EL REINO DE LOS HIJOS PRÓDIGOS

Yuri en busca del DOM

Yuri en busca del DOM

Coliflor con Bechamel, Pollo al Horno con Pisto, Sopa de Pollo y Pasta Integral, Marmitako de Emperador.

Nos despedimos de Capraia con un pensamiento propio del viajero… “Que nos volvamos a ver”. No son aguas por las que el GdC haya navegado mucho, y probablemente siga siendo así en el futuro, pero no hay que perder nunca la esperanza de volver a encontrar la belleza.

Empezamos a cruzar el Mar de Liguria mientras la primavera se convertía en verano por el hechizo de la luna llena -“70 años han pasado. Y otros 70 tendrán que pasar”, suena la profecía de Anne Bonny (caboleeuwin.wordpress.com)-. Al día siguiente se reemprendió el trabajo de muestreo de ARGON: CTD a diferentes profundidades, ordeño de sus botellas en cubierta, y horas de trabajo de filtración y análisis. Y siempre, a la mínima oportunidad, la vista clavada en la mar y el cielo. Pero el mar de Liguria se nos mostró con la timidez del joven vergonzoso. Hoy, en cambio, tras dejarlo atrás y entrar en el Golfo de León, hemos descubierto que este es el reino de los Cetáceos.

Hemos avistado más de una docena de rorcuales, dos cachalotes, cientos de delfines listados, calderones… miraras hacia donde miraras veías chapoteos, resoplidos, saltos… Llevo 24 años navegando y jamás había visto tanta cantidad de ballenas en un día. No he comido hasta que he tenido que volver a la cocina para preparar la cena, y no he cenado hasta que la falta de luz impedía la observación. Todo ello ha ocurrido en torno a la bisectriz del Golfo de León,  más o menos en la latitud del Estrecho de Bonifacio. Ha sido un espectáculo disfrutado por todo el mundo en algún momento del día.

Yuri, un científico de Pisa, también ha pasado en cubierta todo el tiempo que ha podido. Él fue en el pasado voluntario en una organización interesada por los cetáceos, así que supongo que lo ha vivido de una manera muy especial.

En el laboratorio, Yuri trabaja desde 2010 en el estudio de la materia orgánica disuelta (DOM, en inglés), junto a un grupo de investigación de Pisa que lleva muestreando gran parte del Mediterráneo oriental desde 2004. Yuri filtra las muestras de agua provenientes de las botellas del CTD cerradas en una cota media  respecto a la profundidad de la zona. Utiliza filtros de nailon de 0,02 micras. La materia orgánica disuelta es una pieza más dentro del rompecabezas del ciclo del carbono, y está relacionada con la fotosíntesis del fitoplancton y la respiración de los organismos heterótrofos.

Al utilizar los filtros de 0,02 micras se consigue  una muestra de agua sin vida, pero con el material orgánico disuelto en ella. Yuri  me confirma que sí, que las excreciones de los cetáceos de la zona también son materia orgánica disuelta. Parte de esa materia  es utilizada por los organismos heterótrofos, que la fijan y la alejan de su permanencia en la atmósfera. El valor de la concentración de materia orgánica disuelta es de suma importancia a la hora de cerrar el ciclo del carbono.

De  noche, otra vez. Qué maravillas pasarán a nuestro lado mientras la noche continúa, ni siquiera el personal de guardia llega a saberlo. Pero eso no nos quita ni un ápice de ilusión por lo que nos deparará el mañana. Quizás sigamos viendo hijos pródigos  que regresaron al mar después de conquistar la tierra, y que vuelven a estas aguas desde el sur, siguiendo caminos invisibles que sólo ellos conocen.

Lo que es seguro es que seguimos navegando con rumbo SW, en dirección a Mallorca.

Entre bits y bips

El fondo marino al sur de Gran Canaria

El fondo marino al sur de Gran Canaria

Siguiendo el camino de la hormiga

Siguiendo el camino de la hormiga

Crema de Verduras, Burro a la Espalda con Papas y Mojo, Ensaladilla Rusa, Entrecotte con Rollitos de Primavera

El GdC pasa por la derrota que hicimos hace tres días como una hormiga siguiendo el rastro de feromonas que dejaron las que le preceden. En nuestro caso, las feromonas se concretan en bits de información que los cerebros electrónicos del barco y de los instrumentos acústicos con los que trabajamos procesan a velocidad vertiginosa. Dónde estuvimos, dónde estamos, qué diferencia hay entre ambas situaciones: las tres preguntas que cada segundo va respondiendo la tecnología. Al oficial de guardia se le presenta en pantalla la respuesta a la última de las tres. Es cuestión, entonces, de meter unos grados de timón para volver a posicionar el barco sobre la línea de puntos. Son siempre maniobras que exigen delicadeza, suavidad. Lo que no proporciona el sistema es la corrección del rumbo según la corriente y el abatimiento producido por el viento. Eso corre a cuenta de la profesionalidad del piloto. Bastante más difícil que pasar el psicotécnico para renovar el carnet de conducir.

Ochocientos metros por debajo del casco del GdC el fondo sigue alejándose de nosotros a medida que nos separamos de la costa de Gran Canaria. Es el talud, que conecta la plataforma continental con las llanuras abisales. La sonda multihaz y la paramétrica, ancladas al casco del barco, y la de barrido lateral, que sobrevuela el fondo a 80 metros de altitud sobre él, registran los ecos de las señales enviadas por ellas y que han rebotado en el fondo. Con la información proporcionada por las tres sondas se consigue dibujar un mapa que representa el fondo marino con la exactitud de un maquetista obsesivo, en el que, si se sabe interpretarlo, se pueden apreciar estructuras del fondo como rocas, acumulaciones de algas, playas de arena, etc. Y no sólo eso; también quedan representadas la características geológicas del subsuelo hasta veinte metros por debajo de la superficie del fondo.

El GdC va a cubrir un área de unos 32 km2, con sus tres ojos mirando hacia el fondo. El barco acabará realizando entre 15 y 20 pasadas paralelas hasta haber cubierto todo el fondo. Y ¿para qué se está recabando esta información? Nos cuentan que se trata de encontrar un emplazamiento adecuado para realizar las pruebas de un sistema de anclaje para plataformas. Nos han sub-sub-contratado.

No se puede decir que, científicamente, sea una campaña muy estimulante para los que nos gusta observar y preguntar. Personalmente, opto por dirigirme a la cubierta de proa. La mar no permite salir a tocar el saxo, y en el laboratorio tampoco es posible porque en todo momento hay técnicos controlando las sondas y bastante tienen los pobres como para soportar mis notas octavadas. Así que me dedico a observar cómo las pardelas cenicientas sobrevuelan las olas mientras los delfines comunes las surfean, justo por debajo de su superficie.

Después, cuando la falta de luz vuelve a los seres de la mar invisibles, aprovecho que sigue habiendo cobertura de internet para leer algo más sobre Anne y su exilio en Cabo Leeuwin (https://caboleeuwin.wordpress.com), atrapado como me tiene mientras remonto su historia desde 2009, cuando fue abandonada en su isla.

De camino hacia la cocina paso junto al chigre desde el que se manipula la sonda de barrido lateral, que emite un pitido cada medio segundo mientras está arrancado. Llevamos 48 horas con esa sonda por la popa… 2880 minutos… 172800 segundos… 345600 bips… 345601… 345602… 345603…

Nos vamos a quedar sin bips, y entonces qué.

Islas entre nubes

Morena al ajilloSpaghetti a la Putanesca de Anchoas y Salmón Marinado, Jureles a la Plancha, Sopa de Pescado, Marisco y Algas con Tamari y Wasabi, Cabezada de Cerdo con Patatas al Horno y Mojo Verde.
En el puerto, torres dignas de Eiffel, barcos de corazones muertos y otros que rugen con la soberbia de quien se supone inmortal, tinglados del CLAH –Centro Logístico de Ayuda Humanitaria- medio vacíos de ayuda humanitaria quién sabe si por falta de humanidad o por tanta solicitud de ayuda… y los Carnavales, admitidos –si no ideados- a regañadientes por la jerarquía católica por ver así se aceptaban mejor los cilicios, la abstinencia, la autoinculpación…
… Y en la mar, la inmensidad de un océano que accede a ser benevolente mientras esperamos en su superficie a poder recuperar los instrumentos fondeados hace tres meses.
Siempre que me lo permite mi trabajo en la cocina salgo a cubierta con mi cámara y mis prismáticos, incluso cuando voy a tocar un rato el saxo en la cubierta de proa, la atalaya desde la que realizo los avistamientos. Reconozco lo estrambótico de la imagen, con la funda del saxo en una mano, la de la cámara en la otra, y una lata de agua mineral con gas abultando en mi bolsillo como lo haría el de un cleptómano al salir de unos grandes almacenes, mi última adquisición en lo que a vicios respecta: si toco el saxo, mi lata de agua mineral con gas debe permanecer a mano… rarezas propias de los de mi edad.
Pero es que, como diría el mismísimo Jack Aubrey a bordo de la “Surprise”…” ¡no hay un minuto que perder!”. No hay que desperdiciar el tiempo en la mar. Hay mucha belleza a contemplar y muchas sorpresas de las que maravillarse, y muy pocas millas a navegar a través de un calendario que se transparenta al contraluz de tanta reforma estructural y tanto recorte del gasto público.
Así que toco de oído “Blackbird” como si quisiera hacerle una segunda voz a McCartney mientras contemplo la mar y el cielo y descubro apenas el embozo de todos los secretos que atesoran.
Junto al GdC pasan unos barquitos de pesca artesanal, no sé apreciar si van al palangre –aunque no recuerdo haber visto las boyas con que marcan los extremos del arte, desde las que lo halan al final de la jornada-, o al curry, arrastrando cerca de la superficie líneas con anzuelos enmascarados en señuelos que atraen al depredador.
A lo lejos, quizás a una milla de distancia, dos rorcuales –Balaenoptera physalus– salen a respirar con la cadencia que da la despreocupación y el dolce fare niente. Siempre es emocionante ver estos animales, aunque sea en la distancia, verdaderos reyes del océano sólo temerosos de que las orcas pudieran arrebatarles sus retoños. Ni siquiera el hombre, mientras las perseguía con botes a remo, significaba un riesgo para la especie. Pero el hombre construyó grandes veleros, Jerónimo de Ayanz patentó la primera máquina de vapor moderna, y Fulton la aplicó con definitivo éxito a un barco, y entonces la vida de los rorcuales y de todos los grandes cetáceos se convirtió en una pesadilla.
Ver a los alcatraces –Morus bassanus– zambullirse desde decenas de metros de altura, cayendo como proyectiles balísticos, pone los pelos de punta. Los adultos, de un blanco inmaculado salvo las puntas de las alas, que son negras, y la cabeza, coloreada con un tono crema claro, obtienen recompensa más frecuentemente que los ejemplares jóvenes, en los que según la edad, el negro y el blanco predominan más o menos. Volando tienen la majestuosidad de un cazabombardero, sobre todo cuando vuelan en formación, siguiéndose unos a los otros linealmente. Sus cuellos y su cabeza están almohadillados para soportar el impacto contra el agua, y sus ojos miran hacia adelante, como buen depredador. Sólo los peces con mucha suerte escapan al ímpetu de los alcatraces.
Lo peces afortunados no pueden tumbarse a la bartola si pretenden tener alguna oportunidad frente a los delfines comunes –Delphinus delphis¬- cuyas manadas patrullan las aguas de todo el archipiélago. Como la mayoría de delfines, tienen un morro en el que se dibuja la sonrisa de quien siente que la vida le sonríe. Quizás las sardinas, jureles y caballas tengan la tentación, mientras sestean después de huir de los alcatraces, de corresponder a la sonrisa de los delfines con la suya propia. Harán mal. Detrás de la sonrisa de los delfines se encuentran un montón de dientes dispuestos a amargarles la vida… y a arrebatársela. Nosotros, a bordo del GdC, vemos a los delfines desde la barrera que dan los tres metros que hay hasta el agua. Simple precaución.
Y los cielos, la luz y los huecos entre las nubes por los que se cuela formando caminos que llevan a puertas en la mar hacia quién sabe a qué mundos. Y allá donde el horizonte de empapa de mar más nubes de formas caprichosas, tras las cuales la mar sigue hasta bañar continentes, islas tan grandes como continentes, islas tan pequeñas que sólo la imaginación las encuentra, sólo habitables por quienes las escogen como su paraíso.
Alguien me ha dicho que en los paraísos también se puede pasar hambre. A sus habitantes los siento cercanos, quizás porque vemos los mismos mares. Por eso siempre tengo un plato preparado, listo para alimentar a las islas entre nubes y a sus habitantes. Hoy, morena al ajillo. Tiene un precio, y es que se me permita seguir creyendo que algún día veré una de esas islas.