Seguimos son rumbo norte

Gambas al Ajillo; Chopa Frita con Papas Arrugás y Mojo Picón; Sopa de Pescado y Algas; Pechuga de Pollo a la Plancha, con Ensalada.

Debemos estar a unas ciento cincuenta millas del Roque del Este, que dejamos por la aleta de babor hace dieciséis horas, recortándose contra el gris azulado de La Graciosa y Lanzarote.

Son las seis de la mañana, una hora estupenda para leer. Despejados por el descanso, ojos y cerebro parece que hayan estado precalentando durante el leve lapso del despertar, de manera que en cuanto abro la luz de cabecera, me coloco las gafas de lectura –maldito tiempo que no conoce la piedad- y saco el libro de la bolsa placentaria que cuelga a escasos centímetros de mi cabeza, me sumerjo en el humanismo que destila el libro de Camilleri que estoy leyendo.

La madrugada también es un buen momento para escribir. Es como si, durante el sueño, las ideas se fueran colocando en su sitio sin esfuerzo, sólo con la fuerza gravitacional de la subconsciencia, como la harina en un frasco al golpear éste levemente.

Mientras escribo suena el disco “Songs”, de Brad Mehldau. Lástima no tener un té a mano. No sería difícil conseguirlo: un calentador eléctrico de agua, unos sobres de infusión y una taza elegida con esmero. Tengo espacio como para montar un pequeño office, pero la situación es coyuntural. Ahora que navegamos sin científicos ni técnicos a bordo los tripulantes nos desparramamos por los camarotes de las diferentes cubiertas como si negáramos nuestro carácter gregario. Por eso el camarote de seis metros cuadrados que comparto con Eva -la camarera y sanadora de a bordo- es, durante esta navegación, todo para mí sólo. No sé si cuando volvamos a ser pareja de hecho habrá sitio para la tetera, las tazas, las bolsitas de infusión y el azúcar moreno. Habrá que hablarlo, como hacen todas las parejas.

Hace escasamente treinta y seis horas que zarpamos de Las Palmas pero, con las propiedades elásticas que el tiempo adquiere en el GdC, parece que ya haga una semana que nos despedíamos de la ciudad, cada uno a su manera. En mi caso, escogí utilizar su abrigo para poder tocar el saxo hasta que tuve la sensación de que mi labio inferior, donde se apoya la caña, era de otro. Llevaba una semana sin tocar. En el laboratorio no podía hacerlo: siempre había técnicos atendiendo a las pantallas del instrumental, corrigiendo parámetros o maniobrando el chigre del que atoábamos la sonda de barrido lateral. Mi nivel de intérprete al saxo es, creo yo, el peor de todos: tengo suficiente soltura como para tocar muchos temas que llevan años en mi cabeza, esperando una oportunidad, pero no tengo suficiente consciencia –ni humildad, tal vez- para reconocer que puede que no suenen tan bien como a mí me parece. En cubierta no me atreví a tocar: había mucha humedad por el viento que formaba rociones y tuve miedo de que el saxo sufriera las consecuencias.

Cuando el saxo estuvo de nuevo en la funda, cogí la cámara y el trípode y me fui a fotografiar a los compañeros de pantalán, vecinos durante todos estos días que hemos estado atracados en Las Palmas. Quería documentar su existencia porque quién sabe si seguirán ahí la próxima vez que arrumbemos hacia este puerto. Son barcos en coma profundo, irrecuperables, y sólo el hecho de que siguen habitados impide que se les declare muertos. Marineros abandonados por sus armadores, o contratados por cuatro perras para que su presencia impida que acusen al armador de abandonar al barco, apenas se dejan ver durante el día, y cuando nos cruzábamos en el pantalán por la noche las altas farolas del puerto, semejantes a luces de naves extraterrestres sobrevolándonos, sólo me permitían ver sus siluetas a contraluz. Un cruce de saludos sin saber con quién lo cruzabas y cada uno continuaba su camino con rumbo opuesto al del otro.

Navegamos a ocho nudos y medio porque la mar tendida nos quita un nudo. Ignoramos si podremos llegar a Vigo sin hacer escala o si tendremos que recalar en Lisboa, como parece pronosticar la previsión meteorológica para dentro de cuarenta y ocho horas. Si es así nos rendiremos, yo al menos, a los pies de la belleza de esa ciudad en la que nadie tiene derecho a sentirse extranjero. Si pudiera elegir, preferiría visitarla cuando dentro de unas semanas debamos deshacer el camino para llevar el barco de Vigo a Barcelona, cuando volver con la familia aún estuviera lejos en el tiempo, no como ahora, que no hacemos más que pensar en todos los besos que se nos han ido acumulando durante estas semanas en Canarias.

Pero aquí quien manda es la energía acumulada en la atmósfera, que la hace revolverse hasta formar el viento que agita a la mar vistiéndola con volantes de olas blancas. Todo lo demás son deseos que sólo con la magia pueden tratarse.

Cierro esta entrada. Quiero aprovechar la conexión con el satélite para poder subirla. No tendremos Internet hasta que no veamos las islas Cíes por la proa -¿qué estará pasando en Cabo Leeuwin?-, pero la tecnología del sitio en donde se aloja este diario tiene, cómo no, su pequeña dosis de magia. No sé cómo quedará visualmente la entrada: edito a ciegas. Ya se me disculpará.

Seguimos con rumbo norte.

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Un comentario sobre “Seguimos son rumbo norte

  1. Van Rap:

    Si tenéis que parar en Lisboa, por favor, come bacalao, come bacalao, come bacalao….. j’adore la morue 🙂

    En la próxima botella te enviaré unas infusiones de boldo, las preparo yo misma en Cabo Leeuwin y son deliciosas.

    Bon voyage .

    Anne

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