Arranchando a son de mar

Largando amarras de nuestro atraque en Maremagnum

Largando amarras de nuestro atraque en Maremagnum

Coliflor con Vinagreta del Piquillo y Frutos Secos, CousCous con Pavo Guisado, Crema de Champiñones, Brocheta de Rape y Langostinos, con Guacamole y Humus
Como la bola de billar impulsada por un taco experto, el GdC va rebotando en las bandas de la piel de toro: Cabo de la Nao, Cabo de Palos, Cabo de Gata, el Estrecho… Tras salir de Barcelona después de que Xavi, Marcos y Susana –de la UTM- probaran el martes el nuevo software de la multihaz, el sumatorio de millas nos acerca más y más a nuestro destino: 186, 264, 355, 537 millas… Cuando lleguemos a Vigo –tras doblar Cabo San Vicente, Cabo da Roca: 719, 831 millas- habremos recorrido casi 1100 millas, un camino que el GdC ha hollado muchas veces desde que se decidió, hace aproximadamente trece años, que el mantenimiento del barco se llevara a cabo en Vigo y no en Tarragona –el astillero donde se construyó el GdC- o en Cartagena, en donde había una sede de la UTM. Muchos de esos veintiseis viajes entre Vigo y Barcelona, ida o vuelta, han durado bastante más de los cinco días que tarda el barco cuando las condiciones meteorológicas son óptimas. Han sido varios los viajes incómodos, cuando no agotadores, o incluso angustiosos. Cádiz nos ha acogido cada vez que hemos tenido que esperar a que las condiciones en el Atlántico, más allá de San Vicente, fueran soportables. Han sido estancias que se han prolongado durante días, muchas veces en un Cádiz anegado por las lluvias mientras nosotros nos anegábamos de manzanilla y de fino, y nos curábamos con tortitas de camarones y ortiguillas fritas.
Pero es el viaje a casa, a una de nuestras casas –todos los de a bordo tenemos dos: el GdC y otra donde viven nuestras parejas y nuestros hijos, que nos acogen y nos soportan-, y se vive de manera muy diferente a las singladuras típicas de una campaña, donde el barco zigzaguea, desandando lo navegado, tejiendo una urdimbre en la carta mientras se extraen muestras de todo tipo. En este viaje el GdC siempre navega hacia adelante, nunca mira atrás como no sea para echar un vistazo a las líneas que arrastra en busca de ese bonito tonto que ignora que es un engaño lo que le está atrayendo, con tierra firme siempre por estribor salvo cuando cruzamos el Estrecho y África nos marca el camino. Los laboratorios están desiertos, arranchados y silenciosos, y en la cubierta los marineros retocan los desconchones de pintura para llegar a Vigo con buena cara. En la cocina ningún científico o técnico se acerca a conversar, a husmear cuál es el menú de hoy, o a ambas cosas, y quien cocina debe hacer un esfuerzo para no abandonarse a la plancha y la cocción, con el apetito de la tripulación deshinchado por la cercanía del desembarco.
Con algunos científicos y técnicos mantenemos una relación de amistad; con todos ellos, de compañerismo franco y productivo. Huérfanos de ese trato, nos abandonamos a la mar que nos acoge, ahora que se muestra calmada, contemplándola ensimismados, absortos en sus reflejos y ondulaciones y en su línea recortada por la costa cercana a veces, apenas un tenue cambio de tonalidad en el azul del cielo, otras.
A estas horas aún no está claro si podremos seguir el viaje a Vigo o deberemos desviarnos a Cádiz. Dentro de menos de seis horas la decisión deberá estar tomada tras consultar los últimos partes meteorológicos. Pero, si tantos pantocazos hemos soportado durante todos estos meses, ¿no aguantaremos algunos más?
Arranchando a son de mar, por si acaso.

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