Navegar mañana

Las Canteras desde La Isleta

Las Canteras desde La Isleta

Jurel Escabechado con ensalada; Entrecotte a la Plancha con Arroz Frito Sazonado con Mojo Verde y Revuelto de Setas; Focaccia de Carne Tex-Mex, y de Pesto con queso de Burgos
Después del primer té de la mañana monto en la bicicleta, que queda amarrada durante la noche a la farola que ilumina los cadáveres que habitan este cementerio, y me voy a comprar el pan del día a una panadería del Paseo de Las Canteras. Apenas diez minutos cruzando los barrios de La Isleta y de Santa Catalina, medio dormidos todavía, hasta desembocar en la playa de Las Canteras, por donde los primeros paseantes –la mayoría de ellos turistas- andan a paso vivo sin dejar de mirar el mar que rompe contra barrera natural de la playa. A veces llego antes de que hayan subido la persiana de la panadería, y también yo quedo hipnotizado por la playa urbana más bella que conozco.
Afortunadamente hay sortilegios para romper los encantamientos. A mí me salva el mirar a los niños y niñas disfrazados para el Carnaval, cogidos de las manos de sus madres, que posan orgullosas cuando alguna vecina alaba el disfraz del crío, diciéndole a éste alguna gracia que no siempre acaba de comprender pero que no le quita la felicidad de la cara. Es emocionante ver la alegría de los niños de Las Palmas durante estas fechas, que me hace recordar momentos vividos con mi hijo, en otras circunstancias, pero igual de intensos.
Roto el encantamiento descubro que ya han abierto la panadería, así que me encamino hacia ella recordándome que debo mantener la serenidad y la mente fría ante los aromas que salen del obrador. Las dependientas, que son por lo menos igual de dulces que el bienmesabe, me saludan con el surrealista “¿qué te llevas hoy, mi niño?” al cual me he acostumbrado con sorprendente facilidad. Balbuceando, consigo hacer el pedido mientras procuro no mover los ojos una cuarta hacia abajo, donde un mostrador se obstina en hacerme contemplar el más letal de los arsenales del diablo travestido de panadero, que aparenta haber sido diseñado para tentarme exclusivamente a mí. Soportado una vez más el trance –que hace que me plantee si no tendré una vena masoquista muy especializada- vuelvo al barco con la mochila atiborrada de pan y pastas, aseguro la bicicleta en su farola y comienzo a cocinar.
Es coger el cuchillo en la mano izquierda y la cebolla en la derecha para empezar a hacer un sofrito y comenzar a pensar, como ocurre en la piscina cuando llevas un par de largos y ya estás aburrido. Me pregunto cuántas teorías científicas se han enhebrado o se han deshecho en una piscina… cuántos amores han decidido darse a conocer y cuántos fracasos se han reconocido en el enésimo largo. En la cocina pienso mucho, obviamente en sentido proporcional, no absoluto –en sentido absoluto no pienso mucho en ningún sitio ni en ningún momento… creo que en la mili esa actitud, aplicada al uso de las armas, se le denominaba tiro intuitivo-. Muchas de las acciones implicadas en preparar un menú están automatizadas después de tantas repeticiones.
Hoy he estado pensando en la falta que me hace salir a navegar. Es mi estado natural cuando estoy embarcado. Tocar tierra es siempre agradable cuando llevas muchos días en la mar, sobre todo si es un puerto nuevo, porque incita al descubrimiento, pero también si es un puerto conocido porque recuperas rápidamente los senderos que llevan al mejor bar, al mejor banco del parque, a la mejor librería…
Pero llevamos desde el día 3 en Las Palmas, y hemos navegado apenas 48 horas. El barco necesita navegar, mover los pistones en los cilindros, el cigüeñal, los balancines. La tripulación necesita navegar aunque algunos de sus integrantes no sean conscientes de ello, retomar el ritmo metódico de las guardias, comer y cenar a sus horas. Yo, sobre todo, necesito navegar: que la tripulación coma y cene a sus horas –en la Fonda nos vamos a volver locos con el continuo ejercicio de reconfigurar menús, reciclar materias primas…-; necesito ver el horizonte en toda su amplitud, y desde él hasta el costado mismo del barco, buscando secretos que tanto tiempo habrán estado esperándome; necesito ver pasar la sombra de aves marinas sobre mi cabeza, la cabeza de una tortuga asomándose entre dos olas, la ola que rompe la ballena justo antes de exhalar su acuoso suspiro.
Han acabado los Carnavales y la gente se reintegra a sus quehaceres cotidianos. Ahora que los niños vuelven a su semblante enfurruñado mientras van a la escuela atoados por sus madres, ¿cómo voy a salvarme del encantamiento de la mar rompiendo contra la barrera de Las Canteras?
Creo que a partir de mañana iré a por el pan con un cartel colgando del cuello para que, si acabo hipnotizado por las olas y el horizonte sobre el que Tenerife aparece como una nube más, alguien lo lea y actúe en consecuencia:
“Por favor, llévenme hasta un barco que esté a punto de zarpar, el que sea. Necesito navegar”
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2 comentarios sobre “Navegar mañana

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