Conocerte como a Venus

20130608 Crepúsculo casi veraniego

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Brócoli al Vapor con Salsa de Ajo y Tomate

 

Huevos con Patatas y Chistorra

 

Crema de Legumbres

 

Pescado Variado a la Plancha, con Setas Salteadas con Salsa de Soja y Wasabi

 

El verano ha llegado doce días y unas horas antes de que el sol consiga su máxima declinación en el hemisferio norte (+23º26’.1). La mar ha adquirido esa quietud anticiclónica tan característica del estío, y en la cubierta el sol se ha impuesto definitivamente sobre la ligera brisa, lo que ha permitido a los tripulantes de la Máquina disfrutar de unos estupendos 35ºC al coincidir el ascenso de las temperaturas con la rotura de uno de los dos extractores de la sala de Máquinas… Están encantados.

 

En el laboratorio, el software de la multihaz decidió que ya no se ponía más en marcha. No es que cada mañana se pusiera en marcha al iniciar la jornada laboral y, de pronto, se negara a hacerlo. El trabajo de las sondas es casi permanente mientras el barco sigue la línea trazada en la carta, y sólo se interrumpe cuando hay que dejar una línea y pasar a la siguiente, paralela a la anterior -como hace un agricultor al volante del tractor mientras rotura el campo de labranza-, o cuando hace falta utilizar el CTD –o los más sencillos XBT- para conocer la densidad de la columna de agua y poder calibrar las sondas respecto a la velocidad del sonido en el agua, que cambia según dicha densidad. Resulta que el software de la sonda multihaz se apagaba cada día al llegar el reloj a marcar las 00:00:00, o sea, a media noche, una actitud que podríamos calificar a caballo entre el muy temido en su momento “Efecto 2000” y el hechizo del que disfrutó Cenicienta… hasta media noche. En cuanto se apagaba, los técnicos volvían a arrancarlo, porque sin dicho software de nada sirve que las sondas sigan barriendo el fondo. Pero una media noche el programa no arrancó, ni a la primera, ni a la de tres. Y, claro, los técnicos estaban… eso es, encantados. Mas hete aquí que recordaron que llevaban otra versión diferente del mismo software. Lo arrancaron y… fueron felices y comieron perdices. Bueno, perdices no, pescado, pero eso no importa.

 

Y así, mientras el programa de la multihaz emborrona pantallas y pantallas con diferentes tonos de los colores primarios, el barco sigue el zurcido ideado sobre la carta haciendo que los grandes barcos con los que nos cruzamos, que vienen o van a Port-Said -entrada al Canal de Suez- se aparten obedeciendo a la señal que enseñamos en nuestro mástil –bola, bicono, bola-: “maniobro con dificultad, manténgase apartados de mí”. Gigantescos portacontenedores, tanques, graneleros, de trescientos metros de eslora y aún más, maniobran humildemente después de llamar por el VHF: “What’s your intention, sir?”, y nosotros seguimos tan campantes nuestra derrota, impertérritos incluso si se acerca una patrullera tunecina –que debe salir como los caracoles, cuando luce el sol tras la tormenta- a preguntar por enésima vez, esta vez a voz en grito, qué estamos haciendo con tanto ir y venir.

 

Quizá sea el denso tráfico el que explica la cantidad de plásticos y toda clase de deshechos con los que nos cruzamos a medida que recorremos estas aguas, y de los que me percato en mi diario observar de la mar, contemplando las pardelas cenicientas y las velellas, verdaderas reinas de estas aguas. Hoy ha sido el primer día que hemos podido ver a las pardelas exhibiendo su mejor técnica de planeado, cuando apenas hay viento y a pesar de ello porfían en su silencioso vuelo por encima de las estelas de los barcos, rasgando la superficie de la mar como si sus plumas primarias fueran estiletes.

 

Mientras escribo estas líneas, sentado en el comedor multipropósito, oigo en las noticias que hoy es el Día Mundial de los Océanos -¿océanos? Independientemente del nombre que le demos, Océano sólo hay uno, ocupando con sus 2035 millones de kilómetros cúbicos los 362 millones de kilómetros cuadrados de fondo marino, siete décimas partes de la superficie del globo (“La exploración del mar”, de Robert Kunzig, Ed. Laetoli)-, y no deja de parecerme digno de consideración que dicha jornada –definida más o menos arbitrariamente- coja al GdC descubriendo los detalles de esta infinitesimal parte del fondo marino –aunque sea para “constatar la presencia de signos que hagan sospechar escapes de fluidos gaseosos en el subsuelo”-, agregando su partícula de arena a un trabajo ciclópeo que quizá no acabe nunca: la de conocer el fondo marino del planeta, con la misma exactitud con la que se conoce la superficie de Venus.

 

Eso estaría bien, Océano: conocerte como a Venus.

 

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