¡Salve, Catania!

Ensalada con Salpicón de Pescado y Marisco, Croquetas de Rabo de Toro con Gírgolas, Gazpacho, Bistec de Ternera con Patatas Bravas y Espárragos Trigueros.

Son las seis de la mañana del lunes. Aún en el camarote, siento el ronroneo de la Máquina, moderada para llegar a Catania a una hora decente, supongo que dentro de un par de horas.

Tres días y medio hemos tardado en atravesar el Mediterráneo occidental, navegando siempre con el sol amaneciendo ante nuestra proa. En otras circunstancias quizás hubiéramos podido tardar alguna hora menos, pero viendo el aire infernal que sale de la Máquina por la puerta de acceso desde cubierta, que se obstina en entrar a bordo y empeorar las condiciones ambientales ya de por si extremas de la cocina, y la cara del maquinista de turno, a punto de sufrir un golpe de calor, es posible que no se haya podido sacar un caballo más, so pena de que se fundieran los metales y nos disolviéramos ellos y nosotros como una barra de mantequilla dejada al sol.

Estoy convencido de que durante estos tres días la Tierra, harta ya de tanto desplante y tanta humillación por parte de este tumor en el que se ha convertido una parte importante de la especie humana, ha decidido inmolarse, abandonando la órbita y emprendiendo un viaje de no retorno hacia el sol. No encuentro otra explicación para semejante aumento del calor y de la humedad, y me pregunto qué estará pasando en las zonas ecuatoriales.

La temperatura de la mar en superficie es de 28ºC. Lo sé porque los maquinistas la controlan para saber qué margen de refrigeración pueden esperar del circuito alimentado con agua de mar. Poco puede refrigerar una mar que transfiere tanto calor al agua dulce de los tanques del barco que ésta sale por el grifo a una temperatura nociva para el lavado de verduras y pescado. La mar está tan caliente que he visto a los calamares saltar del agua y volar tramos de más de diez metros. En veintitrés años de navegación es la primera vez que lo veo. Reconozco que no es un dato científico. Quizás uds. hayan visto volar a los calamares cada vez que han cogido un ferry para llegar al apartamento alquilado para las vacaciones. A lo mejor los han visto en los reportajes de La 2, amodorrados en el sofá, e incluso es posible que aún recuerden el ojo amoratado que les dejó un calamar que voló atolondrado sin fijarse en lo que tenía delante de sus aletas.

En veintitrés años de navegación he visto saltar de todo en la mar. He visto surgir de la mar y recorrer diferentes distancias, en función de sus posibilidades, a sardinas u otra especie cupleiforme, a peces voladores, a peces espada, a atunes, a delfines de varias especies, a ballenas… pero a calamares, no. A calamares, es la primera vez que los veo saltar en veintitrés años de navegación. Los he visto saltar para evitar ser comidos, para intentar comerse a alguien, para quitarse los parásitos o, simplemente, para pasar el rato. Pero saltar para refrescarse con el viento aparente producido por el vuelo, no. Saltar para refrescarse, es la primera vez que lo veo en veintitrés años de navegación. Y, la verdad, no dudo que estos calamares que he visto volar lo hacen para refrescarse, espantados de la cara de calamares a la malagueña que se les estaba poniendo, así sin más, sin rebocina ni nada.

El avistamiento de dicho fenómeno se ha producido mientras navegábamos entre Sicilia y el archipiélago de las Eolias, un grupo de diecisiete islas volcánicas que parecen haber sufrido la última erupción ayer por la tarde. Al parecer, los habitantes de dichas islas han vivido tradicionalmente de producir uva, higos, aceitunas –tres especies asociadas a la cultura mediterránea desde hace milenios- y piedra pómez. Bueno, eso era antes. Es imposible que a los eolios les quede tiempo de faenar en los campos de labranza después de atender a los turistas, a tenor del ajetreo de fast ferry e hidrofoils cruzando el brazo de mar que les separa de Sicilia.

Hoy tengo que tratar con el provisionista de Catania para completar las reservas de verduras y frutas de a bordo de cara a una posible vuelta a Barcelona, donde tenemos previsto llegar el día veinte, sin volver a tocar puerto. Mis esperanzas de visitar la ciudad a golpe de pedal se desvanecen en una balsa de malos augurios alimentada por la experiencia en estas lides.

¡Que los dioses de la mar y el Comercio me cojan confesado!

¡Salve, Catania!

Y LA NAVE VA

Macarrones con atún, Faneca Frita, Ensalada de Surimi y Gambitas con Vinagreta de Tamari, Redondo de Ternera en Salsa.

Durante dos semanas el GdC ha estado, aparentemente, viendo pasar el tiempo.

No recuerdo el título ni su autor, pero hace muchos años leí un cómic que relataba cómo vivían los expedicionarios de dos culturas alienígenas un contacto en la cuarta fase con la otra. Ambas compartían tres dimensiones, pero la cuarta, el tiempo, era diferente, de manera que mientras unos interpretaban que los extraños con los que se habían encontrado estaban sufriendo un proceso de catalepsia irreversible ya que no se movían ni parecían reaccionar a los estímulos con los que intentaban sacarlos del pasmo, los otros observaban incrédulos cómo de pronto aparecían de la nada artilugios desconocidos –el instrumental científico de la otra expedición-, y desaparecía instantáneamente uno de sus compañeros –que la otra expedición había trasladado en camilla a su nave, para hacerle pruebas biomédicas-.

Así me imagino la última estancia del GdC en su atraque habitual en el muelle de Maremágnum, en Barcelona. La vida a su alrededor se movía vertiginosa, tanto que apenas era capaz de seguir su latido desde la cubierta del barco. Quizás por ello sufría ansiedad y vértigo cuando salía del barco y me integraba en el torbellino que coloniza –no sé si simbióticamente o parasitariamente- la ciudad de Barcelona, y no volvía a sentirme a salvo hasta estar de nuevo entre de los mamparos metálicos del barco. A la gente que paseaba por el muelle debía parecerle, por el contrario, que el GdC era un barco muerto -como los que conocí en el pantalán de Cory, en Las Palmas- o que estaba en coma profundo, al menos.

Pero no era así. Cada día, incansablemente, los marineros seguían con su trabajo de cosmética reparadora, los maquinistas cumplían con los protocolos de medicina interna, los oficiales del puente mantenían la administración del barco en buena forma, y cuando todo este personal se sentaba en el comedor para reponer fuerzas, el personal de Fonda ya tenía listo el menú del día y la mesas puestas. Todo ello realizado a una velocidad humanitaria, no con la que se vive más allá de las amarras del barco, que hubiera agotado nuestras energías en apenas un instante.

Y así, cuando al fin recibimos la indicación de hacernos a la mar, la tripulación apenas necesitó un momento para vaciar sus papeleras en el contenedor del muelle. Al momento siguiente, el barco ya estaba entre puntas, saliendo por la bocana nueva, con rumbo a Catania, en Sicilia. La misión para los próximos días: realizar labores de chase boat, barco encargado de controlar que ninguno otro cruce la popa del B.O. “Sarmiento de Gamboa” –el hermano joven del GdC, que cayó en una marmita de poción mágica (el asunto del Prestige) cuando no era más que un proyecto-, barco que está trabajando para el proyecto HADES, de los doctores César Manero y Xavier García, cuyo cometido era, originariamente, estudiar los riesgos sísmicos derivados de la actividad de subducción en la placa tectónica del Egeo, pero que debido a la imposibilidad de conseguir los permisos necesarios para trabajar en la zona escogida para el estudio, dicha investigación se ha trasladado, según tengo entendido, a aguas del mar Tirreno, que está encerrado entre la costa continental italiana, la oriental de Cerdeña y la septentrional de Sicilia.

Se me acumulan en mi cabecita inquisitiva multitud de preguntas sobre el proyecto HADES y sobre su campaña con el SdG y el GdC. La cuestión es que, para realizar su trabajo chase boat, el GdC no necesita embarcar personal científico: para hacer de bobbies nos bastamos solitos. Sin embargo, para que estás páginas no pierdan su carácter de crónica, también sobre la cuestión científica, era todo lo posible por contactar con el personal embarcado en el SdG -¿quizás tomando unas cervezas en Catania, antes de ponernos a la faena?- para que, si lo tiene a bien, me ilustre sobre las particularidades de la campaña.

Durante dos semanas el GdC ha estado, aparentemente, viendo pasar el tiempo. Y el tiempo se aburría, seguramente, viéndonos desde la Torre del Reloj del muelle de los pescadores, frente al GdC, como parece mostrar la foto tomada por Anna Bozzano, del proyecto “El Peix al Plat”.

Ahora, al tiempo, no le queda otra que seguir estas páginas, si quiere saber en qué anda ese barco rojo que parecía dormido.