¡No sabes nada, cocinillas!

Crema de Calabacín y Mascarpone, Pechuga de Pollo a la Plancha con Ensalada de Endibias y Cabrales, Menestra de Verduras, Tempura de Jurel y Gambitas, con Tomate Siciliano

Si algo he aprendido en estos veintitrés años navegando es que no hay que hacer planes nunca, nunca, nunca, a menos que uno esté dispuesto a contemplar, impertérrito, cómo esos planes se desvanecen como lo hacía el Sr. Spok, acuclillado sobre la plataforma del teletransportador del Enterprise.

También he aprendido –de hecho, he aprendido muchas cosas gracias a mi embarque en el GdC, a mi pesada tendencia a preguntar y a escribirlo en estas crónicas- que nunca, jamás, hay que dar las cosas por
sobreentendidas, por más que literariamente se le pueda sacar provecho a dicha táctica. Por ejemplo, de lo anterior se podría pensar que la insoportable levedad de los planes es una cosa intrínsecamente negativa y, sin embargo, nada más lejos de la realidad, o sea, que los planes no lleguen a término a veces será malo, y otras, bueno.

Llegamos ayer a Catania convencidos de que sería una estancia de horas. En principio, el B.O. “Sarmiento de Gamboa”, al que vamos a apoyar durante diez, tenía previsto hacerse a la mar a las seis de la tarde. Por lo tanto, nosotros no podíamos tardar mucho más en zarpar para ponernos a proa de su rumbo, como si fuéramos ese guardaespaldas que precede al cliente –sí, una paradoja- quitándole de encima a la prensa, a los admiradores o a los ultrajados de puño veloz.

Pero algo se debió romper en las entrañas del SdG que no le permitió zarpar según el plan, así que la tripulación del GdC ha tenido a su disposición casi treinta horas para descubrir lo que cada uno haya tenido a bien indagar. En mi caso:

Uno:

Por primera vez entre todas las ocasiones que he tenido que gestionar provisiones en el extranjero, a través de un consignatario, el provisionista se ha presentado a bordo a la hora convenida, con la provisión lista para entregar, y sin diferencias dignas de destacar sobre lo que se le había pedido salvo, quizás, el tamaño descomunal de las sandías –parecen obuses de los cañones de Navarone-, de las que comeremos hasta llegar a Barcelona, comerán nuestros compañeros que nos releven durante el mes de Septiembre, y que podremos añadir a nuestro testamento como legado a las futuras generaciones. Por todo ello, no sé si debería poner un cirio de agradecimiento a los dioses a los que me encomendé el otro día… ¡uf, no, qué pereza! Los descreídos somos así de desagradecidos.

Dos:

En Catania, las carreteras que no llevan a ninguna parte sí que llevan a alguna parte: a una jauría de perros enormes, apestados de garrapatas y, visto lo visto, de muy malas pulgas. Cuando los ciclistas debemos bajarnos de la bici y utilizarla de parapeto mientras hacemos por ladrar más alto en un intento de demostrar que somos machos alfa –aunque nuestra vestimenta de polichinela con pañales sobrecargados debajo del culote parezca decir lo contrario-, es que nos hemos equivocado de camino.

Tres:

El mercado de la Pescheria de Catania es el eslabón perdido entre el mercado de pescado de Bizerta, en el que toneladas de tilapias y otros pescados se amontonan en el suelo formando un cono inestable como si fuera de carbón vegetal, y de los cuales imploras que el vendedor escoja los que se hallan en el ápice del cono –a pesar de las moscas- y, pongamos por caso, el de la Boquería de Barcelona, donde cuesta creer que el cometido de las pescateras sea el de vender el pescado, y no crear bodegones atractivos para los turistas y sus smartphones. En el mercado de la Pescheria, a las ocho de la mañana, los pescateros –no vi ni una sola mujer vendiendo pescado, ni sentada en los cafés de los contornos- destripan y descabezan atunes, peces espadas y chernas a docenas, que venden a precios muy parecidos a los de la España septentrional. Aunque hay puestos adecentados, abunda más el pescado en cubos de plástico y cajas desvencijadas. Una sorpresa: en estas aguas hay viejas, un pescado que sólo había visto –y comido- en las Canarias… claro que las rocas del litoral de Catania son tan negras y volcánicas como las Canarias.

Cuatro:

Por lo visto, las mafias sicilianas siguen controlando a su antojo los servicios de limpieza urbana y recogida de residuos. Salvo en el centro más turístico –y sólo de manera somera-, da la sensación de que hace años que no se pasa una escoba por las calles de Catania, ni se repara el adoquinado de apariencia basáltica que aún persiste en buena parte del callejero y que hace de la circulación en bicicleta una actividad suicida, junto con los raíles de tranvía, los socavones de los registros y demás obstáculos más o menos ocultos. Ya fuera de la ciudad, en las cunetas de las carreteras que salen de Catania se acumula la porquería como si al conductor del camión de la basura le hubiera dado un brote psicótico y hubiera accionado el vaciado del volquete en su recorrido hacia los vertederos –que deben estar, seguro, vacíos-. Por eso, hallar en medio de semejante paisaje un cementerio donde se hallan los restos de dos mil soldados británicos muertos en tierras sicilianas durante la II Guerra Mundial, en un prado recién segado, fue como hallar un oasis en medio del Teneré, y el paso regular de los aviones con sus ruedas ya a la vista ante el inminente aterrizaje, no desmereció la paz de la que disfruté durante unos momentos, antes de emprender mi primera batalla contra los canes endemoniados.

Hemos zarpado después de comer, siguiendo la estela del SdG. Si todo va bien mañana comenzaremos con nuestra labor de policía, navegando por aguas jónicas, frente a Calabria y la costa oriental siciliana. Cuando acabemos, navegaremos directamente hacia Barcelona, sin tocar más puertos.

¡Me han quedado tantas cosas que descubrir de Catania, bella decadente!

¡No sabes nada, cocinillas!

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