la proa después de dar la cena, como siempre hago, para contemplar la mar y serenar mi consciencia. Sobre la superficie rizada flotan cientos de Velella velella, un hidrozoo pariente de las medusas, una especie de barquita que cabe en la palma de la mano, con una vela que es impulsada por el viento. Son unas bellas criaturas azules que a veces tapizan la superficie de la mar en kilómetros a la redonda. Las de hoy no son más que sus esqueletos, de una transparencia plástica. No puedo rezar –no tengo a quién-, pero pienso en que estos deberían ser los únicos cadáveres que aceptara el océano por su homenaje.

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