Pez volador, pájaro buceador

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Spaghetti a la Matriciana, Dorada a la Plancha con Ensalada de Endivias y Salsa César, Sopa de Verduras y Sémola de Arroz, Entrecotte con Tomates Asados y Patatas Fritas.
No sé si podré transmitirles la sensación de tranquilidad que proporciona comprobar que las leyes básicas del universo del GdC continúan cumpliéndose con exactitud. La mar nos recuerda que no navegamos por el lago de Bañoles, pero lo hace sin mala intención, con delicadeza; el instrumental científico funciona sin novedad, y cada vez que sumergimos la draga HAPS o el rastrillo, nos agasajan con una muestra de lo que hay en el fondo -en el caso del rastrillo, de media tonelada en media tonelada-; la Máquina continúa ronroneando y si le viene un acceso de tos, los maquinistas se remangan y no paran hasta que queda todo clareado; en la cocina todavía no hemos envenenado a nadie y los platos vuelven con raspas, huesos, peladuras y poca cosa más.
Todo va bien. Salimos a cubierta y un sol que aún no ha cogido definitivamente el ímpetu veraniego nos permite disfrutar de lo que la mar y el cielo ofrecen a quien tenga paciencia para esperar la sorpresa. Así, vemos en un mismo día peces que vuelan y aves que saben bucear. Los primeros lo hacen para huir; los segundos, para pescar. Encajonado entre el mástil de proa y la roda espero cámara en ristre para realizar una serie de disparos con puntería intuitiva, sin colocar el ojo en el visor porque cuando lo haces el pez volador ya se ha sumergido o la pardela balear ha acabado su inmersión. En torno al barco se congregan, aparte de medio centenar de gaviotas de Audouin, otro medio centenar, por lo menos, de pequeñas pardelas baleares –las que bucean-, y alguna docena de pardelas cenicientas, más grandes y no tan nerviosas como las baleares. Al final consigo unas fotos en las que se puede apreciar la escena, para que uds. puedan también verlo –en cuanto suba las fotos a mi página en Flickr y publique el correspondiente enlace en este blog.
Más maravillas: un pez espada salta varias veces, sacando todo su cuerpo fuera del agua, exhibiendo el apéndice que le da nombre como si llamase a sus congéneres al combate. De esa visión no queda registro alguno: están observando una gaviota con los prismáticos y, de pronto, en la misma visual, surge el gran pez refulgiendo contra el sol… ahora, sobre ello, sólo puedo ofrecerles palabras; algunos charranes comunes revolotean a unos diez metros de altura sobre la superficie de la mar mientras vociferan con ese graznido que recuerda en algo al de las golondrinas. De pronto caen en picado, sumergiéndose como pequeños proyectiles, para aparecer inmediatamente con un pez en el pico. Sin esperar un sólo instante alzan el vuelo antes de que alguna gaviota patiamarilla consiga robarle el botín; más allá, varios alcatraces jóvenes, con su plumaje oscuro salpicado de manchas blancas, vuelan a muchos más metros de altura, y desde ahí ejecutan una maniobra muy parecida a la de los charranes, aunque al salir a superficie no tienen prisa en volver a despegar: nadie osa disputarles la captura.
Todo esto ocurre a unas cinco millas de la Manga del Mar Menor, no muy lejos de unas imponentes piscifactorías flotantes, y de un pesquero que arrastra una jaula cilíndrica, sumergida, donde seguramente un buen número de atunes esperan que les llegue el turno de convertirse en “pescado”.
Los científicos no tienen tanto tiempo como yo para ensimismarse contemplando lo que ocurre a nuestro alrededor. Mientras unos comienzan a clasificar la muestra del fondo que acaba de traer el arte de rastrillo, –algas, crustáceos, peces, moluscos…-, otros se afanan en sumergir un trineo que lleva una cámara de filmación de vídeo y que, siendo arrastrado desde el barco, permite registrar las huellas que un arte tan pequeño como el rastrillo que utiliza el proyecto deja en el fondo marino, primer paso para intentar argumentar delante del sector pesquero la necesidad de aplicar profundas reformas en los métodos de pesca extractiva, para evitar los destrozos que las artes de arrastre generan en el fondo marino, tarea esa en la que la Dra. Montse Demestre, del ICM-CMIMA, lleva mucho tiempo trabajando.
Al parecer, vamos a seguir con estas pautas de trabajo hasta el viernes. ¿Qué más podremos contemplar, hasta entonces? ¿Qué otras maravillas veremos, tras los peces que vuelan y las aves que bucean? Ya les iré contando.

 

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