Inmensa belleza

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Ensalada de Endibias y Salmón Marinado, Caldeirada de Merluza, Crema de Calabacín, Pollo Frito con Tomate.

Mis pies caminan por los 4 m2 transitables en la cocina, a los que hay que añadir los 12 m2 en los comedores, más 15 m2 en pasillos, sin olvidar los 4 m2 en el camarote y los 2 m2 en los baños. 40 m2 mal contados que circunscriben el transcurrir de mi vida cuando estamos navegando, sin una pasarela apoyada sobre el muelle por dondeampliar ese horizonte.

Ciertamente, a esa superficie habría que añadir los 6 m2en el puente, al que acudo para charlar con Eduardo –amigo, capitán, cuñado, en ese u otro orden- o para contemplar la mar cuando el tiempo es demasiado malo para estar en cubierta, y los 15 m2 en los laboratorios, que frecuento para husmear inquisitivamente en los negocios e industrias del equipo científico –aprovechando su exquisita paciencia, todo hay que decirlo-.

Apenas 60 m2 “edificados” son nuestro universo -cobijo, lugar de trabajo, de ocio, de descanso- del que no nos movemos durante días, mientras van pasando las singladuras de una campaña. Pero esta casa en la que nos apelotonamos hasta 26 personas tiene una muy buena terraza: aproximadamente 50 m2 de cubierta transitable a modo de balcón corrido a lo largo de todo el perímetro, desde el que podemos disfrutar las vistas más bellas del mundo.

Nada hay tan bello como la mar. Nada tan aparentemente simple –agua, horizonte, cielo- encierra, en realidad, tanta complejidad, tantas realidades que se van alternando al son de leyes sobre la naturaleza de los fluidos, de los gases, de la luz. Ya sea en calma chicha o desatada por la tempestad, la magia de la mar nos recuerda que somos de ella, hijos pródigos que vuelven a su seno después de un viaje de muchos millones de años, cuando los primeros seres osaron romper su abrazo y aventurarse lejos de su orilla.

Hemos recorrido toda la costa portuguesa hasta doblar Cabo San Vicente. Ahora, tras atravesar el Golfo de Cádiz, estamos a punto de dejar el Atlántico y adentrarnos en el Mediterráneo. Mientras preparaba la ensalada de endibias y salmón marinado –con manzana y nueces, y emulsionado de yogur, mostaza y caramelo-, no dejaba de mirar por el portillo cómo las olas me acercaban el horizonte hasta casi poder tocarlo. Como un niño en su primer día de vacaciones en el pueblo de la familia, buscaba cualquier pretexto para salir a cubierta a respirar ese aire fresco, húmedo y salado que tanto añoraba. Me quedaba embobado viendo el oleaje acercarse por la aleta de estribor, alcanzándonos y haciendo que el barco caracolease como un caballo domado por un jinete experto.

Por la tarde, tras arranchar la cocina después de haber dado la cena, me acerqué hasta la proa con los prismáticos y la cámara, esperando ver algún paíño volando convulsivamente a lo largo del seno de una ola, apareciendo y desapareciendo como si fuera el patito de un puesto de feria. No fue así, pero lo disfruté igual, consiguiendo el mismo estado que me imagino buscan los que meditan al modo oriental.

Pero yo no medito; sólo contemplo en silencio, también interior: miro, oigo, siento la inmensa belleza de este mundo que se extiende hasta el horizonte desde un pequeño balcón que navega por él.

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