La noche es oscura, y llena de horrores

Huevos Rellenos de Marisco, Merluza a la Plancha con Champiñones Salteados, Sopa de Vegetales, Ternera Estofada
En una noche como la que hoy anuncia un crepúsculo que enamora, fui bruscamente despertado, hace más de treinta años, cuando estaba entrando en lo más profundo del sueño. Me incorporé lo que la altura entre literas permitía e intenté asimilar la perorata que la figura que me había zarandeado me vociferó mientras ya estaba vapuleando a mi compañero de la litera superior. Visto al contraluz de las lámparas del techo, y soñoliento como estaba, no acertaba a saber quién era el que gritaba a los veinte que estábamos en el sollado, pero desde el primer momento tuve la certeza de que debía obedecer sin rechistar y con premura si no quería sufrir las consecuencias.
– ¡¡Todos arriba!! ¡¡Venga, coño, todos arriba!! –gritaba medio ronco- ¡¡En cinco minutos todo dios en el secadero!!
– ¡¿Pero qué pasa, joder?! –balbuceó el de siempre, el que todavía no había aprendido lo que significaba mantener un perfil bajo.
– ¡¡Pasa que se te va a caer la pelusilla que tienes por pelo como no te vea cagando leches corriendo escalera abajo, coño ya!! –le respondió la sombra chusquera
Ignoraba si habían pasado más o menos de cinco minutos, pero la cosa es que ahí estábamos los veinte, en el secadero, con las chancletas chapoteando sobre los charcos que los trajes, colgados escasas horas antes tras el enésimo ejercicio -y por lo tanto todavía húmedos y fríos- habían dejado mientras se escurrían lentamente. Nos mirábamos los unos a los otros en paños menores, cuchicheando suposiciones más o menos alocadas sobre qué podía estar pasando, aunque el hecho de que nos hubieran convocado ahí no presagiaba nada bueno.
– ¡¡Tenéis dos minutos para poneros el traje y coger vuestro equipo!! ¡¡Listos para embarcar en tres minutos!!¡¡Rapidito y en silencio, coño!!
Como modelos a punto de salir a la pasarela, nos apelotonamos todos a lo largo de la línea de perchas, sacando el neopreno y embutiéndonoslo mientras saltábamos cómicamente a la pata coja, procurando no perder el equilibrio delante de los instructores, las madres de los cuales eran nombradas profusamente –aunque en el más absoluto de los silencios- mientras ellos nos miraban como si fuéramos culpables de todos los males que les amargaban la vida. Una vez convertidos en focas –igual de negras, pero más patosas-, recogimos el material personal –regulador bitráquea, gafas, tubo, cuchillo, aletas, cinturón de plomos, profundímetro o brújula, según el caso, boya marcadora- y un juego de botellas, presumiblemente cargadas por los encargados del compresor. Con todo ello a cuestas nos lanzamos a correr por el camino que conectaba el secadero con el muelle. Algunos ralentizaban deliberadamente el paso para llegar los últimos al embarque y quedar así en la zona de la lancha no protegida por la cabina, muy conveniente si uno se sabía propenso al mareo con el bamboleo de la lancha y los gases de escape emponzoñándolo todo.
Unos minutos más tarde, con la mole de cabo Tiñoso recortándose contra la luz de la Luna, la lancha puso el motor en punto muerto. Mientras la embarcación acababa de perder la arrancada, uno de los instructores vociferó las órdenes, aunque una vez llegados ahí no había que ser un lince para saber de antemano que se esperaba de nosotros:
– ¡¡A ver, en parejas y por orden!! ¡¡Al agua, tomáis referencia del rumbo e inmersión inmediata a cinco metros de profundidad!! ¡¡Os dais el oquey y tiráis para la base, sin prisas pero sin pausas!! –ni la luz pálida de la Luna ni las gafas que ya teníamos colocadas impidieron que pudiéramos ver cómo las caras iban cambiando de color.
– ¡¡La sirga de la boya tiene seis metros!! ¡¡A la pareja que hunda la boya le va a caer la del pulpo!! ¡¡A los que tengan salir a superficie por falta de aire, la de la pulpa les va a caer!! ¡¡Y como se tenga que tirar al agua alguno de nosotros para llevaros a profundidad de seguridad, ya podéis ir diciendo adiós al curso, los dos, el del profundímetro y el de la brújula!! ¡¡Estáis avisados!!
Inmediatamente, según el orden establecido por la puntuación acumulada en las pruebas anteriores, las parejas fuimos saltando al agua, resoplando aceleradamente para disipar el impacto del frío rellenando los huecos entre el neopreno y la piel. Afortunadamente la mar estaba en calma y no fue difícil localizar el fanal verde de entrada a la Algameca. Una mirada a la brújula para comprobar el rumbo a seguir y mi compañero y yo nos sumergimos antes de que nos abroncaran desde la lancha. Cogiditos de la mano como dos hermanitos que vuelven del colegio cuando se ha hecho de noche, nos pusimos a aletear con la mirada fijada en el negro más absoluto, sólo roto por la fluorescencia de la brújula –que llevaba yo en mi muñeca derecha- y del profundímetro –que llevaba él en su mano derecha a petición mía, para que yo también pudiera echarle un vistazo, porque no me fiaba un pelo de mi impuesto compañero, neófito en lo del buceo y, a tenor de lo que día a día me hacía padecer, tirando de él como si fuera un niño que se niega a ir al peluquero, neófito también en lo de esforzarse y soportar el sufrimiento.
No sé si logro trasladar las sensaciones que vive uno mientras bucea entre dos aguas, de noche, con un compañero que no te proporciona ni una migaja de confianza, y la amenaza de que un fallo en la inmersión te lleve a perder toda posibilidad de acabar el curso de buceo y, por lo tanto, te hagapasar los siguientes meses perdiendo cientos de horas en guardias absurdas protegiendo quién sabe qué en puertas que no llevan a ninguna parte, comprobando que la cuerda desde la que cayó un recluta está cumpliendo el arresto al que fue condenada, y cosas aún más insoportablemente surrealistas. De todas maneras, todas estas disquisiciones desaparecen del cerebro cuando descubres que la negritud que te envuelve por todas partes está rota por la fluorescencia del profundímetro, de la brújula… y, de pronto, por la creada por un bulto enorme que pasa lentamente bajo tu cota, más allá de la profundidad de seguridad del ejercicio, excitando unamiríada de algas luminiscentes. Cuando esto te pasa en medio de esa nada negra, se produce una concatenación de hechos en un orden más o menos establecido: aumenta tu ritmo cardíaco de forma ostensible… acrecientas el ritmo respiratorio y te importa un comino si eso perjudica tus posibilidades de llegar con aire a tierra firme… incrementas un montón el ritmo de aleteo… y la presión en la mano de tu compañero como si fueras a declarártele… y la capacidad de giro de tu cuello en todas direcciones, hasta valores imposibles, en busca de lo que no quieres encontrar porque no sabes qué te vas a encontrar…
Cuando, después de un rato que se nos hizo eterno, conseguimos entrever el fondo de la ensenada de La Algameca, atestada de cabos enmarañados, chatarra medio enterrada en el lodo, y multitud de objetos irreconocibles que forman una especie de arrecife artificial, exhalé tal cantidad de aire por el regulador que debí parecer el trans-siberiano. Un rato después, cuando todos estábamos de nuevo en el muelle, mi compañero y yo nos miramos y estuvimos de acuerdo sin tener que hablar una palabra: jamás contaríamos lo que habíamos padecido, el cachondeo en un ambiente tan virilmente montaraz podía ser insufrible…
Pero de eso hace más de treinta años, una eternidad, y a pesar de que me encuentro en el mismo lugar, junto a cabo Tiñoso, observando la superficie plateada en la que me ha parecido ver la aleta de un delfín con muescas en la arista cóncava -el mismo que ha aparecido esta tarde en nuestra proa-, me preocupa más enterarme, por ejemplo, cuáles son las razones que han llevado a Jorge Guillén y Montse Demestre a señalar esta zona como objeto de estudio, y aparecer por cubierta cada vez que el rastrillo llega del fondo con media tonelada de material para que manos de limpiadores de lentejas extraigan información minuciosa sobre la comunidad que vive en ese fondo. Y luego, explicarlo con claridad en estas páginas, que es el fin para el que fueron creadas, por más que a veces divague un pelín.
Pero eso será otro día. Hoy ya no queda espacio, y además ha anochecido, y todos sabemos que la noche es oscura y llena de horrores (Gracias, Marcos, por tu memoria).

Pez volador, pájaro buceador

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Spaghetti a la Matriciana, Dorada a la Plancha con Ensalada de Endivias y Salsa César, Sopa de Verduras y Sémola de Arroz, Entrecotte con Tomates Asados y Patatas Fritas.
No sé si podré transmitirles la sensación de tranquilidad que proporciona comprobar que las leyes básicas del universo del GdC continúan cumpliéndose con exactitud. La mar nos recuerda que no navegamos por el lago de Bañoles, pero lo hace sin mala intención, con delicadeza; el instrumental científico funciona sin novedad, y cada vez que sumergimos la draga HAPS o el rastrillo, nos agasajan con una muestra de lo que hay en el fondo -en el caso del rastrillo, de media tonelada en media tonelada-; la Máquina continúa ronroneando y si le viene un acceso de tos, los maquinistas se remangan y no paran hasta que queda todo clareado; en la cocina todavía no hemos envenenado a nadie y los platos vuelven con raspas, huesos, peladuras y poca cosa más.
Todo va bien. Salimos a cubierta y un sol que aún no ha cogido definitivamente el ímpetu veraniego nos permite disfrutar de lo que la mar y el cielo ofrecen a quien tenga paciencia para esperar la sorpresa. Así, vemos en un mismo día peces que vuelan y aves que saben bucear. Los primeros lo hacen para huir; los segundos, para pescar. Encajonado entre el mástil de proa y la roda espero cámara en ristre para realizar una serie de disparos con puntería intuitiva, sin colocar el ojo en el visor porque cuando lo haces el pez volador ya se ha sumergido o la pardela balear ha acabado su inmersión. En torno al barco se congregan, aparte de medio centenar de gaviotas de Audouin, otro medio centenar, por lo menos, de pequeñas pardelas baleares –las que bucean-, y alguna docena de pardelas cenicientas, más grandes y no tan nerviosas como las baleares. Al final consigo unas fotos en las que se puede apreciar la escena, para que uds. puedan también verlo –en cuanto suba las fotos a mi página en Flickr y publique el correspondiente enlace en este blog.
Más maravillas: un pez espada salta varias veces, sacando todo su cuerpo fuera del agua, exhibiendo el apéndice que le da nombre como si llamase a sus congéneres al combate. De esa visión no queda registro alguno: están observando una gaviota con los prismáticos y, de pronto, en la misma visual, surge el gran pez refulgiendo contra el sol… ahora, sobre ello, sólo puedo ofrecerles palabras; algunos charranes comunes revolotean a unos diez metros de altura sobre la superficie de la mar mientras vociferan con ese graznido que recuerda en algo al de las golondrinas. De pronto caen en picado, sumergiéndose como pequeños proyectiles, para aparecer inmediatamente con un pez en el pico. Sin esperar un sólo instante alzan el vuelo antes de que alguna gaviota patiamarilla consiga robarle el botín; más allá, varios alcatraces jóvenes, con su plumaje oscuro salpicado de manchas blancas, vuelan a muchos más metros de altura, y desde ahí ejecutan una maniobra muy parecida a la de los charranes, aunque al salir a superficie no tienen prisa en volver a despegar: nadie osa disputarles la captura.
Todo esto ocurre a unas cinco millas de la Manga del Mar Menor, no muy lejos de unas imponentes piscifactorías flotantes, y de un pesquero que arrastra una jaula cilíndrica, sumergida, donde seguramente un buen número de atunes esperan que les llegue el turno de convertirse en “pescado”.
Los científicos no tienen tanto tiempo como yo para ensimismarse contemplando lo que ocurre a nuestro alrededor. Mientras unos comienzan a clasificar la muestra del fondo que acaba de traer el arte de rastrillo, –algas, crustáceos, peces, moluscos…-, otros se afanan en sumergir un trineo que lleva una cámara de filmación de vídeo y que, siendo arrastrado desde el barco, permite registrar las huellas que un arte tan pequeño como el rastrillo que utiliza el proyecto deja en el fondo marino, primer paso para intentar argumentar delante del sector pesquero la necesidad de aplicar profundas reformas en los métodos de pesca extractiva, para evitar los destrozos que las artes de arrastre generan en el fondo marino, tarea esa en la que la Dra. Montse Demestre, del ICM-CMIMA, lleva mucho tiempo trabajando.
Al parecer, vamos a seguir con estas pautas de trabajo hasta el viernes. ¿Qué más podremos contemplar, hasta entonces? ¿Qué otras maravillas veremos, tras los peces que vuelan y las aves que bucean? Ya les iré contando.

 

La Roja

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Boquerones en Vinagre con Ensalada de Pepino y Apio, Tortilla de Atún al Eneldo con Espinacas a la Crema de Mostaza y Miel, Crema de Verduras, Merluza en Salsa Verde
Atracados en Cartagena desde el anochecer, esperamos a que mañana llegue el resto de científicos con los que vamos a continuar con la campaña de FORMED. Durante las últimas horas hemos estado haciendo batimetría en la zona del delta del Ebro, siguiendo rumbos parecidos a los que siguen los pesqueros de la zona, que arrastran sus artes por encima de las tres líneas de dunas submarinas que corren paralelas a la costa. Las imágenes de la sonda multihaz muestran esas líneas de dunas, y tienen suficiente resolución como para que se pueda percibir que la línea de dunas más cercana a costa se halla mucho más erosionada por los arrastres de los pesqueros que las otras dos, presentando el aspecto de desgastados escalones en una construcción milenaria.
Aprovechando estas horas de coyuntural inactividad –sólo para algunos: cocinar se cocina, y se repara las pequeñas averías de la Máquina, y se realizan las guardias de seguridad… en fin, que el barco sigue latiendo rítmicamente aunque no se esté sondeando ni muestreando nada-, hago caso a mi mujer y doy pormenores sobre el stand by que ha sufrido el barco y su tripulación durante las últimas semanas, no vaya a ser que alguien saque conclusiones tan precipitadas como erróneas.
El GdC ha estado más de un mes parado y yo les voy a decir por qué. No ha sido porque una avería de la máquina haya dejado malherido al barco, y todo ese tiempo haya tardado el personal de a bordo o los talleres de tierra en solventar el problema y dejarlo de nuevo operativo; tampoco ha sido una huelga de la tripulación, aunque bien es cierto que razones no le hubiera faltado, si no como tripulantes del barco, sí como trabajadores públicos, o aún más rotundamente, como trabajadores de este país en caída libre hacia la regresión; y ningún problema de la instrumentación oceanográfica ha impedido realizar campaña alguna de ningún proyecto.
No, nada de eso ha sucedido. Casi todo lo que tenía que concurrir en el tiempo y el espacio para que el “García del Cid” cumpliera con el cometido para el que había sido creado hace ya treinta y cinco años, o casi todo, se cumplió: barco, listo; tripulación, lista; equipamiento, listo; preguntas –el primer pálpito de la Ciencia-, listas; buena disposición de los equipos científicos y técnicos, lista… Sólo faltaba una cosa… pero era una cosa sin la cual difícilmente se puede investigar: la voluntad de quien tiene los medios –la Administración, el Gobierno-. El Gobierno actual ha decidido –ni siquiera puede decir que se lo han ordenado desde la Troika: esto es cosecha propia- que la lucha contra los efectos de la crisis pasa, entre otras cuestiones, por abandonar a la Ciencia a su suerte, tirando a la basura la inversión que durante muchos años ha permitido que España tuviera una producción científica de gran valor añadido. Actualmente, muchos de los científicos españoles que participan en proyectos multinacionales están incumpliendo sus compromisos porque no tienen acceso a una financiación que había sido aprobada; multitud de científicos y técnicos contratados por proyectos se quedan en paro porque dichos proyectos se quedan sin fondos; y varias instalaciones han sido cerradas o, como es el caso del GdC, languidecen esperando ser útiles.
Acabamos de enterarnos que varios de los proyectos liderados desde el Institut de Ciencies del Mar/CMIMA, que solicitaban financiación al Plan Nacional de Investigación Científica, Desarrollo e Innovación –mucho ruido para tan pocas nueces-, y que podían proporcionar una importante y muy necesaria carga de trabajo al GdC, han sido desestimados. Estupendo. Seguro que alguno de estos proyectos hubiera podido salir adelante con lo que cuesta la prima de cuatro o cinco jugadores de “la roja” por ganar el mundial. Pero,¿cómo vamos a comparar los réditos de dicha epopeya con, pongamos por caso, el conocimiento profundo sobre la biología de varias especies comerciales de fauna marina, de las que depende el sustento de muchísimas familias? ¡Dónde va a parar! ¿Demagogia? No es la intención: los fondos con que se premia a los héroes futbolísticos provienen, al parecer, de los propios beneficios generados por el negocio, pero ¿alguien se puede creer que éste subsistiría si no fuera por las continuas ayudas públicas, y no sólo en forma de laxitud en la presión fiscal y en las deudas a la Seguridad Social? En última instancia los más de setecientos mil euros que recibirá cada integrante de “La Roja” es dinero de los ciudadanos.
¿La Roja? Roja de ira, roja de vergüenza, mi cara y la de muchos de nosotros. ¿Y la de ustedes?

Todo es un espectáculo

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Alubias con Chorizo y Oreja, Tortilla de Queso con Tomatitos Fritos, Crema de Calabaza y Jengibre, Caballa al Orio con Patatas Cocidas

Algo tiembla frente a la proa… quizás sea un ave posada… Miro con los prismáticos… No… no, es una boya.

Lo que parece una barquita, allá lejos… a través de los prismáticos… acaba siendo otra boya… Sí, es otra boya.

Una, y otra, y otra boya más. La mar en torno al Delta del Ebro es una encrucijada de artes de pesca que hacen incomprensible que algún pez de la zona pueda mantener su libertad a salvo, y que convierten en pesadilla la navegación nocturna por estas aguas.

Cuando el trípode de FORMED, sumergido durante seis meses junto a la farola del Cabo Tortosa, se negó a liberar las boyas de recuperación, sólo dos cosas podían haber ocurrido: o el sistema de liberación de las boyas no se había activado o sí lo había hecho, pero algo impedía que las boyas llegaran a superficie: un arte enredado en el trípode, o el abotargamiento del sistema por la acumulación de sedimentos.

Sea como fuere, la cuestión es que el trípode, con toda la información recopilada durante seis meses, seguía en el fondo, a unos 13 m. de profundidad. Durante todo ese tiempo había estado recopilando, supuestamente, información sobre las corrientes, la cantidad y calidad de los sedimentos arrastrados por éstas, y varios parámetros más. Información valiosísima para poder averiguar, junto con la batimetría recopilada por la multihaz y los muestreos de sedimentos, qué formaciones geológicas de 1 m. de diámetro están presentes en el fondo de la plataforma continental, qué dinámica sedimentaria es la responsable de estas formaciones, y cuáles son relictos de dinámicas extintas.

Como no había manera de recuperarlo con el método establecido, y no podía abandonarse estando como estaba a tan poca profundidad, se llamó a un equipo de buceadores, que llegaron, vieron, y actuaron.

Según contaron al volver a bordo los dos buceadores que se sumergieron en la turbidez de estas aguas, tuvieron que liberar a mano los pies del trípode, que estaban sepultados bajo varios centímetros de sedimentos. Pero no había sido eso, evidentemente, lo que había impedido que se liberaran las boyas de recuperación.

De pronto, olvidé que estaba en una campaña de Geología. Hubiera jurado que se trataba de una investigación arqueológica, y que en ese momento se había descubierto el artefacto de una cultura extinguida hacía miles de años. Durante seis meses de inmersión, a tan poca profundidad, con alta exposición a la luz, la vida se había hecho con cada centímetro cuadrado de metal y plástico del trípode, convirtiéndolo en un laberíntico arrecife artificial en el que era casi imposible reconocer el instrumental, y en donde las boyas de recuperación y los gatillos de liberación de éstas estaban soldadas al cuerpo del trípode formando un todo indivisible. Algas incrustantes, gasterópodos de todo tipo, gusanos tubícolas, crustáceos… Apenas depositado sobre cubierta, del rincón más escondido surgió un pulpo que pesaría sus buenos dos kilos y que, sorprendido por el brusco cambio ambiental, puso sus ocho patas en polvorosa, abandonando en el trípode una puesta de huevos y varios congéneres que todos juntos cabían en la palma de la mano, quién sabe si fruto de una puesta anterior del que ahora huía.

Horas se pasaron varios científicos y técnicos –más parecían becarios de arqueología- rascando la estructura del trípode y los instrumentos de medición hasta poder liberarlos y descargar la información recopilada durante los seis meses. Esperemos que en Junio, cuando volvamos a hacernos a la mar con FORMED, puedan relatarnos qué descubrieron tras todas esa cifras.

Una boya… cuidado, otra boya por la proa… ¡anda, no, esta vuela!… ¡Hombre,un págalo grande!… sí, Stercorarius skua… ¡Ay que ver, cómo acosa a los charranes patinegros para que regurgiten los pescados acabados de tragar!… ¿el charrán patinegro?… Sterna sandvicensis, creo.

¡Qué espectáculo!… ¡Sí, todo aquí es un espectáculo!

Belleza letal

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Ensalada de Tomate, Anchoas y Guacamole, Arroz con Costilla, Conejo y Pollo, Pajel a la Plancha

Mañana de sábado luminosa, a veinticuatro horas de salir con el equipo del Dr. Jorge Guillén, del CMIMA, para realizar una campaña más del proyecto FORMED, que iniciamos el año pasado.

Mañana ociosa, con todo el material científico y las provisiones necesarias ya a bordo, que invita a perderse por una ciudad que recupera su aspecto habitual después de ser teñida por una lluvia de agua y polvo del desierto, convirtiéndola en una ciudad de adobe, para ser limpiada a continuación por otra lluvia, esta torrencial, que la hizo desaparecer ante nuestros ojos enmascarada en un manto gris como si el cielo hubiera caído sobre ella.

Pero hoy el sol nos calienta y entibia un ambiente que sería bastante más fresco si la brisa del norte –y que mar adentro se hace fuerte, como para retrasar un día nuestra salida- actuara impunemente. Adormecido por el calorcillo, repaso los últimos cinco días de travesía entre Marín y Barcelona, una de las mejores si la comparamos con la estadística de malas mares, paradas eternas en puertos de arribada forzosa –Cádiz sobre todo, pero también Málaga, Tarifa, Lisboa, Sigres…-, y llegadas a puerto con el cuerpo descompuesto por el cansancio. Sin embargo, no ha sido una travesía de mar en calma y las horas de observación –mirando, oyendo, sintiendo- no han dado como resultado la captura de muchas fotos de habitantes del océano: un escualo pequeño, tal vez de 1 m, quizá una tintorera –Prionace glauca-, rondando lo que parecía un cubo de plástico, al acecho de los pequeños peces que siempre acompañan estos objetos flotantes; gaviotas patiamarillas –Larus michahellis- y, de vez en cuando, algún págalo grande –Stercorarius skua- con su aleteo alocado como si estuviera llegando tarde a su próxima pendencia; pequeños grupos de delfines listados –Stenella coeruleoalba- que se acercaban sin demasiado entusiasmo a nuestra proa y que desaparecían pronto, aburridos por el poco interés que había despertado su presencia –sólo mi cabeza asomaba más allá de la roda- y la escasa cobertura hidrodinámica que proporciona nuestro lento desplazamiento, comparado con los gigantes transoceánicos que  comparten nuestra derrota norte-sur a lo largo de la costa portuguesa, y oeste-este mientras atravesamos el Estrecho…

Durante las últimas millas de travesía, a pocas horas de Barcelona, un nubarrón ensombrece nuestra ilusión por llegar a puerto amigo: un medé, llamada de socorro por el canal 16 del UHF, avisa de un hombre al agua en las cercanías del puerto de Barcelona. Aunque poco después se desactiva, al final se confirma la tragedia: El pesquero L’Escandall se ha incendiado…  hay tripulantes quemados… un tripulante se ha lanzado al agua… y se ha ahogado.

Otro más.

El Santa Ana en Cabo Peñas; el Mar de Marín junto a las Cíes; el L’Escandall frente a Barcelona: diez muertos en tan poco tiempo, el último, un ciudadano peruano en el que era su primer día de trabajo en el L’Escandall… Pero, cómo olvidar que lo bello puede ser letal, como la cobra levantando medio cuerpo en actitud mayestática, como la leona encogiendo arrastrándose entre los matojos mientras se acerca a su próxima comida…

El GdC sabe de colisiones y de incendios. En los veintidós años que llevo a bordo, he vivido dos colisiones –ambas con pesqueros-, un incendio –en la cocina, por una errónea conexión de los terminales eléctricos de la freidora-, y un temporal en el que la seguridad del barco se vio gravemente comprometida  –por error en la valoración de la previsión meteorológica y por plegarse a las presiones para llegar a tiempo al inicio de una campaña oceanográfica-. La belleza puede hacer olvidar el riesgo. Recuerdo perfectamente –y, de alguna manera, echo de menos- mis primeros tiempos en el GdC, cómo me divertía apostado en la proa, sin cámara fotográfica y sin interés aún por las aves, sólo disfrutando de la mar invadiendo la proa y obligándome a agarrarme al asta del torrotito como si mi vida dependiera de ello –de hecho, posiblemente así fuera-. Hoy no me atrevería a hacer eso sin ponerme un casco y anclarme antes con un arnés a un punto fijo del casco, y aun así.

En el muelle del Reloj, al lado de la lonja del puerto de Barcelona, luce una senyera y una bandera peruana –franjas roja, blanca y roja- con sendos crespones negros, en homenaje al marinero peruano que dejó su vida en la mar y de todos aquellos que reposan en el fondo, fundiéndose poco a poco con el océano al que amaron, respetaron, odiaron, en porcentajes que sólo ellos podrían afirmar.

La belleza letal de la mar rinde pleitesía a la belleza de los hombres y mujeres que dejan la seguridad de tierra firme y se adentran en el océano, buscando su futuro.