CATANDO AL OCÉANO

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AIRE FRESCO POR LA PROA

Acelgas aliñadas con Ajo y Pimentón,  Boquerones con Pimientos del Padrón,  Ensalada de Hojas,  Entrecotte a la Plancha

Los que se asomen por primera vez a este blog quizás se extrañen de que esta entrada se inicie con un menú.  Los que lo hayan seguido en temporadas anteriores sabrán que eso es,  en realidad,  lo usual,  y si durante estos días sólo han entrado para ver la foto, se habrán extrañado de no verlo como siempre,  en cursiva al inicio de la entrada.

Pero es que hoy, al fin, la cocina ha podido activarse al 100%. Hoy se ha oído de nuevo el chac-chac-chac del cuchillo picando verduras,  entremezclado con la música que salía de la radio y con la sinfonía de sonidos generados por hordas de operarios que todavía hoy trajinaban por todos los rincones del barco.

Pero ya estamos cerca. Hoy el GdC ha podido salir a la ría para probar todo lo probable. Ha salido sin mí porque tenía que ir a comprar platos, cuchillos y un escachador de ajos… cocinero para todo…

Vale, no he catado el océano, pero que nadie lo dude: me pienso hartar.

MAR Y NÁUSEA

El GdC, a flote en Marín

El GdC, a flote en Marín. Foto: Benito

Desmontando el pórtico del GdC

Desmontando el pórtico del GdC. Foto: Benito

 

 

Hace ya días que el GdC está a flote, atracado en los muelles de Marín. Pero, a pesar de su aspecto remozado, con el rojo de su casco brillando como lo hace el rojo de un Ferrari expuesto en el concesionario, aún no está operativo. Las cuadrillas de operarios que lo invadieron mientras estaba dormido sobre la cama del varadero, y acometieron los trabajos que no se podían realizar salvo con el barco en seco, desaparecieron con la misma velocidad con la que otras lo han abordado desde el muelle donde está atracado, para continuar con la lista de reparaciones, mejoras y mantenimientos. Y no para minucias precisamente. Entre otras cosas, han desmontado el pórtico de popa para alargarlo un metro y medio, aproximadamente. El GdC va a pasar de ser un barco con pórtico a ser un pórtico con barco, por lo visto. Estéticamente el resultado se prevé desgraciado -espero que no acabemos enseñando las vergüenzas con la proa fuera del agua, vencida por el peso de semejante injerto- pero todo sea por la ciencia. Con un pórtico más alto se podrá largar por popa instrumental más grande, como vehículos por control remoto (ROV) atiborrados de esteroides, submarinos de alto standing o boyas sobredimensionadas.
Los trabajos avanzan y la información fluye. Una vez reconocido el hecho de que iba a ser imposible embarcar en la fecha prevista, la tripulación ha sido llamada para hacerlo el próximo lunes, día 11, con la proa puesta en Barcelona, base operativa del GdC. Salvo, claro está, que a última hora surja algún trabajo a realizar en algún punto entre Marín y Bercelona, por qué no en Canarias, donde hay un barco como el nuestro puede ser muy útil: la revisión del sellado de las prospecciones realizadas en aguas canarias orientales, o el muestreo del fondo en la zona donde el “Oleg Naydenov” se fue a pique -no lejos de donde estuvimos cartografiando para la ubicación de unas pruebas sobre anclajes de plataformas petrolíferas-, son sólo algunas de ellas.
La estancia en casa se aproxima a su fin, después del disfrute de la primavera en tierra firme, que en mi caso me ha permitido profundizar un poquito en el conocimiento de las aves que viven tierra adentro. Eso, y el estar con la familia, y las salidas en bici que demuestran que no estoy aún acabado, y las clases de saxo alto con Marcos, de las que me he de aprovechar ahora y durante los próximos meses de embarque, cuando su impronta me permita seguir avanzando… Con esos ingredientes se ha urdido esa sensación de textura incierta que se suele llamar felicidad.
En el otro platillo, el hastío, la vergüenza, la indignación. El Mediterráneo se convierte –lo es desde hace ya mucho tiempo- en una fosa común de personas que huyen –del horror, del hambre, de la sed, de la desesperanza…-, y Europa reacciona preocupándose únicamente de que no traspasen nuestras fronteras, aplicando una ética cada vez más tóxica.
El Mediterráneo se convierte en fosa común y en Canarias tienen pesadillas en las que una sombra seseante repite una y otra vez “del Oleg Naydenov shhhalen unoshhh pequeñoshhh hilitoshhh con ashhhpecto de plashhhtilina”, mientras una sonrisa idiota sobresale de entre su barba llamativamente no teñida. En las noticias ven imágenes familiares, como las vemos todos aunque estemos lejos de las costas meridionales de Gran Canaria y Tenerife: personas enfundadas en monos blancos recogiendo galletas de chapapote, fauna marina embadurnada por un engrudo que los asfixia y los envenena, playas desiertas, víctimas del   recelo  del  turismo…
Necesito hacerme a la mar. La mar no cura, no nubla la memoria ni sofoca la indignación, pero actúa como la marihuana que ayuda a soportar la náusea ante este cáncer que padece la civilización humana.

PUBLIRREPORTAJE***

Foto: Benito**

Foto: Benito**

Foto: Vicente**

Foto: Vicente**

Foto: Benito**

Foto: Benito**

Sólo los marinos más enamorados de su profesión se resisten a entrar en puerto salvo que sea imprescindible.
Únicamente los lobos de mar aguantan las ceñidas más radicales, capean los mayores temporales y continúan navegando, más allá de los rugientes Cuarenta, bien alejados de la costa.
Y por ello, son esos barcos los que más cuidados precisan, para estar siempre a la altura de las expectativas de sus capitanes.
Ahora, ello es más fácil gracias a Metallic Skin’s Regenerator®.
Con el tratamiento Metallic Skin’s Regenerator®, después de haber aplicado el  método MIERT® (Miraculous Integral Entrails Resetting Treatment), conseguirá que su barco vuelva a tener la lozanía y prestancia que se merece, listo para emprender nuevas aventuras por los siete mares.*
Metallic Skin’s Regenerator® consiste en una cadena de actuaciones, debidamente protocolizadas, encaminadas a conseguir que el casco de su barco no guarde memoria de las incontables singladuras que ha recorrido y de los efectos perniciosos que éstas han dejado en él. Es un viaje en el tiempo para que ud. vuelva a tener la sensación de que comanda un barco recién alumbrado en el astillero.
Para ello, Metallic Skin’s Regenerator® comienza con un tratamiento exfoliante realizado con exclusivo instrumental, diseñado específicamente, como el WPJ® (Water Press Jet) y el MBS® (Manual Brush Sweeping), con el que se consigue extraer todas aquellas impurezas que el estrés y las agresiones ambientales provocan en el forro del barco.
A continuación, Metallic Skin’s Regenerator® aplica generosas capas IASMR® (Incredible Anti Stretch Marks Reducer), sustancias anti-estrías que recuperan la tersidad del casco.
Finalmente, con SIM® (Splendorous Indissoluble Makeup), su buque estará preparado para reintegrarse a su medio natural, acicalado y ataviado con sus mejores galas, listo como para asistir a su propia botadura.
Metallic Skin’s Renegerator®, el mejor amigo del marino vanidoso. Disponible sólo en los mejores astilleros.
*“Los siete mares” es un término estimativo. Metallic Skin’s Regenerator® no responde del número de mares que el barco pueda navegar tras su aplicación.
**La inclusión de las fotografías no supone contraprestación monetaria alguna a sus autores. Metallic Skin’s Regenerator® agradece a los autores la cesión de los derechos de las fotos.
***Ya se me perdonará, pero es que quiero adquirir un teleobjetivo nuevo –que vale un potosí-, y de algún sitio he de sacar el dinero. Gracias por las ingentes muestras de apoyo.

¡UN PAÑOL NO ES UN TRASTERO!

Regurgitación del pañol de proa

Regurgitación del pañol de proa. Foto: Benito,  del GdC

Visto así, cualquiera diría que un pañol es un trastero, ese lugar que todos necesitamos, del tamaño de una caja de zapatos o de un loft de lujo en Manhattan, para arrinconar todo aquello que de pronto nos molesta, ocupando un espacio a nuestro alrededor que  nos es ansiosamente necesario. Con los recuerdos, las emociones y los sentimientos pasa lo mismo, que a veces molestan, abochornan, estenosan, y entonces los arrojamos por encima del hombro al subsonsciente, como si desde allí no fueran a perturbarnos, que lo hacen y más si cabe… aunque no seamos, claro, conscientes.
Un pañol no es, en absoluto, un trastero. ¡Ay del contramaestre que caiga en la tentación de verlo como tal! Un pañol es “cada uno de los compartimientos que se hacen en diversos lugares del buque para guardar víveres, municiones, pertrechos, herramientas, etc” (DRAE dixit). ¡Nada de amontonar desordenadamente, una cosa encima de la otra, dejándolo todo al retortero!
Siempre me sorprende lo poco que tarda el contramaestre en encontrar esa piececilla que me va de fábula para acoplar la cámara Gopro a la pértiga, o cualquier otra cosa que le piden, a menudo con crítica urgencia, los técnicos y científicos embarcados en el GdC, y el orden que observo en la estiba de los botes de pintura, la cabullería y los pertrechos de todo tipo, tanto en el pañol de proa como en el de popa, cuando –con su permiso- bajo a dichos compartimentos.
Pero todo ese orden desaparece cuando hay que vaciar el pañol para realizar el mantenimiento del espacio, picando, miniando y pintando los mamparos y demás estructuras metálicas. ¿Volverán las cosas a su orden establecido, o será ese, el reintegrarlo, uno de los primeros trabajos del contramaestre cuando volvamos a embarcar?
Veremos… y oiremos sus improperios.

VARADERO O VARADERO

Foto: Vicente, del GdC

Foto: Vicente, del GdC

Foto: Vicente, del GdC

Foto: Vicente, del GdC

Foto: Benito, del GdC

Foto: Benito, del GdC

Foto: Benito, del GdC

Foto: Benito, del GdC

El futuro inmediato del GdC depende, aparentemente, de la utilización o no de una tecla específica del teclado del ordenador.
Si hace unos segundos hubiera pulsado la tecla ↑, el GdC estaría ahora a casi siete mil kilómetros del lugar en el que se encuentra en realidad, y probablemente la tripulación no se quejaría mucho si tuviera que volar nueve horas para embarcar, y tuviera que pasar algunos días en tierra firme, esperando la finalización de los trabajos de los talleres, como suele ser habitual, pero esta vez nadando entre delfines y tomando mojitos sobre una hamaca playera.
Pero el barco no está en Varadero, sino en varadero, en Marín, con su tripa enmohecida secándose al sol. Benito y Vicente, primer maquinista y Jefe de Máquinas del GdC respectivamente, me envían fotos del barco montado sobre los raíles con los que es sacado fuera del agua. En ellas se aprecia perfectamente cómo la vida se había apoderado de la obra viva –parte sumergida- del casco, sobre todo durante los tres meses de inactividad en el puerto de Las Palmas. Las algas y el caracolillo colonizan la zona sumergida del barco a pesar de su imprimación con patente, una pintura especial que lleva aditivos para evitar que se desarrollen esas adherencias. Hasta un nudo -1.85 km/h- puede ralentizar la marcha del barco esas incrustaciones.
Ignoro si el GdC estará a tiempo para el día 24, que es cuando se supone que deberíamos embarcar con rumbo, una vez más, desconocido. Después de estos días de vacaciones, que en mi caso he pasado en el campo, lejos del olor a incienso y a cirio ardiendo, de los lamentos impregnados de paroxismo y de una imaginería barroca exaltadora del dolor y la pasión, quizás debamos llevar el barco a su base natural, en Barcelona, junto al Maremagnum, o tal vez debamos volver a Canarias, a comprobar cómo han quedado las cicatrices que la prospección petrolífera ha dejado en el fondo marino.
Mientras esperamos confirmación de nuestro próximo destino, dejo aquí el enlace para ver algunas fotos realizadas en Las Palmas, entrando en su puerto o paseando por sus calles:
https://www.flickr.com/photos/van_rap/sets/72157649499713064/

Animación suspendida

El GdC, atracado en la Factoría Naval de Vigo

El GdC, atracado en la Factoría Naval de Vigo

Guisantes con Jamón, Abae y Sama Albardadas con Ensalada de Tomate, Sopa de Verduras, Pollo Asado con Patatas Salteadas

Siempre pasa igual, y lo he comentado aquí muchas veces. Pero la sensación es tan sólida, tan concreta, que nunca acabo de acostumbrarme del todo, y cuando me pongo delante del teclado para intentar plasmar con palabras la cotidianidad, lo curioso, la sorpresa, lo mágico que significa trabajar en un barco como el GdC, no puedo evitarlo y vuelvo a narrarlo, a explicar cómo el tiempo adquiere tal elasticidad que marea más que el balance del barco, produce vértigo y desorientación. ¿Cuánto hace que salimos de Las Palmas? ¿Siete días? ¿Siete semanas? Y de Lisboa, ¿un día y medio? ¿Una semana y media?

Hace sólo horas paseaba por Lisboa forzando a mis pies a tomar direcciones desconocidas, liberado de la presión de tener que visitar los lugares más nombrados, más turísticos, ya conocidos en otras arribadas y viajes por tierra. Vagabundeaba fijándome en la gente, en los callejones, imaginándome como un lisboeta más –qué fácil es sentirse parte de la belleza-. Hace sólo unas horas, pero las percibo como días, a pesar de que la navegación desde Lisboa hasta Marín ha sido muy soportable. Quizás sea porque ahora mismo sólo miro hacia proa, hacia una estación, un camarote en el tren, un duermevela en el que las luces naranjas de estaciones casi deshabitadas se mezclan con los sueños, una llave que abre la puerta tras la que el amor se despereza y los besos activan las sinapsis donde reside mi otro mundo.
Ahora mismo me encuentro escribiendo esto mientras el barco se va vaciando, a ráfagas, de tripulantes. Ya sólo quedamos Eduardo, Benito, Álex y yo, que hasta la tarde no viajaremos a Barcelona, a Cangas, a Castro Urdiales, a Zaragoza… Personal del astillero entra y sale del barco, echando un vistazo a las obras de reparación y mantenimiento proyectadas. Fuera, la actividad de los operarios en los barcos que están en varadero y en los atracados en el pantalán, que no para ni de noche, recuerda la del hormiguero cuando ya los fríos estacionales ralentizan los movimientos de las obreras.

El GdC tiene una edad, pero está en forma. Es como los abuelos que huyen de los bancos bajo los árboles del parque y de la contemplación y salen aún en bicicleta, con pedaleo acompasado, sereno, efectivo, o los que encuentras a ritmo atlético por el monte, saludándote con un vigor que hace que aceleres algo el paso, picado. El GdC necesita cuidados, muchos de los cuales se los prodiga la propia tripulación, obreras que atienden las necesidades de la reina. Pero hay ciertas operaciones, ciertos cuidados, que exigen dejar la actividad científica y ponerse en manos ajenas. Entonces el GdC es un mero que deja de cazar y abre la boca, paciente, para que los camarones hagan su trabajo de limpieza hasta lo más profundo de sus fauces y sus agallas.

Ahora nos toca esperar. Volveremos a embarcar a finales de Abril con la esperanza de ser útiles, de poder dar el mejor servicio a los proyectos científicos y técnicos que contraten al GdC. En mi caso, tengo el firme propósito de conseguir que un par de tripulantes no muy dados a las salsas y la cocina elaborada se alimenten a bordo con más alegría, asumiendo que eso pueda significar, paradójicamente, más trabajo. Y mientras esté en tierra firme, mantener este diario vivo. Durante este periodo de inactividad del GdC que comienza hoy, aparecerán en estas páginas los enlaces para poder ver las colecciones de fotos realizadas durante la temporada, alojadas en mi página de Flickr, así como los de los vídeos alojados en You Tube. Y, en la medida de lo posible, comentaré las noticias que puedan interesar al GdC y a quien le sigue.

El GdC entra en animación suspendida, pero sigue latiendo.

GRACIÑAS

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Sopa de Pescado con Arroz, Bistec de Ternera con Ensalada Verde y Frutos Secos, Hamburguesa con Patatas Fritas, Pizzas.

Tras cuarenta y ocho horas de estancia a bordo, el cuerpo al fin reconoce como su hogar el entramado de pequeños espacios que es el barco.

La tripulación apenas necesita esas cuarenta y ocho horas para conseguir el ronroneo propio de una máquina bien engrasada; paradójicamente, al barco como máquina le cuesta algo más. Lógico. A los tripulantes se nos mantiene en tierra firme durante todo el periodo de vacaciones, envolviéndonos mimosamente con el amor de la familia y los amigos, y de la buena gente que vamos encontrando por el camino en función de la coyuntura. En mi caso, este invierno:

• Helena, fisioterapeuta que ha puesto todo su saber para recuperar mi pectoral mayor, roto por una estúpida caída de la bici, y que ha conseguido que ahora esté esperando la llegada de una provisión para muchos días con plena confianza en mi estado de salud.

• Los monitores del gimnasio donde me he pasado medio invierno intentando perder algo de peso y acumulando endorfinas para los tiempos de carestía, que han estado supervisando mis progresos en toda clase de máquinas infernales, más destinadas a arrancar la confesión de terribles crímenes que de hacer florecer en el semblante las miradas lánguidas y satisfechas de los maniquíes en los spots de esa clase de artilugios.

• Sofía, que ha hecho todo lo humanamente posible para conseguir que en mis manos y boca mi saxofón alto dejara de ser un reclamo para las grullas mientras atravesaban el cielo de Zaragoza en su viaje hacia el Norte, y se convirtiera en un instrumento musical, y yo en músico aficionado (espero que sea verdad eso de la reencarnación, porque no sé yo si me va a dar tiempo en los próximos treinta años de llegar a merecer dicho calificativo)

Gente a la que das las gracias cuando te despides de ellas, y a quien se las sigues dando cuando ya no pueden oírte, mientras paseo, en mi caso, por la ría de Pontevedra, contemplando garzas blancas pescando en la bajamar.

Sí… Graciñas, como dicen con dulzura por aquí.