La noche es oscura, y llena de horrores

Huevos Rellenos de Marisco, Merluza a la Plancha con Champiñones Salteados, Sopa de Vegetales, Ternera Estofada
En una noche como la que hoy anuncia un crepúsculo que enamora, fui bruscamente despertado, hace más de treinta años, cuando estaba entrando en lo más profundo del sueño. Me incorporé lo que la altura entre literas permitía e intenté asimilar la perorata que la figura que me había zarandeado me vociferó mientras ya estaba vapuleando a mi compañero de la litera superior. Visto al contraluz de las lámparas del techo, y soñoliento como estaba, no acertaba a saber quién era el que gritaba a los veinte que estábamos en el sollado, pero desde el primer momento tuve la certeza de que debía obedecer sin rechistar y con premura si no quería sufrir las consecuencias.
– ¡¡Todos arriba!! ¡¡Venga, coño, todos arriba!! –gritaba medio ronco- ¡¡En cinco minutos todo dios en el secadero!!
– ¡¿Pero qué pasa, joder?! –balbuceó el de siempre, el que todavía no había aprendido lo que significaba mantener un perfil bajo.
– ¡¡Pasa que se te va a caer la pelusilla que tienes por pelo como no te vea cagando leches corriendo escalera abajo, coño ya!! –le respondió la sombra chusquera
Ignoraba si habían pasado más o menos de cinco minutos, pero la cosa es que ahí estábamos los veinte, en el secadero, con las chancletas chapoteando sobre los charcos que los trajes, colgados escasas horas antes tras el enésimo ejercicio -y por lo tanto todavía húmedos y fríos- habían dejado mientras se escurrían lentamente. Nos mirábamos los unos a los otros en paños menores, cuchicheando suposiciones más o menos alocadas sobre qué podía estar pasando, aunque el hecho de que nos hubieran convocado ahí no presagiaba nada bueno.
– ¡¡Tenéis dos minutos para poneros el traje y coger vuestro equipo!! ¡¡Listos para embarcar en tres minutos!!¡¡Rapidito y en silencio, coño!!
Como modelos a punto de salir a la pasarela, nos apelotonamos todos a lo largo de la línea de perchas, sacando el neopreno y embutiéndonoslo mientras saltábamos cómicamente a la pata coja, procurando no perder el equilibrio delante de los instructores, las madres de los cuales eran nombradas profusamente –aunque en el más absoluto de los silencios- mientras ellos nos miraban como si fuéramos culpables de todos los males que les amargaban la vida. Una vez convertidos en focas –igual de negras, pero más patosas-, recogimos el material personal –regulador bitráquea, gafas, tubo, cuchillo, aletas, cinturón de plomos, profundímetro o brújula, según el caso, boya marcadora- y un juego de botellas, presumiblemente cargadas por los encargados del compresor. Con todo ello a cuestas nos lanzamos a correr por el camino que conectaba el secadero con el muelle. Algunos ralentizaban deliberadamente el paso para llegar los últimos al embarque y quedar así en la zona de la lancha no protegida por la cabina, muy conveniente si uno se sabía propenso al mareo con el bamboleo de la lancha y los gases de escape emponzoñándolo todo.
Unos minutos más tarde, con la mole de cabo Tiñoso recortándose contra la luz de la Luna, la lancha puso el motor en punto muerto. Mientras la embarcación acababa de perder la arrancada, uno de los instructores vociferó las órdenes, aunque una vez llegados ahí no había que ser un lince para saber de antemano que se esperaba de nosotros:
– ¡¡A ver, en parejas y por orden!! ¡¡Al agua, tomáis referencia del rumbo e inmersión inmediata a cinco metros de profundidad!! ¡¡Os dais el oquey y tiráis para la base, sin prisas pero sin pausas!! –ni la luz pálida de la Luna ni las gafas que ya teníamos colocadas impidieron que pudiéramos ver cómo las caras iban cambiando de color.
– ¡¡La sirga de la boya tiene seis metros!! ¡¡A la pareja que hunda la boya le va a caer la del pulpo!! ¡¡A los que tengan salir a superficie por falta de aire, la de la pulpa les va a caer!! ¡¡Y como se tenga que tirar al agua alguno de nosotros para llevaros a profundidad de seguridad, ya podéis ir diciendo adiós al curso, los dos, el del profundímetro y el de la brújula!! ¡¡Estáis avisados!!
Inmediatamente, según el orden establecido por la puntuación acumulada en las pruebas anteriores, las parejas fuimos saltando al agua, resoplando aceleradamente para disipar el impacto del frío rellenando los huecos entre el neopreno y la piel. Afortunadamente la mar estaba en calma y no fue difícil localizar el fanal verde de entrada a la Algameca. Una mirada a la brújula para comprobar el rumbo a seguir y mi compañero y yo nos sumergimos antes de que nos abroncaran desde la lancha. Cogiditos de la mano como dos hermanitos que vuelven del colegio cuando se ha hecho de noche, nos pusimos a aletear con la mirada fijada en el negro más absoluto, sólo roto por la fluorescencia de la brújula –que llevaba yo en mi muñeca derecha- y del profundímetro –que llevaba él en su mano derecha a petición mía, para que yo también pudiera echarle un vistazo, porque no me fiaba un pelo de mi impuesto compañero, neófito en lo del buceo y, a tenor de lo que día a día me hacía padecer, tirando de él como si fuera un niño que se niega a ir al peluquero, neófito también en lo de esforzarse y soportar el sufrimiento.
No sé si logro trasladar las sensaciones que vive uno mientras bucea entre dos aguas, de noche, con un compañero que no te proporciona ni una migaja de confianza, y la amenaza de que un fallo en la inmersión te lleve a perder toda posibilidad de acabar el curso de buceo y, por lo tanto, te hagapasar los siguientes meses perdiendo cientos de horas en guardias absurdas protegiendo quién sabe qué en puertas que no llevan a ninguna parte, comprobando que la cuerda desde la que cayó un recluta está cumpliendo el arresto al que fue condenada, y cosas aún más insoportablemente surrealistas. De todas maneras, todas estas disquisiciones desaparecen del cerebro cuando descubres que la negritud que te envuelve por todas partes está rota por la fluorescencia del profundímetro, de la brújula… y, de pronto, por la creada por un bulto enorme que pasa lentamente bajo tu cota, más allá de la profundidad de seguridad del ejercicio, excitando unamiríada de algas luminiscentes. Cuando esto te pasa en medio de esa nada negra, se produce una concatenación de hechos en un orden más o menos establecido: aumenta tu ritmo cardíaco de forma ostensible… acrecientas el ritmo respiratorio y te importa un comino si eso perjudica tus posibilidades de llegar con aire a tierra firme… incrementas un montón el ritmo de aleteo… y la presión en la mano de tu compañero como si fueras a declarártele… y la capacidad de giro de tu cuello en todas direcciones, hasta valores imposibles, en busca de lo que no quieres encontrar porque no sabes qué te vas a encontrar…
Cuando, después de un rato que se nos hizo eterno, conseguimos entrever el fondo de la ensenada de La Algameca, atestada de cabos enmarañados, chatarra medio enterrada en el lodo, y multitud de objetos irreconocibles que forman una especie de arrecife artificial, exhalé tal cantidad de aire por el regulador que debí parecer el trans-siberiano. Un rato después, cuando todos estábamos de nuevo en el muelle, mi compañero y yo nos miramos y estuvimos de acuerdo sin tener que hablar una palabra: jamás contaríamos lo que habíamos padecido, el cachondeo en un ambiente tan virilmente montaraz podía ser insufrible…
Pero de eso hace más de treinta años, una eternidad, y a pesar de que me encuentro en el mismo lugar, junto a cabo Tiñoso, observando la superficie plateada en la que me ha parecido ver la aleta de un delfín con muescas en la arista cóncava -el mismo que ha aparecido esta tarde en nuestra proa-, me preocupa más enterarme, por ejemplo, cuáles son las razones que han llevado a Jorge Guillén y Montse Demestre a señalar esta zona como objeto de estudio, y aparecer por cubierta cada vez que el rastrillo llega del fondo con media tonelada de material para que manos de limpiadores de lentejas extraigan información minuciosa sobre la comunidad que vive en ese fondo. Y luego, explicarlo con claridad en estas páginas, que es el fin para el que fueron creadas, por más que a veces divague un pelín.
Pero eso será otro día. Hoy ya no queda espacio, y además ha anochecido, y todos sabemos que la noche es oscura y llena de horrores (Gracias, Marcos, por tu memoria).

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