Viernes y trece

Lentejas estofadas; Huevos Revueltos con Setas, Bacon y Papas Arrugás; Solomillo de Cerdo con Guarnición

El “Seacross”, un petrolero de 274 metros de eslora, cincuenta de manga y quince de calado, se nos acercaba a casi diez nudos. Aún lejos, el efecto de la curvatura de la Tierra y del oleaje de cinco metros hacía que, visto con los prismáticos, hubiera momentos en que su superestructura pareciera la torreta de un submarino nuclear; al momento siguiente, cuando el GdC se alzaba sobre la cresta de la ola, se veía perfectamente las dimensiones del petrolero y cómo las olas estallaban contra su proa como un globo de agua lanzado contra la pared.

El GdC no avanzaba a más de cinco nudos, luchando contra el oleaje de componente norte, más grande del que los pronósticos del tiempo habían previsto. Era un oleaje con un periodo corto -señal de que se estaba formando cerca de nuestra posición- combinado con el mar de fondo del que si estábamos sobre aviso. El resultado era un oleaje de cuatro metros con frecuentes crestas de cinco. La pericia de los oficiales de puente conseguía que el barco subiera y bajara las olas como si estuviéramos en una atracción de feria. Pero los trenes de olas siempre empiezan o acaban con “las tres marías”, unas olas más grandes fruto de fenómenos de resonancia entre todas las ondulaciones presentes. Las olas no parecían estallar contra el casco del GdC. Parecía, por el contrario, que era el casco del barco el que estallaba contra las olas. La sensación a bordo era parecida a la que se experimenta cuando uno va de pie en un autobús y el conductor tiene que frenar bruscamente, sumada a la vibración del barco, semejante al de una barra de hierro que golpeamos contra una esquina.

A las cuatro de la mañana nadie a bordo podía dormir, así que cuando el puente decidió que no podíamos continuar así y que era mejor arrumbar hacia Lisboa todo el mundo lo percibió y algo se pudo descansar, al fin.

El oleaje fuerte es una molestia. Impide dormir, la musculatura se cansa de intentar caminar sin parecer que estamos borrachos, y trabajar se hace complicado. En la cocina hay que aumentar la vigilancia: comprobar que dejas los cuchillos y cualquier otro objeto sobre una superficie antideslizante, asegurar todos los recipientes al fuego con las balanceras y con veta, calcular el contenido del recipiente para que el balance no lo derrame, etc.

Pero la mar, cuando presenta este aspecto rabioso, maximiza su belleza. Las crestas blancas resaltan contra el azul intenso, y los rociones que el viento arrastra dan al paisaje un aspecto desenfocado en el que los alcatraces adultos, con su inconfundible librea blanca salvo en las puntas negras de sus alas y en el cuello, de color cremoso, sobrevuelan rompiendo la formación cerrada que suelen adoptar.

A medida que nos hemos ido acercando a tierra firme la mar ha ido cambiando. Las olas han sido de menor altura a pesar de que el viento no amainaba, y el color de la mar ha ido girando desde el azul intenso al verde pálido. Cuando hemos embocado la ría del Teixo, las aguas ya eran de color verde aceituna y temblaban con las ráfagas que de vez en cuando conseguían salvar el socaire que proporcionaba la costa.

Si es un fastidio retrasar la llegada a Vigo porque se retrasa también la llegada a casa, el hecho de que el refugio sea en Lisboa minimiza la contrariedad. Como siempre, cada tripulante vive las circunstancias que se dan a bordo de una manera particular. ¿Habrá quien no se encuentre a gusto en Lisboa? Quizás. En mi caso, pocos puertos me parecen tan atractivos como Lisboa. Llegar a esta ciudad remontando el Tajo, pasar bajo el puente de Alcántara –la rodadura de cuyo tráfico emite un sonido parecido al zumbido de una colmena enfurecida-, presentar nuestros respetos a la Torre de Belem, contemplar el impresionante monumento a los descubridores… es, todo ello, un privilegio.

La Autoridad Portuaria de Lisboa ha tenido la deferencia de darnos atraque en el muelle exterior de una pequeña dársena donde está atracado el “Noruega”, un barco oceanográfico portugués. El barrio de Alcántara, y el Chiado, y Lisboa entera, a nuestro alcance.

Los días malos deben ser los martes y trece, y no los viernes y trece, está claro.

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