El Peix al Plat

El Peix al Plat

El Peix al Plat: Un interesante proyecto en el que se conjuga la divulgación sobre consumo responsable, y la venta de productos de productos del mar cuya explotación es sostenible, propia de la temporada, y adquiridos en lonjas próximas al lugar de comercialización.

Todo es un espectáculo

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Alubias con Chorizo y Oreja, Tortilla de Queso con Tomatitos Fritos, Crema de Calabaza y Jengibre, Caballa al Orio con Patatas Cocidas

Algo tiembla frente a la proa… quizás sea un ave posada… Miro con los prismáticos… No… no, es una boya.

Lo que parece una barquita, allá lejos… a través de los prismáticos… acaba siendo otra boya… Sí, es otra boya.

Una, y otra, y otra boya más. La mar en torno al Delta del Ebro es una encrucijada de artes de pesca que hacen incomprensible que algún pez de la zona pueda mantener su libertad a salvo, y que convierten en pesadilla la navegación nocturna por estas aguas.

Cuando el trípode de FORMED, sumergido durante seis meses junto a la farola del Cabo Tortosa, se negó a liberar las boyas de recuperación, sólo dos cosas podían haber ocurrido: o el sistema de liberación de las boyas no se había activado o sí lo había hecho, pero algo impedía que las boyas llegaran a superficie: un arte enredado en el trípode, o el abotargamiento del sistema por la acumulación de sedimentos.

Sea como fuere, la cuestión es que el trípode, con toda la información recopilada durante seis meses, seguía en el fondo, a unos 13 m. de profundidad. Durante todo ese tiempo había estado recopilando, supuestamente, información sobre las corrientes, la cantidad y calidad de los sedimentos arrastrados por éstas, y varios parámetros más. Información valiosísima para poder averiguar, junto con la batimetría recopilada por la multihaz y los muestreos de sedimentos, qué formaciones geológicas de 1 m. de diámetro están presentes en el fondo de la plataforma continental, qué dinámica sedimentaria es la responsable de estas formaciones, y cuáles son relictos de dinámicas extintas.

Como no había manera de recuperarlo con el método establecido, y no podía abandonarse estando como estaba a tan poca profundidad, se llamó a un equipo de buceadores, que llegaron, vieron, y actuaron.

Según contaron al volver a bordo los dos buceadores que se sumergieron en la turbidez de estas aguas, tuvieron que liberar a mano los pies del trípode, que estaban sepultados bajo varios centímetros de sedimentos. Pero no había sido eso, evidentemente, lo que había impedido que se liberaran las boyas de recuperación.

De pronto, olvidé que estaba en una campaña de Geología. Hubiera jurado que se trataba de una investigación arqueológica, y que en ese momento se había descubierto el artefacto de una cultura extinguida hacía miles de años. Durante seis meses de inmersión, a tan poca profundidad, con alta exposición a la luz, la vida se había hecho con cada centímetro cuadrado de metal y plástico del trípode, convirtiéndolo en un laberíntico arrecife artificial en el que era casi imposible reconocer el instrumental, y en donde las boyas de recuperación y los gatillos de liberación de éstas estaban soldadas al cuerpo del trípode formando un todo indivisible. Algas incrustantes, gasterópodos de todo tipo, gusanos tubícolas, crustáceos… Apenas depositado sobre cubierta, del rincón más escondido surgió un pulpo que pesaría sus buenos dos kilos y que, sorprendido por el brusco cambio ambiental, puso sus ocho patas en polvorosa, abandonando en el trípode una puesta de huevos y varios congéneres que todos juntos cabían en la palma de la mano, quién sabe si fruto de una puesta anterior del que ahora huía.

Horas se pasaron varios científicos y técnicos –más parecían becarios de arqueología- rascando la estructura del trípode y los instrumentos de medición hasta poder liberarlos y descargar la información recopilada durante los seis meses. Esperemos que en Junio, cuando volvamos a hacernos a la mar con FORMED, puedan relatarnos qué descubrieron tras todas esa cifras.

Una boya… cuidado, otra boya por la proa… ¡anda, no, esta vuela!… ¡Hombre,un págalo grande!… sí, Stercorarius skua… ¡Ay que ver, cómo acosa a los charranes patinegros para que regurgiten los pescados acabados de tragar!… ¿el charrán patinegro?… Sterna sandvicensis, creo.

¡Qué espectáculo!… ¡Sí, todo aquí es un espectáculo!

Embarcando buceadores

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El trípode fondeado en Octubre pasado no quiere volver: no aparece en superficie la boya de recuperación que se dispara mediante una señal sonora emitida desde el barco. ¿la quisquilla impide a la boya liberarse? ¿el trípode está enredado con los trasmallos que abarrotan la costa?  Veremos qué informan los buceadores,  y si pueden liberar el trípode

Belleza letal

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Ensalada de Tomate, Anchoas y Guacamole, Arroz con Costilla, Conejo y Pollo, Pajel a la Plancha

Mañana de sábado luminosa, a veinticuatro horas de salir con el equipo del Dr. Jorge Guillén, del CMIMA, para realizar una campaña más del proyecto FORMED, que iniciamos el año pasado.

Mañana ociosa, con todo el material científico y las provisiones necesarias ya a bordo, que invita a perderse por una ciudad que recupera su aspecto habitual después de ser teñida por una lluvia de agua y polvo del desierto, convirtiéndola en una ciudad de adobe, para ser limpiada a continuación por otra lluvia, esta torrencial, que la hizo desaparecer ante nuestros ojos enmascarada en un manto gris como si el cielo hubiera caído sobre ella.

Pero hoy el sol nos calienta y entibia un ambiente que sería bastante más fresco si la brisa del norte –y que mar adentro se hace fuerte, como para retrasar un día nuestra salida- actuara impunemente. Adormecido por el calorcillo, repaso los últimos cinco días de travesía entre Marín y Barcelona, una de las mejores si la comparamos con la estadística de malas mares, paradas eternas en puertos de arribada forzosa –Cádiz sobre todo, pero también Málaga, Tarifa, Lisboa, Sigres…-, y llegadas a puerto con el cuerpo descompuesto por el cansancio. Sin embargo, no ha sido una travesía de mar en calma y las horas de observación –mirando, oyendo, sintiendo- no han dado como resultado la captura de muchas fotos de habitantes del océano: un escualo pequeño, tal vez de 1 m, quizá una tintorera –Prionace glauca-, rondando lo que parecía un cubo de plástico, al acecho de los pequeños peces que siempre acompañan estos objetos flotantes; gaviotas patiamarillas –Larus michahellis- y, de vez en cuando, algún págalo grande –Stercorarius skua- con su aleteo alocado como si estuviera llegando tarde a su próxima pendencia; pequeños grupos de delfines listados –Stenella coeruleoalba- que se acercaban sin demasiado entusiasmo a nuestra proa y que desaparecían pronto, aburridos por el poco interés que había despertado su presencia –sólo mi cabeza asomaba más allá de la roda- y la escasa cobertura hidrodinámica que proporciona nuestro lento desplazamiento, comparado con los gigantes transoceánicos que  comparten nuestra derrota norte-sur a lo largo de la costa portuguesa, y oeste-este mientras atravesamos el Estrecho…

Durante las últimas millas de travesía, a pocas horas de Barcelona, un nubarrón ensombrece nuestra ilusión por llegar a puerto amigo: un medé, llamada de socorro por el canal 16 del UHF, avisa de un hombre al agua en las cercanías del puerto de Barcelona. Aunque poco después se desactiva, al final se confirma la tragedia: El pesquero L’Escandall se ha incendiado…  hay tripulantes quemados… un tripulante se ha lanzado al agua… y se ha ahogado.

Otro más.

El Santa Ana en Cabo Peñas; el Mar de Marín junto a las Cíes; el L’Escandall frente a Barcelona: diez muertos en tan poco tiempo, el último, un ciudadano peruano en el que era su primer día de trabajo en el L’Escandall… Pero, cómo olvidar que lo bello puede ser letal, como la cobra levantando medio cuerpo en actitud mayestática, como la leona encogiendo arrastrándose entre los matojos mientras se acerca a su próxima comida…

El GdC sabe de colisiones y de incendios. En los veintidós años que llevo a bordo, he vivido dos colisiones –ambas con pesqueros-, un incendio –en la cocina, por una errónea conexión de los terminales eléctricos de la freidora-, y un temporal en el que la seguridad del barco se vio gravemente comprometida  –por error en la valoración de la previsión meteorológica y por plegarse a las presiones para llegar a tiempo al inicio de una campaña oceanográfica-. La belleza puede hacer olvidar el riesgo. Recuerdo perfectamente –y, de alguna manera, echo de menos- mis primeros tiempos en el GdC, cómo me divertía apostado en la proa, sin cámara fotográfica y sin interés aún por las aves, sólo disfrutando de la mar invadiendo la proa y obligándome a agarrarme al asta del torrotito como si mi vida dependiera de ello –de hecho, posiblemente así fuera-. Hoy no me atrevería a hacer eso sin ponerme un casco y anclarme antes con un arnés a un punto fijo del casco, y aun así.

En el muelle del Reloj, al lado de la lonja del puerto de Barcelona, luce una senyera y una bandera peruana –franjas roja, blanca y roja- con sendos crespones negros, en homenaje al marinero peruano que dejó su vida en la mar y de todos aquellos que reposan en el fondo, fundiéndose poco a poco con el océano al que amaron, respetaron, odiaron, en porcentajes que sólo ellos podrían afirmar.

La belleza letal de la mar rinde pleitesía a la belleza de los hombres y mujeres que dejan la seguridad de tierra firme y se adentran en el océano, buscando su futuro.