Configurando la multihaz

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Técnicos de la UTM configueando las docenas de parámetros necesarios para que la sonda multihaz comience a dibujar el fondo marino.

Luce el sol,  la mar está movida pero no interfiere en las operaciones,  y las pardelas cenicientas se entretienen jugando con las olas.

¡El mundo gira en el sentido correcto!

¡ Zarpamos!

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¡Escala a bordo!

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¡Largando largos,  traveses y springs!

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¡Adiós,  Puerto de la Luz!

Ponemos rumbo para llegar a la zona de trabajo,  10 millas al sur de Arguineguín, de madrugada.

2 metros de mar tendida y 1 metro de mar de viento de componente norte…

¡ pero navegamos!

Parecemos su maqueta

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El “Lewek Inspector”, un barco multipropósito de 110 m de eslora y 24 m de manga,  atracando frente al GdC.

¡Con su hélice de proa navegaríamos a 15 nudos!

¡En su helipuerto se podría jugar la final del Roland Garros!

Pero a pizpireta no le gana nadie a esta nave que es el GdC. .. ¡aunque ahora no lo parezca,!

Frente a la alambrada

La mar frente a la alambrada

Alambradas en La Isleta

Sopa de Pescado y Marisco, con All i Oli; Calamares Encebollados, con Arroz Integral; Libritos de Lomo de Cerdo, con Patatitas

La tablilla junto a la salida a cubierta avisa que el GdC tiene previsto zarpar de Las Palmas en dirección a aguas al sur de la isla el próximo viernes, a las 8 de la mañana. La fecha es elegida, simplemente, porque hasta ahí  llega la previsión sobre el estado de la mar. Así que, por ahora, no hay certeza sobre cuándo volveremos a navegar. Es irritante.

La situación lleva a la Fonda del barco a un juego de lógica en el que se debe hallar la combinación de menús que permita optimizar los recursos y, sobre todo, que evite tirar comida. El número de comensales es, sobre todo en las cenas, una de las incógnitas de la ecuación; la otra, qué dejar de cena que se pueda reciclar al día siguiente, si los comensales deciden tomarse unas tapitas por la ciudad y sólo se consume, entonces, la mitad del género ofrecido para la cena.

Por otra parte, cocinar con el barco atracado tiene la ventaja de que los platos no cobran vida sobre las encimeras, las ollas no amenazan con escaldarnos en pleno balance del barco…

Tocar el saxo también es más fácil, tanto para el instrumentista como para los que pretendan huir de sus notas octavadas por un momento de ofuscación.

Y cuando el labio inferior comienza a dar muestras de flaqueza después de una larga sesión de instrumento, siempre queda el ir a tierra, a caminar. Sigo visitando La Isleta de Las Palmas, la última vez ayer, hasta encontrar las alambradas que te disuaden de entrar en una zona militar que parece tan irracional como anacrónica.

El paseo por la parte más septentrional de Las Palmas cuando los alisios levantan la mar es emocionante. Dejando atrás la playa del Confital, donde hubo en tiempos un asentamiento de chabolas y que ahora está habilitada para facilitar el paseo, la costa vira hacia el este, presentando un frente donde el oleaje rompe con furia. También ahí hubo algunas edificaciones de las que ahora sólo quedan ruinas, salvo una incólume donde alguien -me pareció verle en el patio que daba a la mar- se resiste a abandonar un paraje imponente, a la sombra de los conos volcánicos que forman La Isleta. Unos cientos de metros más allá la alambrada nos detiene frente a letreros que avisan de que es una zona de prácticas de tiro. Curioso emplazamiento para esa actividad, teniendo en cuenta de que es un Paisaje Protegido desde 1987. Supongo que allá ya no se dispara nada, pero los carteles y las alambradas perviven por una cuestión, quizás, de soberbia.

Vuelvo sobre mis pasos con la alambrada retratada en mi memoria y en mi cámara, mientras pienso en los últimos tiempos que le está tocando vivir al GdC y me pregunto si no habrá alguien, ahora mismo, tendiendo una alambrada en torno a él, por debajo de la superficie de unas aguas que parecen tranquilas.

Navegar mañana

Las Canteras desde La Isleta

Las Canteras desde La Isleta

Jurel Escabechado con ensalada; Entrecotte a la Plancha con Arroz Frito Sazonado con Mojo Verde y Revuelto de Setas; Focaccia de Carne Tex-Mex, y de Pesto con queso de Burgos
Después del primer té de la mañana monto en la bicicleta, que queda amarrada durante la noche a la farola que ilumina los cadáveres que habitan este cementerio, y me voy a comprar el pan del día a una panadería del Paseo de Las Canteras. Apenas diez minutos cruzando los barrios de La Isleta y de Santa Catalina, medio dormidos todavía, hasta desembocar en la playa de Las Canteras, por donde los primeros paseantes –la mayoría de ellos turistas- andan a paso vivo sin dejar de mirar el mar que rompe contra barrera natural de la playa. A veces llego antes de que hayan subido la persiana de la panadería, y también yo quedo hipnotizado por la playa urbana más bella que conozco.
Afortunadamente hay sortilegios para romper los encantamientos. A mí me salva el mirar a los niños y niñas disfrazados para el Carnaval, cogidos de las manos de sus madres, que posan orgullosas cuando alguna vecina alaba el disfraz del crío, diciéndole a éste alguna gracia que no siempre acaba de comprender pero que no le quita la felicidad de la cara. Es emocionante ver la alegría de los niños de Las Palmas durante estas fechas, que me hace recordar momentos vividos con mi hijo, en otras circunstancias, pero igual de intensos.
Roto el encantamiento descubro que ya han abierto la panadería, así que me encamino hacia ella recordándome que debo mantener la serenidad y la mente fría ante los aromas que salen del obrador. Las dependientas, que son por lo menos igual de dulces que el bienmesabe, me saludan con el surrealista “¿qué te llevas hoy, mi niño?” al cual me he acostumbrado con sorprendente facilidad. Balbuceando, consigo hacer el pedido mientras procuro no mover los ojos una cuarta hacia abajo, donde un mostrador se obstina en hacerme contemplar el más letal de los arsenales del diablo travestido de panadero, que aparenta haber sido diseñado para tentarme exclusivamente a mí. Soportado una vez más el trance –que hace que me plantee si no tendré una vena masoquista muy especializada- vuelvo al barco con la mochila atiborrada de pan y pastas, aseguro la bicicleta en su farola y comienzo a cocinar.
Es coger el cuchillo en la mano izquierda y la cebolla en la derecha para empezar a hacer un sofrito y comenzar a pensar, como ocurre en la piscina cuando llevas un par de largos y ya estás aburrido. Me pregunto cuántas teorías científicas se han enhebrado o se han deshecho en una piscina… cuántos amores han decidido darse a conocer y cuántos fracasos se han reconocido en el enésimo largo. En la cocina pienso mucho, obviamente en sentido proporcional, no absoluto –en sentido absoluto no pienso mucho en ningún sitio ni en ningún momento… creo que en la mili esa actitud, aplicada al uso de las armas, se le denominaba tiro intuitivo-. Muchas de las acciones implicadas en preparar un menú están automatizadas después de tantas repeticiones.
Hoy he estado pensando en la falta que me hace salir a navegar. Es mi estado natural cuando estoy embarcado. Tocar tierra es siempre agradable cuando llevas muchos días en la mar, sobre todo si es un puerto nuevo, porque incita al descubrimiento, pero también si es un puerto conocido porque recuperas rápidamente los senderos que llevan al mejor bar, al mejor banco del parque, a la mejor librería…
Pero llevamos desde el día 3 en Las Palmas, y hemos navegado apenas 48 horas. El barco necesita navegar, mover los pistones en los cilindros, el cigüeñal, los balancines. La tripulación necesita navegar aunque algunos de sus integrantes no sean conscientes de ello, retomar el ritmo metódico de las guardias, comer y cenar a sus horas. Yo, sobre todo, necesito navegar: que la tripulación coma y cene a sus horas –en la Fonda nos vamos a volver locos con el continuo ejercicio de reconfigurar menús, reciclar materias primas…-; necesito ver el horizonte en toda su amplitud, y desde él hasta el costado mismo del barco, buscando secretos que tanto tiempo habrán estado esperándome; necesito ver pasar la sombra de aves marinas sobre mi cabeza, la cabeza de una tortuga asomándose entre dos olas, la ola que rompe la ballena justo antes de exhalar su acuoso suspiro.
Han acabado los Carnavales y la gente se reintegra a sus quehaceres cotidianos. Ahora que los niños vuelven a su semblante enfurruñado mientras van a la escuela atoados por sus madres, ¿cómo voy a salvarme del encantamiento de la mar rompiendo contra la barrera de Las Canteras?
Creo que a partir de mañana iré a por el pan con un cartel colgando del cuello para que, si acabo hipnotizado por las olas y el horizonte sobre el que Tenerife aparece como una nube más, alguien lo lea y actúe en consecuencia:
“Por favor, llévenme hasta un barco que esté a punto de zarpar, el que sea. Necesito navegar”

Islas entre nubes

Morena al ajilloSpaghetti a la Putanesca de Anchoas y Salmón Marinado, Jureles a la Plancha, Sopa de Pescado, Marisco y Algas con Tamari y Wasabi, Cabezada de Cerdo con Patatas al Horno y Mojo Verde.
En el puerto, torres dignas de Eiffel, barcos de corazones muertos y otros que rugen con la soberbia de quien se supone inmortal, tinglados del CLAH –Centro Logístico de Ayuda Humanitaria- medio vacíos de ayuda humanitaria quién sabe si por falta de humanidad o por tanta solicitud de ayuda… y los Carnavales, admitidos –si no ideados- a regañadientes por la jerarquía católica por ver así se aceptaban mejor los cilicios, la abstinencia, la autoinculpación…
… Y en la mar, la inmensidad de un océano que accede a ser benevolente mientras esperamos en su superficie a poder recuperar los instrumentos fondeados hace tres meses.
Siempre que me lo permite mi trabajo en la cocina salgo a cubierta con mi cámara y mis prismáticos, incluso cuando voy a tocar un rato el saxo en la cubierta de proa, la atalaya desde la que realizo los avistamientos. Reconozco lo estrambótico de la imagen, con la funda del saxo en una mano, la de la cámara en la otra, y una lata de agua mineral con gas abultando en mi bolsillo como lo haría el de un cleptómano al salir de unos grandes almacenes, mi última adquisición en lo que a vicios respecta: si toco el saxo, mi lata de agua mineral con gas debe permanecer a mano… rarezas propias de los de mi edad.
Pero es que, como diría el mismísimo Jack Aubrey a bordo de la “Surprise”…” ¡no hay un minuto que perder!”. No hay que desperdiciar el tiempo en la mar. Hay mucha belleza a contemplar y muchas sorpresas de las que maravillarse, y muy pocas millas a navegar a través de un calendario que se transparenta al contraluz de tanta reforma estructural y tanto recorte del gasto público.
Así que toco de oído “Blackbird” como si quisiera hacerle una segunda voz a McCartney mientras contemplo la mar y el cielo y descubro apenas el embozo de todos los secretos que atesoran.
Junto al GdC pasan unos barquitos de pesca artesanal, no sé apreciar si van al palangre –aunque no recuerdo haber visto las boyas con que marcan los extremos del arte, desde las que lo halan al final de la jornada-, o al curry, arrastrando cerca de la superficie líneas con anzuelos enmascarados en señuelos que atraen al depredador.
A lo lejos, quizás a una milla de distancia, dos rorcuales –Balaenoptera physalus– salen a respirar con la cadencia que da la despreocupación y el dolce fare niente. Siempre es emocionante ver estos animales, aunque sea en la distancia, verdaderos reyes del océano sólo temerosos de que las orcas pudieran arrebatarles sus retoños. Ni siquiera el hombre, mientras las perseguía con botes a remo, significaba un riesgo para la especie. Pero el hombre construyó grandes veleros, Jerónimo de Ayanz patentó la primera máquina de vapor moderna, y Fulton la aplicó con definitivo éxito a un barco, y entonces la vida de los rorcuales y de todos los grandes cetáceos se convirtió en una pesadilla.
Ver a los alcatraces –Morus bassanus– zambullirse desde decenas de metros de altura, cayendo como proyectiles balísticos, pone los pelos de punta. Los adultos, de un blanco inmaculado salvo las puntas de las alas, que son negras, y la cabeza, coloreada con un tono crema claro, obtienen recompensa más frecuentemente que los ejemplares jóvenes, en los que según la edad, el negro y el blanco predominan más o menos. Volando tienen la majestuosidad de un cazabombardero, sobre todo cuando vuelan en formación, siguiéndose unos a los otros linealmente. Sus cuellos y su cabeza están almohadillados para soportar el impacto contra el agua, y sus ojos miran hacia adelante, como buen depredador. Sólo los peces con mucha suerte escapan al ímpetu de los alcatraces.
Lo peces afortunados no pueden tumbarse a la bartola si pretenden tener alguna oportunidad frente a los delfines comunes –Delphinus delphis¬- cuyas manadas patrullan las aguas de todo el archipiélago. Como la mayoría de delfines, tienen un morro en el que se dibuja la sonrisa de quien siente que la vida le sonríe. Quizás las sardinas, jureles y caballas tengan la tentación, mientras sestean después de huir de los alcatraces, de corresponder a la sonrisa de los delfines con la suya propia. Harán mal. Detrás de la sonrisa de los delfines se encuentran un montón de dientes dispuestos a amargarles la vida… y a arrebatársela. Nosotros, a bordo del GdC, vemos a los delfines desde la barrera que dan los tres metros que hay hasta el agua. Simple precaución.
Y los cielos, la luz y los huecos entre las nubes por los que se cuela formando caminos que llevan a puertas en la mar hacia quién sabe a qué mundos. Y allá donde el horizonte de empapa de mar más nubes de formas caprichosas, tras las cuales la mar sigue hasta bañar continentes, islas tan grandes como continentes, islas tan pequeñas que sólo la imaginación las encuentra, sólo habitables por quienes las escogen como su paraíso.
Alguien me ha dicho que en los paraísos también se puede pasar hambre. A sus habitantes los siento cercanos, quizás porque vemos los mismos mares. Por eso siempre tengo un plato preparado, listo para alimentar a las islas entre nubes y a sus habitantes. Hoy, morena al ajillo. Tiene un precio, y es que se me permita seguir creyendo que algún día veré una de esas islas.

Como Lázaro marino

Casi, pero noSopa de Verduras, Corvina con Ensalada de Endibias, Nueces y Salsa de Roquefort, Crema de Alcachofas, Pechuga a la Plancha con Guarnición
Y entonces el GdC se hizo, al fin, a la mar.
Largó sus amarras sorteando las de los barcos muertos que creían haber encontrado un nuevo habitante en el cementerio, y como Lázaro marino comenzó, de nuevo, a navegar. Silenciosamente al principio, ronroneando la Máquina como un felino que se despierta de la siesta. Más y más rápido después, a medida que la dársena se iba abriendo y atravesaba el antepuerto frente a las moles inmensas de los barcos buscadores de crudo. Cuando la bocana del puerto sólo se podía contemplar mirando hacia popa, el GdC dio avante toda y comenzó a rugir como si liberara la rabia acumulada en los tres meses de letargo. En cuanto acabó de sortear los barcos fondeados en las cercanías del puerto, arrumbó hacia la zona en la que había trabajado durante los últimos días de Octubre de 2014.
El objetivo de GEOMARGEN era estudiar la sismicidad de la cuenca de Tarfaya -al este de Lanzarote y Fuerteventura- durante tres meses, analizando las causas que la pueden provocar: procesos tectónicos o volcánicos, deslizamientos de ladera, migración de fluidos y actividad antropogénica. Para realizar ese estudio, GEOMARGEN fondeó diecisiete sismógrafos de fondo oceánico (Oceanic Bottom Seismograph, OBS, en inglés), que complementarían la red terrestre instalada por el CSIC en tierra firme, en Canarias y en África.
Durante los días que el GdC y su tripulación se mantuvieron en stand by desde que ésta llegó a Las Palmas el día 3, no dejaron de soplar con intensidad moderada los alisios, vientos estacionales del NNE que marcan buena parte de la meteorología y climatología del archipiélago. En la mar generan desde marejadilla cuando soplan flojos hasta fuerte marejada cuando se refuerzan con una situación meteorológica adecuada. Pero en cuanto el barco zarpó de Las Palmas los alisios fueron calmándose hasta convertirse en una agradable brisa, y cuando llegamos a la zona de trabajo comenzamos a recolectar OBS como se recolectan setas cuando las condiciones son óptimas. Nos presentábamos en el punto de fondeo, sumergíamos el audífono y emitíamos un mensaje de cortesía en forma de pitidos chirriantes que venían a significar algo así como “hola, qué tal, cómo va todo por ahí abajo”. El OBS contestaba con un escueto “pi…pi… pirriii” que es su forma de decir “bien”… los OBS no son muy comunicativos, se lo guardan todo para ellos y por eso cuando al fin vuelven a cubierta después de meses en el fondo marino los técnicos deben sondarlos para extraerles toda la información que han ido recopilando.
Tras recibir el monosilábico saludo del OBS se le mandaba la orden de liberarse de sus ataduras y echar a volar. No podía sino acatarla pues los técnicos habían sido muy listos y le habían dotado de suficiente flotabilidad positiva como para que no tuviera más remedio que emprender el viaje de vuelta a la superficie tras desengancharse del lastre con el que había convivido durante tanto tiempo.
Veinte minutos de viaje atravesando los dos mil metros de columna de agua y, súbitamente, un banderín rojo que no sé si me recordaba más al del Séptimo de Caballería o al del guía turístico que lo enarbola como reclamos para sus clientes aparecía en las cercanías del barco, haciendo más visible aún el amarillo chillón de la boya del OBS.
Entonces es cuando el oficial de guardia podía lucirse. Se podría caer en el error de pensar que con buen tiempo no debería ser demasiado complicado aproximarse a un objeto flotante que no tiene ningún tipo de propulsión… Craso error: la obra muerta del barco, su parte a flote, es en sí misma una vela que mueve a la parte sumergida -la obra viva- con la mínima brisa que haya; el peso del barco le proporciona una inercia que es no es fácil gestionar; y, por último, está el espinoso asunto del intervalo de distancia óptimo: hay que evitar por todos los medios de que el casco impacte contra el OBS, que no lleva bien lo de los vapuleos, pero tampoco se puede pasar a más de tres metros de él, porque entonces no se consigue engrilletarlo con las pértigas telescópicas. Pero el GdC tiene siempre un elenco de oficiales –tanto en puente como en Máquinas- que ya lo querría para sí el resto de la flota oceanográfica española, así que el grado de éxito en la primera tentativa estuvo muy por encima del 95%.
Se había previsto realizar el trabajo en cuatro días, pero cuarenta y ocho horas después de zarpar volvíamos a atracar en Las Palmas, con los diecisiete OBS en cubierta, perfectamente estibados en sus contenedores.
Y durante todo ese tiempo, siempre que dispuse de tiempo libre, e incluso a veces mientras trabajaba en la cocina, a través del portillo, estuve observando la mar.

Esperar también es esto

Obeliscos en la marCrema de Legumbres con Costrones; Papillot de Salmón y Espárragos Trigueros Salteados; Ensalada de Mozzarella di Búfala, Frutos Secos y Aceite Especiado; Pollo Guisado en Fritada
Atracados en el pantalán de Cory, en el puerto de Las Palmas, las cubiertas y portillos del GdC ofrecen visiones dignas de ser descritas.
Mirando hacia el sur las torres de los cuatro barcos de prospección petrolífera que se mantienen fondeados en las proximidades del puerto parecen obeliscos metálicos construidos por una cultura megalómana. Las petroleras se baten en retirada del campo de batalla de Lanzarote y Fuerteventura. No les ha vencido la presión popular, sino las condiciones geológicas y las peculiaridades del mercado del crudo. Con el precio del petróleo cayendo más y más no es rentable explotar el yacimiento detectado en aguas orientales de Lanzarote y Fuerteventura. Cuando el precio del crudo suba quizás valga la pena extraer el petróleo canario. Mientras esperan cambios en las mareas macroeconómicas, las petroleras se trasladan a terrenos en donde sí vale la pena operar, sobre todo si no están obligadas a realizar estudios sismológicos sobre el impacto de sus actividades. Y cuando necesitan reabastecerse o efectuar reparaciones vienen a Las Palmas, recordando a sus habitantes que nunca se irán definitivamente, que antes o después volverán e hincarán sus perforadoras, para lo bueno y para lo malo, repartiendo riqueza o pobreza, salud o enfermedad.
Si se mira hacia el Este, sobre todo si se hace a través de los portillos de la cocina o del comedor, el sobresalto puede ser mayúsculo. Varias veces al día atraca y zarpa un fast ferry que une la isla de Gran Canaria con Lanzarote. Es un gran catamarán que en su maniobra de aproximación al atraque pasa a nuestro lado dando atrás, casi a la misma velocidad con la que nosotros navegamos avante toda. Atraca de popa, abre sus compuertas y una hilera de coches es regurgitada en el muelle mientras otra fila semejante circula en sentido contrario, tragada por las fauces del barco. Un cuarto después de haber atracado zarpa y pasa de nuevo junto a nosotros, con la misma temeraria velocidad con la que entró. Cuando ya la popa se aleja de nosotros, más de uno, yo el primero, suspiramos tranquilizados hasta la próxima maniobra.
Nuestra visión hacia el norte y el oeste la ocupa un cementerio. Cada vez que salimos del barco y nos encaminamos hacia la salida del puerto debemos recorrer los cien metros del pantalán de Cory en los que más de media docena de barcos yacen exánimes, corroídos por el óxido y la pobredumbre. Sin embargo, alguien vive en esos barcos. Garrafas de agua rellenadas con la lluvia o bajo fuentes públicas; ropa tendida, milagrosamente blanca entre el orín de grúas desvencijadas y tambuchos desencajados; tablones deformados por la humedad convertidos en pasarelas por las que sólo los habitantes fantasmas de esos cascos que flotan con tozudez se atreven a circular… Esas son las señales que les delatan. Ignoro si vigilan a los barcos, salvándolos de la condición de abandonados, o si son los barcos los que prestan un postrer servicio vigilando la supervivencia de los que fueron sus marineros. Un cementerio de barcos pesqueros de procedencia esquiva y de personas invisibles y silenciosas, que produce una sensación en la boca del estómago, mientras recorres el pantalán, parecida a la que sientes cuando sabes que nunca más podrás volver a besar a la persona de la que te acabas de despedir.