Maniobras de reanimación

Despidiendo a GEOMARGEN desde la mar

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Ensalada de Hortalizas

 

Jureles y Brótolas Fritos, con Patatas

 

Crema Fría de Puerros

 

Butifarra con Judías salteadas y Pimientos de Padrón

 

El tiempo fluía plácidamente, insensible a los avatares de veinte personas a bordo de un pequeño barco rojo y blanco, apático ante los antojos del otro tiempo, el del cielo y la mar.

 

De pronto, despertó. Se desperezó –una semana antes-, tomó carrerilla –dos días después- y, súbitamente, todo se emborronó. Las olas y las nubes y las aves y el sol iluminándolo todo, el mundo entero fue impulsado por el tiempo como si éste fuera el motor positrónico del “Enterprise”. Intenté agarrarme a algo, a las leyes de ese Newton que cada uno llevamos dentro y que acostumbramos a llamarle Ética; a la costumbre, pegada al pasado como si fuera un post-it enviado al futuro; a los principios generales del pequeño monaguillo chillón llamado Moral, que se empecina por mantenerse vivo en nuestras entrañas, y que araña con sus manitas mugrientas las pantorrillas de nuestro Newton particular.

 

Pero fue inútil: todo discurría demasiado rápido, y yo me agotaba más y más. Mis pies me llevaron de la cocina al camarote, de ahí al muelle y más allá, hasta la estación. Me senté en el lugar indicado en el billete, desplegué la mesilla anclada en el respaldo de la butaca delantera, e intenté mantener la costumbre de escribir la última crónica de la campaña en el tren de vuelta a casa, mientras paisajes estratificados por la Alta Velocidad recorrían el metro escaso de la ventanilla como un sueño no REM en medio de la noche.

 

Pero fue inútil. Ni siquiera fui capaz de sacar el portátil. Caí en el sueño como si alguien hubiera puesto la zancadilla a mi consciencia con un pañuelo empapado en éter. Cuando desperté, una voz en diferentes idiomas me recordaba que estábamos llegando a Zaragoza y que comprobara que no me dejaba ninguna pertenencia. No le hice caso: viajo con sólo una mochila. No podía perder tiempo, tenía que intentar seguir el ritmo enloquecido del tiempo encabritado.

 

Pero fue inútil. Abrazos, besos; el agua de la piscina apartándose de mí como si estuviera infectado por el salitre; charlas preestablecidas por universos comunes con los amigos de siempre; el cielo limpio a nueve mil metros de altura, las nubes más abajo ocultando la meseta de Bohemia… Todo ello pasando vertiginosamente ante mis ojos y mi consciencia… Y de nuevo el tren y sus paisajes en dos dimensiones, hipnóticos, sedantes…

 

Todo fue, finalmente, inútil. El tiempo se me escapó entre las manos, cayó bajo mis pies y resbalé con su viscosa consistencia por la pendiente que desembocaba bruscamente en el ahora.

 

Ahora estoy en el barco, de nuevo, como si apenas fuera necesario decir “de nuevo”, escribiendo en este diario mientras el maldito monaguillo por un oído y mi “Newton” particular por el otro no dejan de farfullar sus discursitos recargados, buscando uno sembrar la culpa, y encontrar excusas plausibles el otro ante el hecho de que el tiempo, mientras yo babeaba ante él, ha zarandeado el diario dejándolo listo para recibir maniobras de reanimación.

 

Así que esto no deja de ser eso, una maniobra de reanimación, con los recuerdos no contados de GEOMED desparramados en torno al cuerpo convulso de las crónicas del GdC: recuerdos del último fondeo frente a Bizerta, con los cuellos de los componentes del proyecto atiborrados de parches anti mareo, y las ollas rodeadas por las balanceras porque el barco se movía tanto o más que navegando (fondeadero de Bizerta: buen agarre, mal abrigo); recuerdos de la despedida de Mohammed, el científico tunecino, desembarcado con una lancha remisa a acercarse al GdC, que respingaba contra el fondeo como un mustang ante el lazo del vaquero. Apenas algún recuerdo del viaje desde Bizerta a Barcelona, jugando al pilla-pilla con el enésimo temporal proveniente del norte, del Golfo de León, pero aprovechando la coyuntura para un baño de fortuna al socaire de Menorca.

 

Y ahora, a las puertas del Golfo de León, frente a un Cap de Creus que apenas se vislumbra entre la calima, con la mar atontolinada por la estabilidad meteorológica propia del verano, el GdC navega de nuevo oyendo los ecos del fondo, con el proyecto FORMED cargado a sus espaldas, nuevo relato para una crónica reanimada.

 

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