Islas entre nubes

Morena al ajilloSpaghetti a la Putanesca de Anchoas y Salmón Marinado, Jureles a la Plancha, Sopa de Pescado, Marisco y Algas con Tamari y Wasabi, Cabezada de Cerdo con Patatas al Horno y Mojo Verde.
En el puerto, torres dignas de Eiffel, barcos de corazones muertos y otros que rugen con la soberbia de quien se supone inmortal, tinglados del CLAH –Centro Logístico de Ayuda Humanitaria- medio vacíos de ayuda humanitaria quién sabe si por falta de humanidad o por tanta solicitud de ayuda… y los Carnavales, admitidos –si no ideados- a regañadientes por la jerarquía católica por ver así se aceptaban mejor los cilicios, la abstinencia, la autoinculpación…
… Y en la mar, la inmensidad de un océano que accede a ser benevolente mientras esperamos en su superficie a poder recuperar los instrumentos fondeados hace tres meses.
Siempre que me lo permite mi trabajo en la cocina salgo a cubierta con mi cámara y mis prismáticos, incluso cuando voy a tocar un rato el saxo en la cubierta de proa, la atalaya desde la que realizo los avistamientos. Reconozco lo estrambótico de la imagen, con la funda del saxo en una mano, la de la cámara en la otra, y una lata de agua mineral con gas abultando en mi bolsillo como lo haría el de un cleptómano al salir de unos grandes almacenes, mi última adquisición en lo que a vicios respecta: si toco el saxo, mi lata de agua mineral con gas debe permanecer a mano… rarezas propias de los de mi edad.
Pero es que, como diría el mismísimo Jack Aubrey a bordo de la “Surprise”…” ¡no hay un minuto que perder!”. No hay que desperdiciar el tiempo en la mar. Hay mucha belleza a contemplar y muchas sorpresas de las que maravillarse, y muy pocas millas a navegar a través de un calendario que se transparenta al contraluz de tanta reforma estructural y tanto recorte del gasto público.
Así que toco de oído “Blackbird” como si quisiera hacerle una segunda voz a McCartney mientras contemplo la mar y el cielo y descubro apenas el embozo de todos los secretos que atesoran.
Junto al GdC pasan unos barquitos de pesca artesanal, no sé apreciar si van al palangre –aunque no recuerdo haber visto las boyas con que marcan los extremos del arte, desde las que lo halan al final de la jornada-, o al curry, arrastrando cerca de la superficie líneas con anzuelos enmascarados en señuelos que atraen al depredador.
A lo lejos, quizás a una milla de distancia, dos rorcuales –Balaenoptera physalus– salen a respirar con la cadencia que da la despreocupación y el dolce fare niente. Siempre es emocionante ver estos animales, aunque sea en la distancia, verdaderos reyes del océano sólo temerosos de que las orcas pudieran arrebatarles sus retoños. Ni siquiera el hombre, mientras las perseguía con botes a remo, significaba un riesgo para la especie. Pero el hombre construyó grandes veleros, Jerónimo de Ayanz patentó la primera máquina de vapor moderna, y Fulton la aplicó con definitivo éxito a un barco, y entonces la vida de los rorcuales y de todos los grandes cetáceos se convirtió en una pesadilla.
Ver a los alcatraces –Morus bassanus– zambullirse desde decenas de metros de altura, cayendo como proyectiles balísticos, pone los pelos de punta. Los adultos, de un blanco inmaculado salvo las puntas de las alas, que son negras, y la cabeza, coloreada con un tono crema claro, obtienen recompensa más frecuentemente que los ejemplares jóvenes, en los que según la edad, el negro y el blanco predominan más o menos. Volando tienen la majestuosidad de un cazabombardero, sobre todo cuando vuelan en formación, siguiéndose unos a los otros linealmente. Sus cuellos y su cabeza están almohadillados para soportar el impacto contra el agua, y sus ojos miran hacia adelante, como buen depredador. Sólo los peces con mucha suerte escapan al ímpetu de los alcatraces.
Lo peces afortunados no pueden tumbarse a la bartola si pretenden tener alguna oportunidad frente a los delfines comunes –Delphinus delphis¬- cuyas manadas patrullan las aguas de todo el archipiélago. Como la mayoría de delfines, tienen un morro en el que se dibuja la sonrisa de quien siente que la vida le sonríe. Quizás las sardinas, jureles y caballas tengan la tentación, mientras sestean después de huir de los alcatraces, de corresponder a la sonrisa de los delfines con la suya propia. Harán mal. Detrás de la sonrisa de los delfines se encuentran un montón de dientes dispuestos a amargarles la vida… y a arrebatársela. Nosotros, a bordo del GdC, vemos a los delfines desde la barrera que dan los tres metros que hay hasta el agua. Simple precaución.
Y los cielos, la luz y los huecos entre las nubes por los que se cuela formando caminos que llevan a puertas en la mar hacia quién sabe a qué mundos. Y allá donde el horizonte de empapa de mar más nubes de formas caprichosas, tras las cuales la mar sigue hasta bañar continentes, islas tan grandes como continentes, islas tan pequeñas que sólo la imaginación las encuentra, sólo habitables por quienes las escogen como su paraíso.
Alguien me ha dicho que en los paraísos también se puede pasar hambre. A sus habitantes los siento cercanos, quizás porque vemos los mismos mares. Por eso siempre tengo un plato preparado, listo para alimentar a las islas entre nubes y a sus habitantes. Hoy, morena al ajillo. Tiene un precio, y es que se me permita seguir creyendo que algún día veré una de esas islas.

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2 comentarios sobre “Islas entre nubes

  1. Morena al ajillo … suena a música celestial.
    En nombre de todos los náufragos del mundo te diré , que llevando la contraria al poeta (John Donne) , cada hombre es una isla, una parte completa de un todo. Por eso no busques más islas, porque todas y cada una están dentro en ti.

    Anne

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