¡¡Al toro, que es una mona!!

20130618 Buscando la calma total

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Crema de Calabacín

 

Berenjena Rellena

 

Ensalada Verde

 

Sardinas a la Plancha

 

Duró apenas unas horas, pero rodeó al barco con la magia ensoñadora e hipnótica que hace que el espacio y el tiempo se ondulen como las alas de la bailarina española sobre el arrecife coralino. Ni siquiera era continuo. Aparecía, más bien, como franjas intercaladas con otras en las que un levísimo rizo emborronaba el hechizo.

 

Pero ahí estaba, de nuevo, otra franja de calma total, la que permite retratarte ante la lisa superficie de la mar, convertida en espejo efímero; aquella que hace que la frontera desaparezca, que el barco levite, que la medusa respire aire, que todo se convierta en un solo universo.

 

En esos momentos me quitaba de encima los prismáticos y la cámara con su objetivo hipertrofiado, y simplemente me asomaba por encima de la regala y miraba hacia abajo, supongo que de manera parecida a los delfines que giran su cuerpo mientras nadan a escasos palmos de la roda del barco, contemplando durante unos instantes cómo les miramos a ellos, en una mutua perplejidad que difumina la frontera que nos separa.

 

En otros momentos, mientras pasaba por una franja de mar rizada, captaba con los prismáticos una imagen sospechosa en medio de la siguiente franja de calma total. Entonces los dejaba a un lado y me hacía con la cámara, y seguía con el “AI Servo” ese punto que se iba acercando a medida que nos acercábamos a su altura. Entonces, cuando el punto se convertía en una tortuga, o una raya, o un pez luna, apretaba el disparador configurado en “disparos en serie” y “cazaba” al habitante marino convertido, durante un instante, en vecino de universo.

 

Así estuve durante un par de horas, viendo concentraciones masivas de Velella velella que refulgían como pequeñas palmatorias contra el sol crepuscular; una raya huyendo apresuradamente de la superficie (la segunda que veo en veintiún años de embarque en el GdC); dos tortugas, una pequeña, la otra enana, cerca ambas de un agrupamiento de Pelagia noctiluca -la medusa cuyo diámetro es el de un puño, aproximadamente, y cuyos largos tentáculos pueden producirnos quemaduras que dejan cicatrices-, de las cuales se alimentan; dos delfines, imposibles de identificar en el resol del atardecer, posiblemente Stenella, saliendo del agua como torpedos inocuos… y me he visto a mí mismo, mirando mi reflejo, y más allá siguiendo los haces de luz que se adentran en la mar hasta perderse en el azul profundo.

 

Al fin, el sol desapareció del todo a medida que iluminaba otras aguas otros continentes, hacia el oeste. La mar fue adquiriendo un tono azulado cada vez más oscuro, en contraste al principio con el brillo irisado de la rompiente formada en la roda del barco, girando al negro a medida que el cielo se poblaba de estrellas y la rompiente adquiría un tono grisáceo. La magia había acabado, así que me reincorporé a la sociedad del GdC, en silencio y medio ensimismado, saboreando el retrogusto que el sueño deja en la consciencia.

 

Más tarde llegaron de nuevo los veinte nudos, la mar nerviosa y la ausencia de encuentros con otros seres que no fueran las pardelas cenicientas, las Velella y los grandes barcos buscando Gibraltar o Port Said.

 

Y aún más tarde, hoy mismo, una nueva entrada en Cagliari. De nuevo aprovisionamiento de víveres, de gasoil; nuevamente cambio de personal. En catorce horas todos de nuevo a bordo. Ahora mismo el GdC se aleja de la bocana de Cagliari, quizá por última vez si Mohamed, el amable compañero tunecino que continúa embarcado en calidad de observador, puede al final desembarcarse en Barcelona, cuando el barco atraque el día 29.

 

Ha embarcado Álvaro, de REPSOL, para comprobar in situ el trabajo del GdC, de los científicos del CMIMA y técnicos de la UTM, aunque la verdad es que lo que va a ver no puede catalogarse como lo más impactante de la multitud de trabajos que realiza el GdC: en el laboratorio, dos técnicos medio adormilados controlando los displays de las sondas -que es lo más parecido a contemplar cómo cada segundo un folio pasa volando de una carpeta a otra en la pantalla del ordenador cuando estás copiando un archivo de 200 mb; en la cubierta, dos oscurecidos marineros -producto del sol y la salitre- picando los desconchones, miniando y pintando cualquiera de los muchos metros cuadrados de acero que componen el casco; en el puente, un descuajeringado oficial sentado en su trono como si hubiera caído en él desde un segundo piso, contemplando en una pantalla cómo el barco sigue la trayectoria que han trazado sobre la carta electrónica los científicos de turno, y corrigiendo los desvíos con la tensión que proporcionaría correr un gp de f1 en la ps3, a cámara lenta; en la Máquina… bueno, vaya ud. A saber qué ocurre en la Máquina; y en la cocina, ahí sí, todo alegría y actividad desenfrenada, dándole vueltas al sofrito mientras cantamos a voz en grito “¡¡Siempre que llegas a casaaa, mencuentras en la cocinaaa… embadurnado de harinaaa… con las manos en la masaaa…!!

 

Bueno, bienvenido sea a bordo ¡¡ y al toro que es una mina… digo una mona, maestro!!

 

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