Un día cualquiera

20130623 Navegando frente al sol

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Arroz a la cubana

 

Pijotas Fritas, con Espárragos y Salsa Romesco

 

Gazpacho

 

Entrecote de Ternera, con Ensaladilla Rusa

 

A estas horas, apenas pasadas las ocho y media de la tarde, no debería estar escribiendo estas líneas. Debería estar en cubierta, una vez acabada la cena al aire libre, con un vaso mediado de vino en la mano, charlando de cualquier cosa o empezando a seguir con la punta del pie el ritmo de la música, sonando a través del equipillo de fortuna, montado a tal efecto.

 

No tenemos petardos ni bengalas, somos como los huéspedes de la galería de vigilancia atenuada de cualquier presidio occidental, género masculino, número plural, ante los invisibles barrotes de la inmensidad marina que nos rodea, pero aun así con ganas de celebrar la noche de San Juan, “la noche más corta del año” –mmm, bueno, más o menos: en realidad está en función del solsticio de verano, que este año ha ocurrido a las seis y media de la mañana del 21 de Junio, hora peninsular-.¿Cómo podíamos hacerlo, sin chicas con las que bailar bajo la luna llena, alumbrados por su luz y la de los farolillos de colores? Pues comiendo y bebiendo… bajo la luna llena.

 

Pero había que contar con el padre de la muchacha, que ante la falta de ésta ha sido interpretado con meritorio éxito por el viento de veinte nudos que día sí día también, acude a la cita esté anunciado o no, que ni los alisios atlánticos son tan cumplidores. A las cuatro de la tarde una comisión del departamento de Fonda, que es el que se chupa la organización de esta clase de eventos, ha decidido que así no, que con veinte nudos de viento por la amura de estribor y rociones amenazando con salar excesivamente los langostinos cocidos, no se podía montar ni cena ni nada, que no era cosa de sembrar la mar con vasos y platos de plástico volados desde la mesa de camping montada para la ocasión, ni se podría mantener conversaciones mínimamente comprensibles teniendo a la Máquina rugiendo lo correspondiente a los casi ocho nudos con los que vamos observando el fondo tunecino.

 

Así que, al final, y por segunda vez desde que comenzamos esta campaña –la otra fue fondeados frente a Túnez, con una ventada que hacia moverse al GdC como si en vez de fondeados estuviéramos corriendo la Copa América-, se ha desconvocado la fiesta y hemos acabado cenando a nuestra hora y en nuestro comedor, como Eolo manda.

 

Así es la vida a bordo del GdC, donde mil fiestas y saraos han iluminado otras tantas noches durante todos estos años, tantas como planes han fastidiado vientos cansinos, mares respondonas, puertos díscolos, coyunturas desquiciantes, razones desquiciadas, cálculos equívocos, promesas incumplidas, pactos infringidos… Pero si no aceptas las reglas del juego, si no reconoces que vives en un universo cada segundo cambiante, si no admites que la vida en la mar es así, que la vida de la Ciencia es así, que la vida es así, estás perdido.

 

Así que reconfiguras el menú, aceptas el vino que te ofrecen a través de la ventanita que conecta la cocina con el comedor, pinchas una música que suba el ánimo, y piensas en qué harás mañana de comer, último lunes que pasaremos en la mar antes de escapar a casa unos días, mientras montas los platos para el primer turno de la cena del 23 de Junio, un día cualquiera.

 

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¡¡Al toro, que es una mona!!

20130618 Buscando la calma total

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Crema de Calabacín

 

Berenjena Rellena

 

Ensalada Verde

 

Sardinas a la Plancha

 

Duró apenas unas horas, pero rodeó al barco con la magia ensoñadora e hipnótica que hace que el espacio y el tiempo se ondulen como las alas de la bailarina española sobre el arrecife coralino. Ni siquiera era continuo. Aparecía, más bien, como franjas intercaladas con otras en las que un levísimo rizo emborronaba el hechizo.

 

Pero ahí estaba, de nuevo, otra franja de calma total, la que permite retratarte ante la lisa superficie de la mar, convertida en espejo efímero; aquella que hace que la frontera desaparezca, que el barco levite, que la medusa respire aire, que todo se convierta en un solo universo.

 

En esos momentos me quitaba de encima los prismáticos y la cámara con su objetivo hipertrofiado, y simplemente me asomaba por encima de la regala y miraba hacia abajo, supongo que de manera parecida a los delfines que giran su cuerpo mientras nadan a escasos palmos de la roda del barco, contemplando durante unos instantes cómo les miramos a ellos, en una mutua perplejidad que difumina la frontera que nos separa.

 

En otros momentos, mientras pasaba por una franja de mar rizada, captaba con los prismáticos una imagen sospechosa en medio de la siguiente franja de calma total. Entonces los dejaba a un lado y me hacía con la cámara, y seguía con el “AI Servo” ese punto que se iba acercando a medida que nos acercábamos a su altura. Entonces, cuando el punto se convertía en una tortuga, o una raya, o un pez luna, apretaba el disparador configurado en “disparos en serie” y “cazaba” al habitante marino convertido, durante un instante, en vecino de universo.

 

Así estuve durante un par de horas, viendo concentraciones masivas de Velella velella que refulgían como pequeñas palmatorias contra el sol crepuscular; una raya huyendo apresuradamente de la superficie (la segunda que veo en veintiún años de embarque en el GdC); dos tortugas, una pequeña, la otra enana, cerca ambas de un agrupamiento de Pelagia noctiluca -la medusa cuyo diámetro es el de un puño, aproximadamente, y cuyos largos tentáculos pueden producirnos quemaduras que dejan cicatrices-, de las cuales se alimentan; dos delfines, imposibles de identificar en el resol del atardecer, posiblemente Stenella, saliendo del agua como torpedos inocuos… y me he visto a mí mismo, mirando mi reflejo, y más allá siguiendo los haces de luz que se adentran en la mar hasta perderse en el azul profundo.

 

Al fin, el sol desapareció del todo a medida que iluminaba otras aguas otros continentes, hacia el oeste. La mar fue adquiriendo un tono azulado cada vez más oscuro, en contraste al principio con el brillo irisado de la rompiente formada en la roda del barco, girando al negro a medida que el cielo se poblaba de estrellas y la rompiente adquiría un tono grisáceo. La magia había acabado, así que me reincorporé a la sociedad del GdC, en silencio y medio ensimismado, saboreando el retrogusto que el sueño deja en la consciencia.

 

Más tarde llegaron de nuevo los veinte nudos, la mar nerviosa y la ausencia de encuentros con otros seres que no fueran las pardelas cenicientas, las Velella y los grandes barcos buscando Gibraltar o Port Said.

 

Y aún más tarde, hoy mismo, una nueva entrada en Cagliari. De nuevo aprovisionamiento de víveres, de gasoil; nuevamente cambio de personal. En catorce horas todos de nuevo a bordo. Ahora mismo el GdC se aleja de la bocana de Cagliari, quizá por última vez si Mohamed, el amable compañero tunecino que continúa embarcado en calidad de observador, puede al final desembarcarse en Barcelona, cuando el barco atraque el día 29.

 

Ha embarcado Álvaro, de REPSOL, para comprobar in situ el trabajo del GdC, de los científicos del CMIMA y técnicos de la UTM, aunque la verdad es que lo que va a ver no puede catalogarse como lo más impactante de la multitud de trabajos que realiza el GdC: en el laboratorio, dos técnicos medio adormilados controlando los displays de las sondas -que es lo más parecido a contemplar cómo cada segundo un folio pasa volando de una carpeta a otra en la pantalla del ordenador cuando estás copiando un archivo de 200 mb; en la cubierta, dos oscurecidos marineros -producto del sol y la salitre- picando los desconchones, miniando y pintando cualquiera de los muchos metros cuadrados de acero que componen el casco; en el puente, un descuajeringado oficial sentado en su trono como si hubiera caído en él desde un segundo piso, contemplando en una pantalla cómo el barco sigue la trayectoria que han trazado sobre la carta electrónica los científicos de turno, y corrigiendo los desvíos con la tensión que proporcionaría correr un gp de f1 en la ps3, a cámara lenta; en la Máquina… bueno, vaya ud. A saber qué ocurre en la Máquina; y en la cocina, ahí sí, todo alegría y actividad desenfrenada, dándole vueltas al sofrito mientras cantamos a voz en grito “¡¡Siempre que llegas a casaaa, mencuentras en la cocinaaa… embadurnado de harinaaa… con las manos en la masaaa…!!

 

Bueno, bienvenido sea a bordo ¡¡ y al toro que es una mina… digo una mona, maestro!!

 

Elucubrando frente al sofrito

20130613 Garcillas bueyeras sobrevolando el puerto de Cagliari

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Ensalada de Apio, Pepino y Feta, con Salsa de Yogur y Mermelada de Pimiento

 

Sardinas Fritas con Tomate y Vinagreta de Anchoa

 

Gazpacho

 

Conejo al Ajillo

 

El GdC navega por aguas desconocidas o, al menos casi olvidadas, o para ser más exactos, imposiblemente recordables. Con ello no quiero decir que geográficamente el barco haya traspasado las fronteras conocidas. Me refiero, concretamente, a las fronteras temporales. Desde ayer, la campaña del proyecto GEOMARGEN es la tercera campaña más larga de la historia del GdC. Sin embargo, ningún tripulante de los que participaron en las dos campañas que preceden a ésta en la lista de las campañas más largas sigue aún a bordo, ya sea porque se jubiló o porque se desembarcó para cambiar de rumbo su vida, así que podemos afirmar que esta campaña del proyecto GEOMARGEN es la más larga de todas cuantas en las que haya participado cualquiera de los tripulantes actuales del GdC.

 

Desde que en 1992 este cocinillas embarcara en el GdC, el record de la campaña más larga la ostentaba la primera del proyecto THRESHOLD, de treinta y cuatro días de duración, que llevó al GdC hasta el puerto de Estambul durante la primavera de 2006.

 

Más cifras a añadir a la estadística de este barco. Cuando a primeras horas del día 29 lleguemos a Barcelona, habrán pasado cincuenta y dos días desde que zarpamos de este puerto. Independientemente de las millas recorridas para llegar a la zona de trabajo, y las necesarias para realizar los tránsitos a los puertos de aprovisionamiento, los números de esta campaña estremecen. Hasta ahora, el GdC ha recorrido casi 10000 km, y el ojo de la sonda multihaz ha contemplado algo más de 7500 km2, lo que supone que el GdC ha retratado, sobrevolando el fondo a diferentes altitudes –es el fondo el que se acerca y aleja de nosotros, que seguimos pegados a las dos dimensiones aparentes de la superficie del océano-, un área comparable a… más de una quinta parte de la superficie de Cataluña.

 

Otro dato a consignar en las crónicas de la campaña: posiblemente sea ésta una de las campaña donde más cosas se han roto, estropeado, degenerado, de las máquinas y estructuras del barco: que si un anillo de bronce que rodea al eje de la hélice propulsora estaba tan gastado que friccionaba sobre él y elevaba sobremanera su temperatura; que si la hélice de proa no chuta por no sé qué del circuito hidráulico; que si uno de los grandes extractores de aire de la Sala de Máquinas decidió suicidarse esparciendo trocos de sus aspas a su alrededor y dejando al personal de la Máquina disfrutando de lo que ya empieza a parecerse a una sauna hipertrofiada; que si uno de los termos que proporciona agua caliente sanitaria ha dicho basta; que si los servicios sanitarios de la zona de proa estribor han quedado inutilizados no se acaba de saber si por estenosis o por trombosis; que si se detectó una zona de debilidad escondida en lo más recóndito del forro del barco, entre el pantoque y la aleta, y que ha sido protegida con una tirita de cemento rápido y grava… ¡pero si se ha roto hasta el grifo de la cocina! El GdC está viejito, no se le hizo en su momento, vaya ud. a saber por qué, lo que en términos navales se denomina mantenimiento de vida media, por lo que el barco trabaja en las mismas condiciones que si a un fórmula 1 se le pide correr un gran premio con ruedas compradas en un desguace, y no le queda otro remedio al piloto –como no le queda otro remedio a la tripulación- que sacar lo mejor de si mismo para acabar la carrera –o las campañas, en nuestro caso-. ¡Pero no preocuparse! ¡Queda GdC para rato! ¡Qué sería de la oceanografía sin este pequeño barco, utilitario, que gasta como un mechero!

 

Más datos: en los últimos veintiún años, los que llevo embarcado en el GdC, el barco ha atracado en casi sesenta puertos, a lo largo del Cantábrico, la costa portuguesa, las islas Canarias, y todo el Mediterráneo, desde Gibraltar a los Dardanelos, eso sin contar en los que hemos fondeado, sobre todo en pequeñas islas mediterráneas –Elba, Thira…-.

 

Ignoro cuántas millas habrá recorrido el GdC en veintiún años. A bordo nadie tiene la respuesta, no existe un registro de ese dato. Quizá en el CMIMA exista ese registro, aunque dudo que sea muy exacto. En la carta electrónica del programa MAXSEA queda registrada la derrota del barco, incluida en la información sobre las campañas realizadas. Pero dicho registro se ha perdido en al menos una ocasión, debido a problemas informáticos, y además dicho programa no lleva instalado desde el año 1992. Sería curioso ver reflejada en la carta electrónica la derrota del barco durante todos estos años, expresada como un hilo continuo de tela de araña, enmarañada hasta lo gordiano sobre todo en la zona del litoral catalán, el centro de la tela, y ralo en sus partes más exteriores, como los hilos que desde la tela parten hacia las ramas, anclándola a ellas. Y enganchados a toda la estructura, una miríada de datos: información sobre el fondo marino, sobre la columna de agua y las corrientes que la atraviesan; sobre la vida que puebla el océano, desde su suelo –hemos pescado a más de cuatro mil metros, en la cuenca jónica, largando todo el cable adujado en el carretel de la maquinilla- hasta su superficie, desde el nanoplancton más microscópico –hemos capturado hasta virus- hasta toda la ictiofauna que ha caído en nuestras redes –al parecer, no hay otra manera de saber de ella y de su salud sino arrancándola de su entorno y trayéndola a nuestro universo seco-.

 

¡Hay qué ver las vueltas que le da uno a las cosas, mientras pica hortalizas para un sofrito!

 

Es viernes, seguimos navegando tras una parada en Cagliari que nos ha permitido embarcar provisión de calidad -¡qué descanso, que relajación, que goce!-, y el tiempo continúa goteando como gotas sobre un cristal frío, que nos llevan hacia el día 29 y Barcelona. Sobre todo, mucha calma.

 

 

Conocerte como a Venus

20130608 Crepúsculo casi veraniego

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Brócoli al Vapor con Salsa de Ajo y Tomate

 

Huevos con Patatas y Chistorra

 

Crema de Legumbres

 

Pescado Variado a la Plancha, con Setas Salteadas con Salsa de Soja y Wasabi

 

El verano ha llegado doce días y unas horas antes de que el sol consiga su máxima declinación en el hemisferio norte (+23º26’.1). La mar ha adquirido esa quietud anticiclónica tan característica del estío, y en la cubierta el sol se ha impuesto definitivamente sobre la ligera brisa, lo que ha permitido a los tripulantes de la Máquina disfrutar de unos estupendos 35ºC al coincidir el ascenso de las temperaturas con la rotura de uno de los dos extractores de la sala de Máquinas… Están encantados.

 

En el laboratorio, el software de la multihaz decidió que ya no se ponía más en marcha. No es que cada mañana se pusiera en marcha al iniciar la jornada laboral y, de pronto, se negara a hacerlo. El trabajo de las sondas es casi permanente mientras el barco sigue la línea trazada en la carta, y sólo se interrumpe cuando hay que dejar una línea y pasar a la siguiente, paralela a la anterior -como hace un agricultor al volante del tractor mientras rotura el campo de labranza-, o cuando hace falta utilizar el CTD –o los más sencillos XBT- para conocer la densidad de la columna de agua y poder calibrar las sondas respecto a la velocidad del sonido en el agua, que cambia según dicha densidad. Resulta que el software de la sonda multihaz se apagaba cada día al llegar el reloj a marcar las 00:00:00, o sea, a media noche, una actitud que podríamos calificar a caballo entre el muy temido en su momento “Efecto 2000” y el hechizo del que disfrutó Cenicienta… hasta media noche. En cuanto se apagaba, los técnicos volvían a arrancarlo, porque sin dicho software de nada sirve que las sondas sigan barriendo el fondo. Pero una media noche el programa no arrancó, ni a la primera, ni a la de tres. Y, claro, los técnicos estaban… eso es, encantados. Mas hete aquí que recordaron que llevaban otra versión diferente del mismo software. Lo arrancaron y… fueron felices y comieron perdices. Bueno, perdices no, pescado, pero eso no importa.

 

Y así, mientras el programa de la multihaz emborrona pantallas y pantallas con diferentes tonos de los colores primarios, el barco sigue el zurcido ideado sobre la carta haciendo que los grandes barcos con los que nos cruzamos, que vienen o van a Port-Said -entrada al Canal de Suez- se aparten obedeciendo a la señal que enseñamos en nuestro mástil –bola, bicono, bola-: “maniobro con dificultad, manténgase apartados de mí”. Gigantescos portacontenedores, tanques, graneleros, de trescientos metros de eslora y aún más, maniobran humildemente después de llamar por el VHF: “What’s your intention, sir?”, y nosotros seguimos tan campantes nuestra derrota, impertérritos incluso si se acerca una patrullera tunecina –que debe salir como los caracoles, cuando luce el sol tras la tormenta- a preguntar por enésima vez, esta vez a voz en grito, qué estamos haciendo con tanto ir y venir.

 

Quizá sea el denso tráfico el que explica la cantidad de plásticos y toda clase de deshechos con los que nos cruzamos a medida que recorremos estas aguas, y de los que me percato en mi diario observar de la mar, contemplando las pardelas cenicientas y las velellas, verdaderas reinas de estas aguas. Hoy ha sido el primer día que hemos podido ver a las pardelas exhibiendo su mejor técnica de planeado, cuando apenas hay viento y a pesar de ello porfían en su silencioso vuelo por encima de las estelas de los barcos, rasgando la superficie de la mar como si sus plumas primarias fueran estiletes.

 

Mientras escribo estas líneas, sentado en el comedor multipropósito, oigo en las noticias que hoy es el Día Mundial de los Océanos -¿océanos? Independientemente del nombre que le demos, Océano sólo hay uno, ocupando con sus 2035 millones de kilómetros cúbicos los 362 millones de kilómetros cuadrados de fondo marino, siete décimas partes de la superficie del globo (“La exploración del mar”, de Robert Kunzig, Ed. Laetoli)-, y no deja de parecerme digno de consideración que dicha jornada –definida más o menos arbitrariamente- coja al GdC descubriendo los detalles de esta infinitesimal parte del fondo marino –aunque sea para “constatar la presencia de signos que hagan sospechar escapes de fluidos gaseosos en el subsuelo”-, agregando su partícula de arena a un trabajo ciclópeo que quizá no acabe nunca: la de conocer el fondo marino del planeta, con la misma exactitud con la que se conoce la superficie de Venus.

 

Eso estaría bien, Océano: conocerte como a Venus.

 

Bizerta ajena

Saliendo de Bizerta

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Ensalada de Lentejas

 

Sardinas en Escabeche

 

Sopa de Pollo

 

Pescadilla a la Plancha, con Patatas Fritas

 

Al principio pensé que nunca conseguiría dormir sin ella, tengo la sensación de sentirla pegada a mí, hasta tal punto mi cuerpo estaba acostumbrado al suyo, y después me despierto, ella no está y estoy perdido”. Emmanuel Carrère, en su libro “De vidas ajenas” (Ed. Anargama. Barcelona, 2013: absolutamente imprescindible, según mi modesto entender), transcribe las palabras de Patrice, que aún está intentando asimilar la pérdida de su mujer Juliette.

 

Así nos sentimos muchos de los que estamos a bordo del GdC, creo: desamparados ante la ausencia de la protectora cultura occidental, aunque sea en su versión más latina, mientras paseamos por la Medina y la Kasba de Bizerta. Abro los ojos en una ciudad nada turística, donde por la calle la gente te mira preguntándose, seguramente, qué se le habrá perdido a este europeo con su obscena cámara haciendo fotos de los pescados fresquísimos, amontonados groseramente en encimeras de madera y cajas de plástico mientras camina casi de puntillas intentando evitar que sus zapatos no absorban demasiado jugo de pescado añejo, y que no se le note en la cara sus dificultades para ignorar el olor imperante.

 

En Bizerta te cruzas con mujeres vestidas según los clichés occidentales y mujeres de las que no ves ni un centímetro cuadrado de su piel, ni siquiera en torno a los ojos, ocultas tras los nikab, aunque son las menos: lo que más se ve es la túnica en tonos oscuros y de bordes decorados, con el niyab envolviendo la cabeza. También se ve, de vez en cuando, a alguna anciana luciendo el sefseri tradicional tunecino, un gran lienzo de 1,60 x 2,00 metros, en tonos siempre claros, con el que envuelven todo su cuerpo, desde los tobillos hasta la cabeza, dejando la cara a la vista. Ves a hombres con la marca en la frente producida por años de tocar con ella al suelo mientras rezan –señal de la que se enorgullecen- y parejas de jóvenes besándose apasionadamente entre las almenas de la muralla de la fortaleza que rodea a la Kasba.

 

Mientras esperábamos sentados ante un café a que limpiaran los veinte kilos de pescado fresco que habíamos comprado en el mercado, Eduardo (capitán/amigo/cuñado) y yo charlamos con nuestro agente Zied Chaaben, que articula para nosotros la panorámica de un país que intenta mantener su carácter abierto y permisivo dos años después de una revolución que, de alguna manera, aún no ha acabado. Aunque ya se ha redactado una nueva Constitución, en Túnez sigue mandando un gobierno provisional -de carácter islámico moderado-, y hasta Septiembre no se convocarán a los ciudadanos en las primeras elecciones libres. El islamismo radical, que proviene de Argelia y Libia, es mayoritariamente rechazado porque pone en peligro el estilo de vida tunecino, aunque la lucha contra esa corriente permitió durante los últimos años otras medidas relacionadas con el autoritarismo y la anulación de los partidos opositores. Las elecciones en las que se presentaba un único partido no son una rareza en la historia reciente de Túnez.

 

Negar la belleza de Bizerta sería faltar a la verdad lo mismo que lo sería negarla a la estepa de los Monegros o a los montes resecos del Cabo de Gata. Es cierto que en buena parte de la ciudad reina la suciedad y el abandono, pero Zied nos cuenta que antes de la revolución de hace dos años la limpieza recaía principalmente en cuadrillas de ex convictos a los que la municipalidad contrataba para esos trabajos por un sueldo paupérrimo. La revolución abolió ese tipo de contratación, y la situación de eventualidad que vive todo el país no ha facilitado la organización de ese tipo de servicios públicos. Junto al mercado, los desechos orgánicos se amontonan en solares, quizá esperando que al fin algún camión municipal acabe recogiéndolo todo. Mientras cuadrillas de voluntarios –sobre todo jóvenes- intentan liberar a las calles de tanta porquería, aunque sea mínimamente, cientos de gatos sestean por los rincones, no sé si esperando a comerse alguna de las ratas que deben medrar entre la basura, o a ser comidos por ellas, dado el tamaño de unos –raquíticos, asténicos- y otras.

 

Pero en la Medina y en la Kasba Túnez reivindica sus raíces que relucen en cada una de las mujeres que circulan por su laberíntico entramado de calles, ataviadas con el niyab; en cada uno de los niños que te sonríe y te saluda con un “¡¡bon soir!!” juguetón; en el sosegado trabajo de los pequeños talleres de herrería, agrupados en una calle cercana al borde de la Kasba.

 

Sin embargo, de nada sirve haber disfrutado de esos paseos y de los tés con menta en cafés donde el aroma de la infusión se mezcla con el del tabaco de las pipas, cuando uno se enfrenta a la cruda realidad y se da cuenta de que tiene que olvidar cualquier rasero relacionado con su cultura, cuando no queda otro remedio que aceptar que las cosas no funcionarán si no se va dejando un reguero de “mordidas” de montante más o menos abultado, y que aún con dichos óbolos hay murallas inexpugnables que te obligan a pasar por el tubo, te guste poco, mucho o nada. Al final, el momento temido llega y hay que enfrentarse a la recepción del pedido de víveres. El ambiente previo es de tensa espera; el climax, cuando quitan el toldo que cubre la caja de la camioneta y se empiezan a vislumbrar cosas desconocidas, desesperante; la carga y estiba de los artículos, desesperante.

 

Veremos que se puede hacer con lo que hemos metido… Pero, insisto, para la Fonda, Cagliari o Cagliari, siempre Cagliari. Sí, está seis horas más lejos de la zona de trabajo –doce, contando con la vuelta-, pero ¿cuánto tiempo hemos perdido en esta Bizerta ajena con el llamativo ritmo vital de esta zona del mundo? Ya hablaremos.