QUIZÁS MAÑANA

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Un momento de relax en medio de la locura

¿Quién lo diría, verdad? Viendo al capitán, al jefe de Máquinas y al primer maquinista así, con poses distendidas, semblantes sonrientes, como si estuvieran dejando pasar el tiempo entre relojes que cuentan presiones,  volúmenes, tensiones…

No parece que vivan bajo ninguna tensión, que estén al límite de sus capacidades, que la coyuntura les presione.

Parecen,  más bien,  jubilados anticipados, rentistas con el riñón cubierto,  ociosos por vocación.

Pero es sólo una ilusión. Instantes antes ellos y varios mecánicos de los talleres del puerto se arremolinaban en torno a cierta pieza de la máquina principal -como si estuvieran en plena lección de anatomía-, no sé si una tramasonda, un implector, un firulillo o un cextrigador -maldito cextrigador-, intentando una y otra vez que la sirena que salta cuando se arranca el motor -idéntica a la que suena cuando el carrusel de caballitos de cartón comienza a girar-, lo haga también cuando se apaga.

Así que llevamos horas oyendo cada cinco minutos arrancar el carrusel, con la esperanza que,  esta vez sí, suene de nuevo al cabo de unos segundos. Pero no hay manera.

Así pasamos el día, en una feria con una sóla atracción que encima no nos gusta, porque nosotros, lo que querríamos, es montar en las barquitas que cruzan mares imaginados y llegan a islas mágicas sobre cielos con estrellas que se pueden tocar con la mano.

A lo mejor mañana.

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