El por qué de todo esto

Hace muchos años mi vida fluía al revés de la mayoría de la gente: dormía de día y trabajaba de noche. Abría sacas de correos como si degollara reses; las vaciaba de cartas y paquetes, que clasificaba e introducía en otras sacas que después cerraba para que siguieran viajando hasta su destino. Algo me debió ocurrir para que, de pronto, abandonara a mi pareja, dejara mi trabajo y me fuera de la ciudad. Quizá fue el cansancio, o el hastío, o el amor. Seguramente todo a la vez.

Entonces, mi mejor amigo me lanzó una sirga, una fina cuerda lanzada hacia el vacío, a la que me cogí desesperadamente: “vente a navegar”.

Desde entonces vivo más tiempo en el barco, el buque oceanográfico “García del Cid”, que en tierra firme. El barco es como una casa, y yo cocino para la familia que vive en ella. Una casa en la que siempre hay invitados, a veces tan cercanos y queridos como si fueran parientes; en otras ocasiones desconocidos que buscan a bordo, como los otros, la manera de saber más sobre el océano y sus habitantes, y que sólo el tiempo nos descubrirá si llegan a convertirse en “parientes”.

Durante más de veintidós años, mientras las ollas expelían vapores aromáticos, las conversaciones animaban el comedor entre el sonido de los platos, o paseaba por cubierta y por el laboratorio del barco después de acabar la jornada, he contemplado lo que ocurría a mi alrededor: cómo cambiábamos los tripulantes, presas del tiempo, yéndose algunos por la edad y otros porque su rumbo dejó de coincidir con el del barco. He visto cómo los científicos aprendían las leyes no escritas del trabajo en la mar, mientras yo aprendía a la vez algo sobre las preguntas que les llevaban a embarcar, aprovechándome de su paciencia y ganas de enseñar. He observado el firmamento, el horizonte y la mar, que a veces nos acunan y que en ocasiones nos asustan y hacen que nos sintamos pequeños y desvalidos. Durante todo ese tiempo he percibido los latidos de cada uno de esos sistemas, la tripulación, los científicos, el barco, la Ciencia, la mar, el cielo… cómo se acoplaban entrando en resonancia, o chirriaban como engranajes oxidados.

En los últimos años he intentado explicar lo que iba aprendiendo, transcribiéndolo al diario del barco, que se publicaba en la página de la UTM (“Unidad de Tecnología Marina”: http://www.utm.csic.es/garciadelcid_sit.asp)

A partir de hoy, lo haré aquí. Continuaré con mis preguntas, con mis miradas y mis escuchas, e intentaré reflejar en estas páginas la belleza que me envuelve, y la inmensa suerte que tengo de poder vivir de la mar y para la mar, por la que siento amor, a pesar de que ello me lleve a estar alejado de los seres queridos.

Soy Van Rap, cocinillas y cronista inquisitivo, y estás son las crónicas libres del buque oceanográfico “García del Cid”.