¡La vita è bella!

Ay, Billy Boy!

Entrante de Montaditos de Queso, AnchoaTomate y Genjibre; Fideuá de Costilla y Pollo; Abae al horno con Patatas a lo Pobre
Que las Islas Canarias se hallan profusamente colonizadas por ciudadanos alemanes es un hecho, corroborado incluso por la propaganda que se exhibe a pie de carretera. ¿Temen acaso los alemanes que resentidos como estamos por las fechorías de sus mandatarios, nos dediquemos los españoles a pinchar los preservativos nacionales destinados a sus exclusivas colonias en la isla? Sólo eso podría explicar encontrar el anuncio de tamaño “autovía” arriba expuesto.
Las Canarias están lejos de la Península. En los mapas políticos se suele añadir un recuadro que salva los casi mil kilómetros que hay entre la Isla Alegranza, al norte de Lanzarote, y Cabo San Vicente, el extremo suroccidental de la Península. Para recorrer la distancia entre el estrecho de Gibraltar y Las Palmas, el GdC navega dos días y medio, lo mismo que para ir del Estrecho a Barcelona, o de Vigo al Estrecho. Pero es volando cuando uno adquiere realmente consciencia de la lejanía de estas islas. El vuelo entre Barcelona y Las Palmas dura casi tres horas y media, una eternidad si lo comparamos con el resto de vuelos en territorio nacional.
Quizá por eso en las islas muchas cosas son diferentes, y no me refiero a cómo se denomina aquí al autobús, ni que a un tipo como yo, cincuentón y con barba de días tan blanca como la del abuelo de Heidi, una chica que no llegará a los veinticinco años le identifique como “el muchacho” –lo cual hace preguntarte si no sería este un buen territorio para pasar una vivificante jubilación-.
Acostumbro a visitar el mercado de los puertos que visito, si la ocasión lo permite. El de Las Palmas vale la pena, si no por el tema arquitectónico, sí y mucho por lo que allí se vende. Me centro, sobre todo, en las pescaderías. Las riquísimas aguas de la plataforma canaria y del banco sahariano forman en las pescaderías canarias aparadores de un colorido, abundancia y variedad que es muy difícil de encontrar en las pescaderías de las grandes ciudades peninsulares. Todo el pescado fresco y de pesca extractiva que se vende es de proximidad, lo cual es de agradecer. Aprovechando la coyuntura hice la compra del pescado fresco personalmente, escogiendo un poco de todo: corvinas, chopas –de la familia del sargo-, burros, brecas –pajeles-, abae…
Busco en Wikipedia “abae” por saber cuál es su grado de parentesco con el mero, y me encuentro con que para la enciclopedia social “abae” es… ¡”Agencia Bolivariana para Actividades Espaciales”!, que se encarga de controlar, entre otras cosas, a los dos satélites artificiales que Venezuela ha puesto en órbita: el “Simón Bolívar” y el “Miranda”. Bien, la verdad es que comerte una ración de abae al horno, con sus patatitas cortadas a lo pobre embadurnadas con una mezcla triturada de cebolla, ajo, laurel, eneldo, vino blanco, limón y aceite, hace que te sientas como en el cielo… pero dudo que esa sea la explicación del nombre común de Mycteroperca rubra, serránido primo del mero. Parece ser que su nombre está más bien relacionado con la contribución en especies que se pagaba a los abades o religiosos.
No tengo muy claro que esté relacionado con la situación geográfica actual del GdC las dificultades que hemos encontrado para realizar la compensación de la aguja –corrección de la desviación de la aguja magnética, último recurso a bordo para conocer el rumbo si los artilugios electrónicos se vienen abajo-, de la que se encarga un técnico especializado moviendo diferentes masas férreas colocadas en torno a la aguja hasta compensar la desviación generada por los hierros del barco-. La cosa es que salimos el viernes a dar vueltas por aguas próximas a la bocana y que acabamos con la magistral –estructura de madera donde se instala la aguja- desmontada y con la aguja sin compensar. Hoy hemos salido y en media hora estaba resuelto… la aguja se había vuelto dócil durante el fin de semana, por lo visto.
Esta medianoche salimos hacia aguas cercanas a Lanzarote y Fuerteventura para recuperar los sismógrafos… y nuestras sensaciones de buque oceanográfico, ya de paso. Luce el sol, el viento ha calmado, tenemos 20ºC… ¡la vita è bella!

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