De entre las nubes y todos juntos, de nuevo

En el Aeropuerto de Las Palmas, esperando los equipajes

En el Aeropuerto de Las Palmas, esperando los equipajes

Acelgas con Patata y Zanahoria, Rehogadas; Pescadilla y Pajel, Fritos; Chuletitas de Cordero, a la Plancha

Me siento ante el ordenador y contemplo el mensaje intermitente del cursor apremiándome a que lo haga circular sobre el lienzo virtual, dejando a su paso un rastro de palabras como la estela del avión al pasar por una zona húmeda y fría. La idea del avión se instala y se acopla a mis pensamientos sobre los biorritmos de este blog, que aparece y desaparece al entrar y salir de campos densos de nubes de tiempo, el último de los cuales ha durado tres meses, emergiendo de él con una primera imagen, la de catorce personas que se hacen una foto mientras esperan que la cinta sin fin presente los equipajes como lo haría la de un restaurante japonés ante clientes muy delicados con la comida. La ocasión lo merece: a Barcelona habían llegado los tripulantes desde diferentes regiones –Galicia, Cantabria, Aragón, Cataluña, Murcia, Andalucía-, para volar todos juntos hasta Las Palmas, atendiendo a una lógica economicista que cuesta creer. Esta circunstancia, el embarcar en pelotón, no ha sucedido en el GdC al menos desde 1992, por propia constatación, y posiblemente nunca antes, desde su botadura. Así que, como si de un equipo deportivo se tratara, media tripulación hinca la rodilla en tierra mientras la otra media permanece detrás, todos sonriendo. Quizás contagiado el desconocido y voluntarioso fotógrafo por la emoción del momento, tal vez mal configurada la cámara del teléfono con el que se realiza la foto, la cuestión es que esta sale borrosa y mal iluminada. Pero aun así no renuncio a publicarla, consciente de qué pocas ocasionas queden, acaso, para repetirla.

Como un equipo deportivo, también en este hay bajas, traspasos, cesiones de jugadores… o como en una banda de jazz, cuyos integrantes aparecen y desaparecen del grupo para atender compromisos con otras bandas, o para materializar un proyecto propio… Un  compañero anda por la Antártida, al cargo de las zodiacs de la base Juan Carlos I y de muchas otras cosas, seguramente; otro compañero se halla perdido en batallas personales que nadie puede ganar por él; y, para compensar, vuelve a estar en el GdC un marino que fue miembro de la tripulación durante algunos años, allá por los noventa; y sigue con nosotros el de la coleta rasta agazapada tras la camiseta.

Y todos juntos, una vez más, formamos la única tripulación del buque oceanográfico “García del Cid”, vestigio a extinguir, recuerdo fósil de épocas en las que imperaba el sentido común y se entendía que no había forma más fiable de cuidar un barco que conseguir que la tripulación lo identificara como su hogar. Ahora impera una visión mercantilista en la que la relación barco-tripulación se convierte en algo eventual, coyuntural, carente de empatía, de emoción, de orgullo.

Catorce iguales que la Administración se empecina en tratar de diferente manera. De los catorce tripulantes que forman la tripulación cotidiana del GdC, diez tripulantes son personal laboral fijo del CSIC, uno tiene un contrato de interinidad para cubrir una incapacidad transitoria, y tres siguen teniendo, después de muchos meses, un contrato de obra y servicio, a pesar de que cubren vacantes creadas por jubilación de anteriores tripulantes lo cual es, o bien una ilegalidad, o una injustica legalizada por vergonzosas reformas laborales encaminadas a fortalecer el crecimiento del monstruo.

Ante la tripulación del GdC se abre un futuro plagado de incertidumbres cortantes como los bordes sumergidos de un iceberg. Una vez a bordo tardamos minutos en activar el relé de “vida a bordo”, y arrinconamos en lo más apartado de nuestra consciencia los temores que genera un calendario de actividad deshilachado como los invernaderos que se sobrevuelan durante la maniobra de acercamiento al aeropuerto de Las Palmas, y lo preparamos todo para salir la semana que viene a recoger los sismógrafos que fondeamos el otoño pasado en aguas al este de Lanzarote y Fuerteventura, ahora que ya parece seguro que la panacea de un río de petróleo manando desde las profundidades de la corteza terrestre ha desaparecido con la fugacidad del resplandor de una bengala en manos de un niño en la noche de San Juan.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s