ESPERANDO TIERRA ADENTRO

Imagínense que una mañana abren el periódico y leen que ha sido descubierta en Suiza una nueva cordillera con picos de más de tres mil metros de altitud…

Imagínense que una noche, en las noticias de la TV, se comentara que había sido descubierta una nueva especie de árbol, pero no en lo más recóndito de la selva impenetrable, sino en un parque urbano, y que tras anunciarlo en las revistas científicas empezara una lluvia de identificaciones de esa especie en la mayoría de los parques del mundo, y no sólo eso, sino que además se identificara la importancia vital de esa especie de árbol en la regulación del clima del planeta…

¿Qué locura, verdad?  ¡Qué increíble!

Pero hay un lugar en la Tierra donde aún están por descubrir nuevas montañas de más de tres mil metros de altitud…

…Un lugar donde se seguirán identificando nuevas especies, no sólo de aquellas de las que queda pocos especímenes, sino también de especies con poblaciones abundantes, o con muchos especímenes, pero desperdigados…

Ese lugar es el océano.

2.035 millones de kilómetros cúbicos de agua cubriendo 263 millones de kilómetros cuadrados de fondo oceánico, siete décimas partes de la superficie del planeta.

Un ejemplo de lo incipiente del conocimiento sobre el océano: hasta 1950, sólo dos personas (Beebe y Barton) habían descendido más allá de la reflejo de la luz, cerca de los mil metros de profundidad.

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Imagen: NOAA/Wikimedia Commons

Otro: ejemplares de calamar gigante, del género Architeuthis, han sido recogidos tradicionalmente como muestras de arribazón, o flotando en la superficie, o capturados en las redes. El Instituto Smithsoniano, durante 1999, en aguas de Nueva Zelanda, y Ángel Guerra, del CSIC, a 30 millas al NE de Gijón (2001-2003), entre otros, intentaron encontrar a esos esquivos cefalópodos, los invertebrados más grandes del planeta, y fotografiarlos vivos y en libertad. Pero no fue hasta 2004, cerca de las islas japonesas de Ogasawara, donde se fotografió por primera vez uno de ellos, enganchado a un anzuelo cebado para la ocasión. Y hasta 2012 no se consiguió filmar en video a un ejemplar vivo en libertad.

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Imagen: Dylanmonch Vigote/Wikimedia Commons

 

Cuando en 1950 la famosa naturalista Rachel Carson publicó su libro “The Sea Around Us”, los humanos apenas se habían adentrado en la profundidad oceánica. No se conocía la dorsal mesooceánica, ni se había mapeado la red global de corrientes superficiales y profundas. No se había cartografiado el fondo marino, que se entendía como la superficie más antigua e inalterable de la Tierra. Ahora se sabe que es justamente al contrario: en las dorsales mesooceánicas es donde nace continuamente nueva corteza terrestre.

Durante miles de años la Humanidad no alteró apenas al océano. Pero en pocas generaciones todo ha cambiado. Actualmente la zona anóxica -carente de oxígeno- del Golfo de México, alimentada por el agua contaminada que vierte el Mississippi, cubre una superficie de 20.000 kilómetros cuadrados, más o menos como el País Vasco, Navarra y La Rioja juntos. El estómago de un rorcual adulto muerto albergaba más de 16 kilogramos de plásticos, lo que le produjo una oclusión que acabó con él. Se ha constatado -y yo soy testigo- que en ciertas partes del Mediterráneo se puede navegar durante muchas millas observando plásticos cada pocos metros. Sí, la salud del océano no es la de hace unas cuantas generaciones.

Es fácil ser un astrónomo aficionado: las estrellas son observables desde la superficie terrestre -si conseguimos vencer la contaminación lumínica-. Pero las profundidades marinas siempre están ocultas. A 150 metros de profundidad sólo llega un 1% de la luz que llega a la superficie; a 900 metros de profundidad la oscuridad es absoluta -salvo por la bioluminiscencia-. Con aire comprimido, un buceador sólo puede llegar a una profundidad de 90 metros.

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Imagen: Juegosmusicalesenelaula.blogspot.com

Las propiedades físico-químicas de la molécula del agua le permiten conservar el estado líquido y formar el océano. Las corrientes oceánicas son las principales distribuidoras del calor absorbido por el planeta. Si no fuera por la corriente del Golfo, por ejemplo, que baña las aguas de las Islas Británicas, éstas serían una tierra helada buena parte del año.

 

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Imagen: D. Reed, San Jose State Geology

Pero esas mismas propiedades son las que hacen que el océano sea opaco. La Humanidad sólo puede ver el 30% de la superficie del planeta; el 70% restante está sumergido.

Hasta el 1 de Febrero, fecha en la que la tripulación del GdC volverá a embarcar -veremos  para cuánta navegación-, falta mucho. Para matar el gusanillo, releo el libro “La Exploración Del Mar”, de Robert Kunzig (Ed. Laetoli, 2007). Robert Kunzig es un periodista especializado en la divulgación oceanográfica. Dirige la revista Discover y colabora habitualmente con National Geographic.

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Imagen: Ed. Laetoli

En fin, he pensado que quizás podría interesarles que les resumiera el libro, resaltando los conceptos más relevantes. Iré subiendo post cada pocos días.

¿Les apetece?

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Un comentario sobre “ESPERANDO TIERRA ADENTRO

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