Belleza letal

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Ensalada de Tomate, Anchoas y Guacamole, Arroz con Costilla, Conejo y Pollo, Pajel a la Plancha

Mañana de sábado luminosa, a veinticuatro horas de salir con el equipo del Dr. Jorge Guillén, del CMIMA, para realizar una campaña más del proyecto FORMED, que iniciamos el año pasado.

Mañana ociosa, con todo el material científico y las provisiones necesarias ya a bordo, que invita a perderse por una ciudad que recupera su aspecto habitual después de ser teñida por una lluvia de agua y polvo del desierto, convirtiéndola en una ciudad de adobe, para ser limpiada a continuación por otra lluvia, esta torrencial, que la hizo desaparecer ante nuestros ojos enmascarada en un manto gris como si el cielo hubiera caído sobre ella.

Pero hoy el sol nos calienta y entibia un ambiente que sería bastante más fresco si la brisa del norte –y que mar adentro se hace fuerte, como para retrasar un día nuestra salida- actuara impunemente. Adormecido por el calorcillo, repaso los últimos cinco días de travesía entre Marín y Barcelona, una de las mejores si la comparamos con la estadística de malas mares, paradas eternas en puertos de arribada forzosa –Cádiz sobre todo, pero también Málaga, Tarifa, Lisboa, Sigres…-, y llegadas a puerto con el cuerpo descompuesto por el cansancio. Sin embargo, no ha sido una travesía de mar en calma y las horas de observación –mirando, oyendo, sintiendo- no han dado como resultado la captura de muchas fotos de habitantes del océano: un escualo pequeño, tal vez de 1 m, quizá una tintorera –Prionace glauca-, rondando lo que parecía un cubo de plástico, al acecho de los pequeños peces que siempre acompañan estos objetos flotantes; gaviotas patiamarillas –Larus michahellis- y, de vez en cuando, algún págalo grande –Stercorarius skua- con su aleteo alocado como si estuviera llegando tarde a su próxima pendencia; pequeños grupos de delfines listados –Stenella coeruleoalba- que se acercaban sin demasiado entusiasmo a nuestra proa y que desaparecían pronto, aburridos por el poco interés que había despertado su presencia –sólo mi cabeza asomaba más allá de la roda- y la escasa cobertura hidrodinámica que proporciona nuestro lento desplazamiento, comparado con los gigantes transoceánicos que  comparten nuestra derrota norte-sur a lo largo de la costa portuguesa, y oeste-este mientras atravesamos el Estrecho…

Durante las últimas millas de travesía, a pocas horas de Barcelona, un nubarrón ensombrece nuestra ilusión por llegar a puerto amigo: un medé, llamada de socorro por el canal 16 del UHF, avisa de un hombre al agua en las cercanías del puerto de Barcelona. Aunque poco después se desactiva, al final se confirma la tragedia: El pesquero L’Escandall se ha incendiado…  hay tripulantes quemados… un tripulante se ha lanzado al agua… y se ha ahogado.

Otro más.

El Santa Ana en Cabo Peñas; el Mar de Marín junto a las Cíes; el L’Escandall frente a Barcelona: diez muertos en tan poco tiempo, el último, un ciudadano peruano en el que era su primer día de trabajo en el L’Escandall… Pero, cómo olvidar que lo bello puede ser letal, como la cobra levantando medio cuerpo en actitud mayestática, como la leona encogiendo arrastrándose entre los matojos mientras se acerca a su próxima comida…

El GdC sabe de colisiones y de incendios. En los veintidós años que llevo a bordo, he vivido dos colisiones –ambas con pesqueros-, un incendio –en la cocina, por una errónea conexión de los terminales eléctricos de la freidora-, y un temporal en el que la seguridad del barco se vio gravemente comprometida  –por error en la valoración de la previsión meteorológica y por plegarse a las presiones para llegar a tiempo al inicio de una campaña oceanográfica-. La belleza puede hacer olvidar el riesgo. Recuerdo perfectamente –y, de alguna manera, echo de menos- mis primeros tiempos en el GdC, cómo me divertía apostado en la proa, sin cámara fotográfica y sin interés aún por las aves, sólo disfrutando de la mar invadiendo la proa y obligándome a agarrarme al asta del torrotito como si mi vida dependiera de ello –de hecho, posiblemente así fuera-. Hoy no me atrevería a hacer eso sin ponerme un casco y anclarme antes con un arnés a un punto fijo del casco, y aun así.

En el muelle del Reloj, al lado de la lonja del puerto de Barcelona, luce una senyera y una bandera peruana –franjas roja, blanca y roja- con sendos crespones negros, en homenaje al marinero peruano que dejó su vida en la mar y de todos aquellos que reposan en el fondo, fundiéndose poco a poco con el océano al que amaron, respetaron, odiaron, en porcentajes que sólo ellos podrían afirmar.

La belleza letal de la mar rinde pleitesía a la belleza de los hombres y mujeres que dejan la seguridad de tierra firme y se adentran en el océano, buscando su futuro.

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