Giro argumental

Arroz Mozárabe, Lenguado a la Plancha con Guacamole y Nachos, Sopa de Cocido, San Jacobo con ensalada.

Dice un amigo de la UTM, embarcado en el SdG para controlar varias de las sondas que se están utilizando en CHANTI, que “goog seismic, boring seismic”. Los técnicos de la UTM se pueden pasar horas delante de las pantallas controlando que las sondas trabajen según se les solicita, que den datos buenos, sin “ruido” electrónico. Para ellos la mejor guardia es en la que no se presentan incidencias, en las que no se funde ningún circuito, en la que no se pierde la conexión a través del cable del que cuelga instrumental y por el que se transporta, a la vez, la señal electrónica con los datos recogidos por este. De alguna manera, es lo mismo que ocurre con la guardia del personal del Puente o de la Máquina. Quizás no sea cuando hacen gala de su preparación y profesionalidad, pero que les den guardias aburridas y no averías en el peor momento; que les den guardias monótonas y no estaciones nocturnas oceanográficas en medio del dispositivo de tráfico del Estrecho de Gibraltar…

A mí me pasa lo mismo: me encanta ver la mar agitada, el viento ululando entre las antenas del barco, la proa rompiendo la ola en rociones que llegan hasta la magistral, detrás de la cual me parapeto yo, cámara en ristre, intentando plasmar el momento y la emoción para trasladarla a estas páginas y emocionar así a quien las pueda leer, ya que no tiene la suerte de vivir lo que vivo yo. Todo el mundo busca que le cuenten cosas para, de alguna manera, vivirlas también utilizando la imaginación como palanca. Pero a la hora de cocinar, que me den mar en calma, con la ollas sin agarrar con cabitos a las balanceras; que me den invierno en el que en la cocina se está calentito y no a punto de sufrir un golpe de calor como ahora; que me den productos frescos y de calidad y no manzanas medio podridas debajo de la primera capa de manzanas sanas…

Y así, si todo va bien y el trabajo sale de manera satisfactoria hacia el comedor, y el trancazo -que me he cogido a base de cambios térmicos extremos bajo una ropa empapada como sólo los trópicos o el ejercicio aeróbico intenso deberían provocar- mejora suficientemente, uno está en buena disposición, receptivo, para ser testigo de lo que pasa a su alrededor, que es buena parte de lo que hace que ame este trabajo.

He visto, por ejemplo, a Álex utilizar un italiano bastante digno para comunicarse con un pesquerito que estaba largando su red justo en la trayectoria del SdG con su streamer por la popa. Como me he quedado sorprendido por su italiano dicharachero le he preguntado, y me ha respondido que sí, que algo de italiano había estado estudiando al saber que íbamos a navegar por estas aguas. Profesionalidad hecha verbo.

A Pepe le piqué un pelín al decirle “¡Pepe, que el mercado del pescado de Catania está lleno de atunes! ¡A ver si se nota ese arte!” En el fondo, a mi no me gusta que llevemos un curry por la popa mientras no hay actividad científica en cubierta, pero entiendo que a pescadores de toda la vida les haga ilusión cobrar una pieza de vez en cuando, y comer un buen marmitako, o tacos de atún escabechado –el sashimi y el sushi sólo lo apreciamos los “orientalistas” de a bordo-. En eso sí que coincido con ellos, en lo agradable que es comer algo que ha pescado uno… lo cual deja a la vista de mí cierto nivel de hipocresía que soy incapaz de erradicar. Pepe ya avisó que yendo a popa del SdG pocas probabilidades había de pescar, después de haber pasado el streamer y toda la parafernalia electrónica que, está seguro, espanta a los peces. Pero estando a proa del SdG, la cosa cambia: ¡menudo atún pilló ayer! A los diez minutos de pisar la cubierta sus lomos estaban embolsados, dentro de la cámara de congelación. Un drama para el atún; una promesa para la tripulación.

Otro drama, el de las libélulas. Debemos estar atravesando corredores migratorios de varias especies. Durante la tarde de ayer, mientras navegábamos sin costas a la vista, llegó un enjambre de libélulas buscando, como ya hemos visto en otras ocasiones, la jarcia del barco para posarse como gemas de un collar. Pero no llegaron solas; por lo visto, los mismos corredores que utilizan las libélulas los usan también sus depredadores: durante varios minutos un sílvido –quizás un carricero- estuvo poniéndose las botas con solomillo de libélula, y más arriba, volando sin cesar, un vencejo las abatía como una guadaña a través de un campo de trigo.

Quizás las libélulas no tenían previsto el aterrizaje de emergencia en el GdC; tal vez lo único que ocurrió es que se dieron cuenta del chubasco de viento y lluvia que se estaba gestando mucho antes que nosotros. Justo cuando estaba a punto de dar el primer turno de cena, no recuerdo quién me dijo “Félix, tienes que ver esto”. Cuando alguien me interpela así corro a por la cámara y mientras recorro el pasillo hacia la salida a cubierta la voy configurando según lo que preveo me voy a encontrar. Sobre nosotros se estaba formando un chubasco formidable. Ya antes, mientras contemplaba las libélulas, me fijé en el cumulonimbo que se estaba formando a nuestra popa, que crecía y crecía como una coliflor cruzada genéticamente con las judías mágicas. Pero ahora el chubasco estaba plenamente formado: el viento comenzó a soplar de repente como si un lobo pensara que había cerditos a bordo; las nubes corrían de un lado para otro, en aparente desorden, como si fuera a abrirse el cielo de un momento a otro y fuera a caer sobre nosotros la maldición de un dios humillado o la ira de unos alienígenas psicóticos; las olas crecieron en minutos hasta obligar a cerrar los portillos, mientras el barco escoraba perceptiblemente vencido por la fuerza del viento, y goterones como lágrimas de cocodrilo baldeaban las cubiertas y a quien se quedó a ver el espectáculo –como un servidor, claro-. El SdG casi desapareció de nuestra vista.

Hay días aburridos; otros, en cambio, son muy entretenidos: giros argumentales que te hacen esperar el próximo capítulo mientras maldices lo retorcido que son los guionistas.

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El guardaespaldas

Tortellini di Formaggio al Pesto, Chuletitas de Ternasco con Patatas, Gazpacho, Pulpo a Feira.

Descargo las fotos almacenadas en la tarjeta de memoria durante los últimos dos días, descarto las que no merecen ser guardadas, paso de formato RAW a JPEG las que preselecciono como candidatas para ilustrar estas crónicas…

Apenas he tardado unos minutos. Durante las cuatro horas de observación acumuladas en dos días de navegación no he conseguido más que cinco fotos. Dos días con el SdG por la proa, a unas cuatro millas de nosotros. Dos días siguiéndole, a una distancia de seguridad de la boya en el extremo del streamer de cinco km de longitud, y todo lo que he conseguido es alguna foto del SdC en la que se ve, confundida con el oleaje, la boya de final del streamer, y un par de fotos del ocaso.

Durante las cuatro horas de observación no he visto más que un par de pardelas cenicientas… y nada más: ni cetáceos, ni peces, ni otras aves, ni barcos… Pregunto en el puente si ellos han visto algo digno de ser consignado, ser vivos, naturaleza muerta… nada. Pregunto si hemos tenido que maniobrar para interceptar a algún barco que fuera a cruzar la línea imaginaria que une al SdG y al GdC… nada; que si hemos tenido que mandar el mensaje preparado en el que se avisa a cualquier barco que no debe cruzar esa línea imaginaria bajo la cual, entere diez y quince metros de profundidad, se encuentra el streamer con los hidrófonos y los cañones de aire… nada.

Pero nosotros seguimos ahí, aproximadamente a cuatro millas del SdG, como un perro pastor detrás del rebaño. Acostumbrados como estamos a cotillear por el laboratorio, echando un vistazo de cuando en cuando a las pantallas donde se reflejan las señales que los hidrófonos captan del subsuelo marino cuando impacta en él la onda de choque producida por los cañones de aire.

En el paroxismo de la inquisición por recabar datos, intento sustituir las conversaciones de café que se dan con cotidianidad a bordo del GdC con los técnicos y científicos, de donde saco la información que después intento plasmar aquí, con correos electrónicos dirigidos a esos mismos técnicos, a ver si me aclaran varias dudas que tengo sobre el funcionamiento de la tecnología usada en este proyecto.

Algunas cosas que sí sé sobre esta campaña:

Uno:

La campaña ha pasado de realizarse en aguas del Mar Egeo, como parte del proyecto HADES, a realizarse en aguas del Mar Jónico, dentro del proyecto CHANTI (Calabrian Arc Hazards in Ionian and Thyrrenian Seas). Este cambio fue provocado por las dificultades en conseguir los permisos pertinentes para trabajar en unas aguas cuya territorialidad provoca, además, un conflicto permanente entre el Estado griego y el turco. Hay que reconocer que la habilidad para reconfigurar la campaña y aprovechar las sinergias, la coyuntura y los medios movilizados es digno de alabanza… tanto como la imaginación del que ideó el acrónimo: no hay nada como una buena copa de vino para sobreponerse a los riegos y peligros que acechan bajo las aguas de estos mares milenarios.

Dos:

El proyecto CHANTI, del cual esta es su segunda campaña, se enmarca dentro proyecto ZIP, liderado por 14 universidades y centros de investigación pertenecientes a diez países de la UE, incluida España, que trata de descifrar la naturaleza de la relación entre placas implicadas en fenómenos de subducción. El proyecto HADES también pertenece al ámbito de dicho proyecto ZIP.

Tres:

El objetivo de la segunda campaña de CHANTI es realizar varios transectos recopilando datos de la sísmica de multicanal de gran penetración –estos son los cañones de aire y los hidrófonos del streamer cuya integridad vigilamos día y noche-, junto con los del perfilador de sedimentos, los de la batimetría multihaz y los de las muestras de sedimento recogidas mediante cores de gravedad. Además, se han fondeado doce OBMT –Ocean Bottom Magnetotelluric- que registran las anomalías que se puedan dar en el subsuelo, tales como presencias de fluidos, etc. Como se puede ver, no falta de nada, o sea, que se va con todo.

Cuatro:

CHANTI pretende, en definitiva, investigar la relación entre la tectónica, el magmatismo y la dinámica de sedimentos, y su influencia en los geo-riesgos –grandes terremotos, deslizamientos de laderas de volcanes submarinos, erupciones volcánicas y tsunamis, etc.- en el área tectónicamente activa del Sistema del Arco Calabriano.

Como es fácilmente apreciable, es un proyecto de gran envergadura, cuyos resultados pueden ser de gran importancia para un gran abanico de intereses.

Y el GdC y su tripulación tienen el honor de formar parte de él aunque sólo sea protegiendo, hasta con nuestro casco si fuera necesario, la integridad del streamer. (Aquí iría muy bien la musiquilla de la película “El guardaespaldas”, pero no pago suficiente a mi servidor como para introducir bandas sonoras en las entradas del blog). Estamos muy agradecidos: el aburrimiento en Barcelona estaba tomando dimensiones descomunales.

Noticia de alcance:

Justo mientras cerraba esta crónica, se ha producido un hecho de importancia relevante: Hasta ahora el GdC navegaba a popa del SdG; ahora lo hacemos a proa… Continuaré informando.

¡No sabes nada, cocinillas!

Crema de Calabacín y Mascarpone, Pechuga de Pollo a la Plancha con Ensalada de Endibias y Cabrales, Menestra de Verduras, Tempura de Jurel y Gambitas, con Tomate Siciliano

Si algo he aprendido en estos veintitrés años navegando es que no hay que hacer planes nunca, nunca, nunca, a menos que uno esté dispuesto a contemplar, impertérrito, cómo esos planes se desvanecen como lo hacía el Sr. Spok, acuclillado sobre la plataforma del teletransportador del Enterprise.

También he aprendido –de hecho, he aprendido muchas cosas gracias a mi embarque en el GdC, a mi pesada tendencia a preguntar y a escribirlo en estas crónicas- que nunca, jamás, hay que dar las cosas por
sobreentendidas, por más que literariamente se le pueda sacar provecho a dicha táctica. Por ejemplo, de lo anterior se podría pensar que la insoportable levedad de los planes es una cosa intrínsecamente negativa y, sin embargo, nada más lejos de la realidad, o sea, que los planes no lleguen a término a veces será malo, y otras, bueno.

Llegamos ayer a Catania convencidos de que sería una estancia de horas. En principio, el B.O. “Sarmiento de Gamboa”, al que vamos a apoyar durante diez, tenía previsto hacerse a la mar a las seis de la tarde. Por lo tanto, nosotros no podíamos tardar mucho más en zarpar para ponernos a proa de su rumbo, como si fuéramos ese guardaespaldas que precede al cliente –sí, una paradoja- quitándole de encima a la prensa, a los admiradores o a los ultrajados de puño veloz.

Pero algo se debió romper en las entrañas del SdG que no le permitió zarpar según el plan, así que la tripulación del GdC ha tenido a su disposición casi treinta horas para descubrir lo que cada uno haya tenido a bien indagar. En mi caso:

Uno:

Por primera vez entre todas las ocasiones que he tenido que gestionar provisiones en el extranjero, a través de un consignatario, el provisionista se ha presentado a bordo a la hora convenida, con la provisión lista para entregar, y sin diferencias dignas de destacar sobre lo que se le había pedido salvo, quizás, el tamaño descomunal de las sandías –parecen obuses de los cañones de Navarone-, de las que comeremos hasta llegar a Barcelona, comerán nuestros compañeros que nos releven durante el mes de Septiembre, y que podremos añadir a nuestro testamento como legado a las futuras generaciones. Por todo ello, no sé si debería poner un cirio de agradecimiento a los dioses a los que me encomendé el otro día… ¡uf, no, qué pereza! Los descreídos somos así de desagradecidos.

Dos:

En Catania, las carreteras que no llevan a ninguna parte sí que llevan a alguna parte: a una jauría de perros enormes, apestados de garrapatas y, visto lo visto, de muy malas pulgas. Cuando los ciclistas debemos bajarnos de la bici y utilizarla de parapeto mientras hacemos por ladrar más alto en un intento de demostrar que somos machos alfa –aunque nuestra vestimenta de polichinela con pañales sobrecargados debajo del culote parezca decir lo contrario-, es que nos hemos equivocado de camino.

Tres:

El mercado de la Pescheria de Catania es el eslabón perdido entre el mercado de pescado de Bizerta, en el que toneladas de tilapias y otros pescados se amontonan en el suelo formando un cono inestable como si fuera de carbón vegetal, y de los cuales imploras que el vendedor escoja los que se hallan en el ápice del cono –a pesar de las moscas- y, pongamos por caso, el de la Boquería de Barcelona, donde cuesta creer que el cometido de las pescateras sea el de vender el pescado, y no crear bodegones atractivos para los turistas y sus smartphones. En el mercado de la Pescheria, a las ocho de la mañana, los pescateros –no vi ni una sola mujer vendiendo pescado, ni sentada en los cafés de los contornos- destripan y descabezan atunes, peces espadas y chernas a docenas, que venden a precios muy parecidos a los de la España septentrional. Aunque hay puestos adecentados, abunda más el pescado en cubos de plástico y cajas desvencijadas. Una sorpresa: en estas aguas hay viejas, un pescado que sólo había visto –y comido- en las Canarias… claro que las rocas del litoral de Catania son tan negras y volcánicas como las Canarias.

Cuatro:

Por lo visto, las mafias sicilianas siguen controlando a su antojo los servicios de limpieza urbana y recogida de residuos. Salvo en el centro más turístico –y sólo de manera somera-, da la sensación de que hace años que no se pasa una escoba por las calles de Catania, ni se repara el adoquinado de apariencia basáltica que aún persiste en buena parte del callejero y que hace de la circulación en bicicleta una actividad suicida, junto con los raíles de tranvía, los socavones de los registros y demás obstáculos más o menos ocultos. Ya fuera de la ciudad, en las cunetas de las carreteras que salen de Catania se acumula la porquería como si al conductor del camión de la basura le hubiera dado un brote psicótico y hubiera accionado el vaciado del volquete en su recorrido hacia los vertederos –que deben estar, seguro, vacíos-. Por eso, hallar en medio de semejante paisaje un cementerio donde se hallan los restos de dos mil soldados británicos muertos en tierras sicilianas durante la II Guerra Mundial, en un prado recién segado, fue como hallar un oasis en medio del Teneré, y el paso regular de los aviones con sus ruedas ya a la vista ante el inminente aterrizaje, no desmereció la paz de la que disfruté durante unos momentos, antes de emprender mi primera batalla contra los canes endemoniados.

Hemos zarpado después de comer, siguiendo la estela del SdG. Si todo va bien mañana comenzaremos con nuestra labor de policía, navegando por aguas jónicas, frente a Calabria y la costa oriental siciliana. Cuando acabemos, navegaremos directamente hacia Barcelona, sin tocar más puertos.

¡Me han quedado tantas cosas que descubrir de Catania, bella decadente!

¡No sabes nada, cocinillas!

¡Salve, Catania!

Ensalada con Salpicón de Pescado y Marisco, Croquetas de Rabo de Toro con Gírgolas, Gazpacho, Bistec de Ternera con Patatas Bravas y Espárragos Trigueros.

Son las seis de la mañana del lunes. Aún en el camarote, siento el ronroneo de la Máquina, moderada para llegar a Catania a una hora decente, supongo que dentro de un par de horas.

Tres días y medio hemos tardado en atravesar el Mediterráneo occidental, navegando siempre con el sol amaneciendo ante nuestra proa. En otras circunstancias quizás hubiéramos podido tardar alguna hora menos, pero viendo el aire infernal que sale de la Máquina por la puerta de acceso desde cubierta, que se obstina en entrar a bordo y empeorar las condiciones ambientales ya de por si extremas de la cocina, y la cara del maquinista de turno, a punto de sufrir un golpe de calor, es posible que no se haya podido sacar un caballo más, so pena de que se fundieran los metales y nos disolviéramos ellos y nosotros como una barra de mantequilla dejada al sol.

Estoy convencido de que durante estos tres días la Tierra, harta ya de tanto desplante y tanta humillación por parte de este tumor en el que se ha convertido una parte importante de la especie humana, ha decidido inmolarse, abandonando la órbita y emprendiendo un viaje de no retorno hacia el sol. No encuentro otra explicación para semejante aumento del calor y de la humedad, y me pregunto qué estará pasando en las zonas ecuatoriales.

La temperatura de la mar en superficie es de 28ºC. Lo sé porque los maquinistas la controlan para saber qué margen de refrigeración pueden esperar del circuito alimentado con agua de mar. Poco puede refrigerar una mar que transfiere tanto calor al agua dulce de los tanques del barco que ésta sale por el grifo a una temperatura nociva para el lavado de verduras y pescado. La mar está tan caliente que he visto a los calamares saltar del agua y volar tramos de más de diez metros. En veintitrés años de navegación es la primera vez que lo veo. Reconozco que no es un dato científico. Quizás uds. hayan visto volar a los calamares cada vez que han cogido un ferry para llegar al apartamento alquilado para las vacaciones. A lo mejor los han visto en los reportajes de La 2, amodorrados en el sofá, e incluso es posible que aún recuerden el ojo amoratado que les dejó un calamar que voló atolondrado sin fijarse en lo que tenía delante de sus aletas.

En veintitrés años de navegación he visto saltar de todo en la mar. He visto surgir de la mar y recorrer diferentes distancias, en función de sus posibilidades, a sardinas u otra especie cupleiforme, a peces voladores, a peces espada, a atunes, a delfines de varias especies, a ballenas… pero a calamares, no. A calamares, es la primera vez que los veo saltar en veintitrés años de navegación. Los he visto saltar para evitar ser comidos, para intentar comerse a alguien, para quitarse los parásitos o, simplemente, para pasar el rato. Pero saltar para refrescarse con el viento aparente producido por el vuelo, no. Saltar para refrescarse, es la primera vez que lo veo en veintitrés años de navegación. Y, la verdad, no dudo que estos calamares que he visto volar lo hacen para refrescarse, espantados de la cara de calamares a la malagueña que se les estaba poniendo, así sin más, sin rebocina ni nada.

El avistamiento de dicho fenómeno se ha producido mientras navegábamos entre Sicilia y el archipiélago de las Eolias, un grupo de diecisiete islas volcánicas que parecen haber sufrido la última erupción ayer por la tarde. Al parecer, los habitantes de dichas islas han vivido tradicionalmente de producir uva, higos, aceitunas –tres especies asociadas a la cultura mediterránea desde hace milenios- y piedra pómez. Bueno, eso era antes. Es imposible que a los eolios les quede tiempo de faenar en los campos de labranza después de atender a los turistas, a tenor del ajetreo de fast ferry e hidrofoils cruzando el brazo de mar que les separa de Sicilia.

Hoy tengo que tratar con el provisionista de Catania para completar las reservas de verduras y frutas de a bordo de cara a una posible vuelta a Barcelona, donde tenemos previsto llegar el día veinte, sin volver a tocar puerto. Mis esperanzas de visitar la ciudad a golpe de pedal se desvanecen en una balsa de malos augurios alimentada por la experiencia en estas lides.

¡Que los dioses de la mar y el Comercio me cojan confesado!

¡Salve, Catania!

Y LA NAVE VA

Macarrones con atún, Faneca Frita, Ensalada de Surimi y Gambitas con Vinagreta de Tamari, Redondo de Ternera en Salsa.

Durante dos semanas el GdC ha estado, aparentemente, viendo pasar el tiempo.

No recuerdo el título ni su autor, pero hace muchos años leí un cómic que relataba cómo vivían los expedicionarios de dos culturas alienígenas un contacto en la cuarta fase con la otra. Ambas compartían tres dimensiones, pero la cuarta, el tiempo, era diferente, de manera que mientras unos interpretaban que los extraños con los que se habían encontrado estaban sufriendo un proceso de catalepsia irreversible ya que no se movían ni parecían reaccionar a los estímulos con los que intentaban sacarlos del pasmo, los otros observaban incrédulos cómo de pronto aparecían de la nada artilugios desconocidos –el instrumental científico de la otra expedición-, y desaparecía instantáneamente uno de sus compañeros –que la otra expedición había trasladado en camilla a su nave, para hacerle pruebas biomédicas-.

Así me imagino la última estancia del GdC en su atraque habitual en el muelle de Maremágnum, en Barcelona. La vida a su alrededor se movía vertiginosa, tanto que apenas era capaz de seguir su latido desde la cubierta del barco. Quizás por ello sufría ansiedad y vértigo cuando salía del barco y me integraba en el torbellino que coloniza –no sé si simbióticamente o parasitariamente- la ciudad de Barcelona, y no volvía a sentirme a salvo hasta estar de nuevo entre de los mamparos metálicos del barco. A la gente que paseaba por el muelle debía parecerle, por el contrario, que el GdC era un barco muerto -como los que conocí en el pantalán de Cory, en Las Palmas- o que estaba en coma profundo, al menos.

Pero no era así. Cada día, incansablemente, los marineros seguían con su trabajo de cosmética reparadora, los maquinistas cumplían con los protocolos de medicina interna, los oficiales del puente mantenían la administración del barco en buena forma, y cuando todo este personal se sentaba en el comedor para reponer fuerzas, el personal de Fonda ya tenía listo el menú del día y la mesas puestas. Todo ello realizado a una velocidad humanitaria, no con la que se vive más allá de las amarras del barco, que hubiera agotado nuestras energías en apenas un instante.

Y así, cuando al fin recibimos la indicación de hacernos a la mar, la tripulación apenas necesitó un momento para vaciar sus papeleras en el contenedor del muelle. Al momento siguiente, el barco ya estaba entre puntas, saliendo por la bocana nueva, con rumbo a Catania, en Sicilia. La misión para los próximos días: realizar labores de chase boat, barco encargado de controlar que ninguno otro cruce la popa del B.O. “Sarmiento de Gamboa” –el hermano joven del GdC, que cayó en una marmita de poción mágica (el asunto del Prestige) cuando no era más que un proyecto-, barco que está trabajando para el proyecto HADES, de los doctores César Manero y Xavier García, cuyo cometido era, originariamente, estudiar los riesgos sísmicos derivados de la actividad de subducción en la placa tectónica del Egeo, pero que debido a la imposibilidad de conseguir los permisos necesarios para trabajar en la zona escogida para el estudio, dicha investigación se ha trasladado, según tengo entendido, a aguas del mar Tirreno, que está encerrado entre la costa continental italiana, la oriental de Cerdeña y la septentrional de Sicilia.

Se me acumulan en mi cabecita inquisitiva multitud de preguntas sobre el proyecto HADES y sobre su campaña con el SdG y el GdC. La cuestión es que, para realizar su trabajo chase boat, el GdC no necesita embarcar personal científico: para hacer de bobbies nos bastamos solitos. Sin embargo, para que estás páginas no pierdan su carácter de crónica, también sobre la cuestión científica, era todo lo posible por contactar con el personal embarcado en el SdG -¿quizás tomando unas cervezas en Catania, antes de ponernos a la faena?- para que, si lo tiene a bien, me ilustre sobre las particularidades de la campaña.

Durante dos semanas el GdC ha estado, aparentemente, viendo pasar el tiempo. Y el tiempo se aburría, seguramente, viéndonos desde la Torre del Reloj del muelle de los pescadores, frente al GdC, como parece mostrar la foto tomada por Anna Bozzano, del proyecto “El Peix al Plat”.

Ahora, al tiempo, no le queda otra que seguir estas páginas, si quiere saber en qué anda ese barco rojo que parecía dormido.