DE MÍNIMOS ESFUERZOS, NADA

A un panal del CTD cien mil científicos acudieron...

Trabajo que manda la Ciencia: agacharse y volverse a agachar

Alubias a la Riojana, Fritura de Pescado con Pimientos de Padrón, Sopa de Pescado, Marisco y Algas, Pavo Asado con Patata al Horno y All i Oli

Nunca he podido evitar pensar, al salir del aeropuerto de una gran ciudad, cuánto tiempo puede pasar un taxi en esas larguísimas colas que parecen propias de un éxodo bíblico. Sí, ya sé que a un aeropuerto internacional llegan cada instante cientos de personas que, de una tacada, movilizan otro número parecido de taxis. Pero… ¡es que son tantos taxis los que esperan! ¡Si hasta hay veces que se montan una timba de naipes, para entretenerse! En definitiva, lo que me pregunto de esos convoyes, de esas columnas de cuatro en fondo, es el balance financiero entre pasarse un buen rato ahí, empujando de vez en cuando, con el hombro, el coche desembragado,  y la suculenta carrera que, presumo, consiguen a cambio.

Pues con las aves marinas pasa lo mismo. Hoy han acompañado al barco, mientras se calaban los tres CTD, un grupo de pardelas cenicientas –Calonectris diomedea-, flotando a una distancia prudencial del barco, suficientemente lejos para asegurar que nada podíamos hacerles, pero suficientemente cerca para agarrar rápidamente cualquier cosa que tirásemos a la mar y tuviera un aspecto comestible -las pardelas son mucho más miradas que las gaviotas, respecto a eso-. De acuerdo, las pardelas –y muchas de las aves marinas- son tahúres del mar: juegan con la posibilidad de que, desde el barco, tiren lo que para ellas es una comida que se hunde mansamente, facilísima de capturar. Pero después de llevar una hora flotando inertes junto al barco, hubieran podido darse cuenta de que hoy no era su día de suerte, y decidir ponerse a la busca de alimento verdadero, peces que otean desde la altura y que capturan zambulléndose desde una aproximación oblicua al objetivo.

Sin embargo, ellas continúan ahí, absortas, viendo pasar el tiempo con una indolencia zen y un gasto energético prácticamente nulo, el basal, necesario para que la maquinaria siga funcionando al ralentí. ¿No les sería de más provecho alzar al vuelo y dedicarse a buscar su sustento, jugando con el viento aparente y las crestas de las olas?

De pronto, recuerdo las palabras de Paloma: “este es un mar oligotrófico, es un mar muy pobre”. La belleza de estas aguas, de un azul clarificado por rayos del sol que penetran a mucha profundidad sin ser frenados por las sopas planctónicas que se encuentran en otras zonas, es a la vez la señal de esa pobreza. Al final debo reconocerlo: las aves marinas son sabias, seguidoras aventajadas de la Ley del Mínimo Esfuerzo.

En Ciencia, quien sigue religiosamente esa ley está abocado, por lo general, antes o después, al anonimato y al ostracismo. Siempre ha sido así, más aún lo es ahora, con esta moda impuesta de que “ser esclavo es cool” y de que “disfrutar la precariedad te mantiene vivo”, y me temo que esta moda ha llegado para quedarse mucho tiempo. Así que ¡hala!, a seguir ordeñando el CTD sin descanso y sin desfallecer, que aún quedará el trabajo de laboratorio.

Me temo que nunca nos dejarán ser pardelas. Taxistas, sí (si puedes pagar la licencia)

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