Un día cualquiera

20130623 Navegando frente al sol

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Arroz a la cubana

 

Pijotas Fritas, con Espárragos y Salsa Romesco

 

Gazpacho

 

Entrecote de Ternera, con Ensaladilla Rusa

 

A estas horas, apenas pasadas las ocho y media de la tarde, no debería estar escribiendo estas líneas. Debería estar en cubierta, una vez acabada la cena al aire libre, con un vaso mediado de vino en la mano, charlando de cualquier cosa o empezando a seguir con la punta del pie el ritmo de la música, sonando a través del equipillo de fortuna, montado a tal efecto.

 

No tenemos petardos ni bengalas, somos como los huéspedes de la galería de vigilancia atenuada de cualquier presidio occidental, género masculino, número plural, ante los invisibles barrotes de la inmensidad marina que nos rodea, pero aun así con ganas de celebrar la noche de San Juan, “la noche más corta del año” –mmm, bueno, más o menos: en realidad está en función del solsticio de verano, que este año ha ocurrido a las seis y media de la mañana del 21 de Junio, hora peninsular-.¿Cómo podíamos hacerlo, sin chicas con las que bailar bajo la luna llena, alumbrados por su luz y la de los farolillos de colores? Pues comiendo y bebiendo… bajo la luna llena.

 

Pero había que contar con el padre de la muchacha, que ante la falta de ésta ha sido interpretado con meritorio éxito por el viento de veinte nudos que día sí día también, acude a la cita esté anunciado o no, que ni los alisios atlánticos son tan cumplidores. A las cuatro de la tarde una comisión del departamento de Fonda, que es el que se chupa la organización de esta clase de eventos, ha decidido que así no, que con veinte nudos de viento por la amura de estribor y rociones amenazando con salar excesivamente los langostinos cocidos, no se podía montar ni cena ni nada, que no era cosa de sembrar la mar con vasos y platos de plástico volados desde la mesa de camping montada para la ocasión, ni se podría mantener conversaciones mínimamente comprensibles teniendo a la Máquina rugiendo lo correspondiente a los casi ocho nudos con los que vamos observando el fondo tunecino.

 

Así que, al final, y por segunda vez desde que comenzamos esta campaña –la otra fue fondeados frente a Túnez, con una ventada que hacia moverse al GdC como si en vez de fondeados estuviéramos corriendo la Copa América-, se ha desconvocado la fiesta y hemos acabado cenando a nuestra hora y en nuestro comedor, como Eolo manda.

 

Así es la vida a bordo del GdC, donde mil fiestas y saraos han iluminado otras tantas noches durante todos estos años, tantas como planes han fastidiado vientos cansinos, mares respondonas, puertos díscolos, coyunturas desquiciantes, razones desquiciadas, cálculos equívocos, promesas incumplidas, pactos infringidos… Pero si no aceptas las reglas del juego, si no reconoces que vives en un universo cada segundo cambiante, si no admites que la vida en la mar es así, que la vida de la Ciencia es así, que la vida es así, estás perdido.

 

Así que reconfiguras el menú, aceptas el vino que te ofrecen a través de la ventanita que conecta la cocina con el comedor, pinchas una música que suba el ánimo, y piensas en qué harás mañana de comer, último lunes que pasaremos en la mar antes de escapar a casa unos días, mientras montas los platos para el primer turno de la cena del 23 de Junio, un día cualquiera.

 

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