Como Lázaro marino

Casi, pero noSopa de Verduras, Corvina con Ensalada de Endibias, Nueces y Salsa de Roquefort, Crema de Alcachofas, Pechuga a la Plancha con Guarnición
Y entonces el GdC se hizo, al fin, a la mar.
Largó sus amarras sorteando las de los barcos muertos que creían haber encontrado un nuevo habitante en el cementerio, y como Lázaro marino comenzó, de nuevo, a navegar. Silenciosamente al principio, ronroneando la Máquina como un felino que se despierta de la siesta. Más y más rápido después, a medida que la dársena se iba abriendo y atravesaba el antepuerto frente a las moles inmensas de los barcos buscadores de crudo. Cuando la bocana del puerto sólo se podía contemplar mirando hacia popa, el GdC dio avante toda y comenzó a rugir como si liberara la rabia acumulada en los tres meses de letargo. En cuanto acabó de sortear los barcos fondeados en las cercanías del puerto, arrumbó hacia la zona en la que había trabajado durante los últimos días de Octubre de 2014.
El objetivo de GEOMARGEN era estudiar la sismicidad de la cuenca de Tarfaya -al este de Lanzarote y Fuerteventura- durante tres meses, analizando las causas que la pueden provocar: procesos tectónicos o volcánicos, deslizamientos de ladera, migración de fluidos y actividad antropogénica. Para realizar ese estudio, GEOMARGEN fondeó diecisiete sismógrafos de fondo oceánico (Oceanic Bottom Seismograph, OBS, en inglés), que complementarían la red terrestre instalada por el CSIC en tierra firme, en Canarias y en África.
Durante los días que el GdC y su tripulación se mantuvieron en stand by desde que ésta llegó a Las Palmas el día 3, no dejaron de soplar con intensidad moderada los alisios, vientos estacionales del NNE que marcan buena parte de la meteorología y climatología del archipiélago. En la mar generan desde marejadilla cuando soplan flojos hasta fuerte marejada cuando se refuerzan con una situación meteorológica adecuada. Pero en cuanto el barco zarpó de Las Palmas los alisios fueron calmándose hasta convertirse en una agradable brisa, y cuando llegamos a la zona de trabajo comenzamos a recolectar OBS como se recolectan setas cuando las condiciones son óptimas. Nos presentábamos en el punto de fondeo, sumergíamos el audífono y emitíamos un mensaje de cortesía en forma de pitidos chirriantes que venían a significar algo así como “hola, qué tal, cómo va todo por ahí abajo”. El OBS contestaba con un escueto “pi…pi… pirriii” que es su forma de decir “bien”… los OBS no son muy comunicativos, se lo guardan todo para ellos y por eso cuando al fin vuelven a cubierta después de meses en el fondo marino los técnicos deben sondarlos para extraerles toda la información que han ido recopilando.
Tras recibir el monosilábico saludo del OBS se le mandaba la orden de liberarse de sus ataduras y echar a volar. No podía sino acatarla pues los técnicos habían sido muy listos y le habían dotado de suficiente flotabilidad positiva como para que no tuviera más remedio que emprender el viaje de vuelta a la superficie tras desengancharse del lastre con el que había convivido durante tanto tiempo.
Veinte minutos de viaje atravesando los dos mil metros de columna de agua y, súbitamente, un banderín rojo que no sé si me recordaba más al del Séptimo de Caballería o al del guía turístico que lo enarbola como reclamos para sus clientes aparecía en las cercanías del barco, haciendo más visible aún el amarillo chillón de la boya del OBS.
Entonces es cuando el oficial de guardia podía lucirse. Se podría caer en el error de pensar que con buen tiempo no debería ser demasiado complicado aproximarse a un objeto flotante que no tiene ningún tipo de propulsión… Craso error: la obra muerta del barco, su parte a flote, es en sí misma una vela que mueve a la parte sumergida -la obra viva- con la mínima brisa que haya; el peso del barco le proporciona una inercia que es no es fácil gestionar; y, por último, está el espinoso asunto del intervalo de distancia óptimo: hay que evitar por todos los medios de que el casco impacte contra el OBS, que no lleva bien lo de los vapuleos, pero tampoco se puede pasar a más de tres metros de él, porque entonces no se consigue engrilletarlo con las pértigas telescópicas. Pero el GdC tiene siempre un elenco de oficiales –tanto en puente como en Máquinas- que ya lo querría para sí el resto de la flota oceanográfica española, así que el grado de éxito en la primera tentativa estuvo muy por encima del 95%.
Se había previsto realizar el trabajo en cuatro días, pero cuarenta y ocho horas después de zarpar volvíamos a atracar en Las Palmas, con los diecisiete OBS en cubierta, perfectamente estibados en sus contenedores.
Y durante todo ese tiempo, siempre que dispuse de tiempo libre, e incluso a veces mientras trabajaba en la cocina, a través del portillo, estuve observando la mar.

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