Bizerta ajena

Saliendo de Bizerta

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Ensalada de Lentejas

 

Sardinas en Escabeche

 

Sopa de Pollo

 

Pescadilla a la Plancha, con Patatas Fritas

 

Al principio pensé que nunca conseguiría dormir sin ella, tengo la sensación de sentirla pegada a mí, hasta tal punto mi cuerpo estaba acostumbrado al suyo, y después me despierto, ella no está y estoy perdido”. Emmanuel Carrère, en su libro “De vidas ajenas” (Ed. Anargama. Barcelona, 2013: absolutamente imprescindible, según mi modesto entender), transcribe las palabras de Patrice, que aún está intentando asimilar la pérdida de su mujer Juliette.

 

Así nos sentimos muchos de los que estamos a bordo del GdC, creo: desamparados ante la ausencia de la protectora cultura occidental, aunque sea en su versión más latina, mientras paseamos por la Medina y la Kasba de Bizerta. Abro los ojos en una ciudad nada turística, donde por la calle la gente te mira preguntándose, seguramente, qué se le habrá perdido a este europeo con su obscena cámara haciendo fotos de los pescados fresquísimos, amontonados groseramente en encimeras de madera y cajas de plástico mientras camina casi de puntillas intentando evitar que sus zapatos no absorban demasiado jugo de pescado añejo, y que no se le note en la cara sus dificultades para ignorar el olor imperante.

 

En Bizerta te cruzas con mujeres vestidas según los clichés occidentales y mujeres de las que no ves ni un centímetro cuadrado de su piel, ni siquiera en torno a los ojos, ocultas tras los nikab, aunque son las menos: lo que más se ve es la túnica en tonos oscuros y de bordes decorados, con el niyab envolviendo la cabeza. También se ve, de vez en cuando, a alguna anciana luciendo el sefseri tradicional tunecino, un gran lienzo de 1,60 x 2,00 metros, en tonos siempre claros, con el que envuelven todo su cuerpo, desde los tobillos hasta la cabeza, dejando la cara a la vista. Ves a hombres con la marca en la frente producida por años de tocar con ella al suelo mientras rezan –señal de la que se enorgullecen- y parejas de jóvenes besándose apasionadamente entre las almenas de la muralla de la fortaleza que rodea a la Kasba.

 

Mientras esperábamos sentados ante un café a que limpiaran los veinte kilos de pescado fresco que habíamos comprado en el mercado, Eduardo (capitán/amigo/cuñado) y yo charlamos con nuestro agente Zied Chaaben, que articula para nosotros la panorámica de un país que intenta mantener su carácter abierto y permisivo dos años después de una revolución que, de alguna manera, aún no ha acabado. Aunque ya se ha redactado una nueva Constitución, en Túnez sigue mandando un gobierno provisional -de carácter islámico moderado-, y hasta Septiembre no se convocarán a los ciudadanos en las primeras elecciones libres. El islamismo radical, que proviene de Argelia y Libia, es mayoritariamente rechazado porque pone en peligro el estilo de vida tunecino, aunque la lucha contra esa corriente permitió durante los últimos años otras medidas relacionadas con el autoritarismo y la anulación de los partidos opositores. Las elecciones en las que se presentaba un único partido no son una rareza en la historia reciente de Túnez.

 

Negar la belleza de Bizerta sería faltar a la verdad lo mismo que lo sería negarla a la estepa de los Monegros o a los montes resecos del Cabo de Gata. Es cierto que en buena parte de la ciudad reina la suciedad y el abandono, pero Zied nos cuenta que antes de la revolución de hace dos años la limpieza recaía principalmente en cuadrillas de ex convictos a los que la municipalidad contrataba para esos trabajos por un sueldo paupérrimo. La revolución abolió ese tipo de contratación, y la situación de eventualidad que vive todo el país no ha facilitado la organización de ese tipo de servicios públicos. Junto al mercado, los desechos orgánicos se amontonan en solares, quizá esperando que al fin algún camión municipal acabe recogiéndolo todo. Mientras cuadrillas de voluntarios –sobre todo jóvenes- intentan liberar a las calles de tanta porquería, aunque sea mínimamente, cientos de gatos sestean por los rincones, no sé si esperando a comerse alguna de las ratas que deben medrar entre la basura, o a ser comidos por ellas, dado el tamaño de unos –raquíticos, asténicos- y otras.

 

Pero en la Medina y en la Kasba Túnez reivindica sus raíces que relucen en cada una de las mujeres que circulan por su laberíntico entramado de calles, ataviadas con el niyab; en cada uno de los niños que te sonríe y te saluda con un “¡¡bon soir!!” juguetón; en el sosegado trabajo de los pequeños talleres de herrería, agrupados en una calle cercana al borde de la Kasba.

 

Sin embargo, de nada sirve haber disfrutado de esos paseos y de los tés con menta en cafés donde el aroma de la infusión se mezcla con el del tabaco de las pipas, cuando uno se enfrenta a la cruda realidad y se da cuenta de que tiene que olvidar cualquier rasero relacionado con su cultura, cuando no queda otro remedio que aceptar que las cosas no funcionarán si no se va dejando un reguero de “mordidas” de montante más o menos abultado, y que aún con dichos óbolos hay murallas inexpugnables que te obligan a pasar por el tubo, te guste poco, mucho o nada. Al final, el momento temido llega y hay que enfrentarse a la recepción del pedido de víveres. El ambiente previo es de tensa espera; el climax, cuando quitan el toldo que cubre la caja de la camioneta y se empiezan a vislumbrar cosas desconocidas, desesperante; la carga y estiba de los artículos, desesperante.

 

Veremos que se puede hacer con lo que hemos metido… Pero, insisto, para la Fonda, Cagliari o Cagliari, siempre Cagliari. Sí, está seis horas más lejos de la zona de trabajo –doce, contando con la vuelta-, pero ¿cuánto tiempo hemos perdido en esta Bizerta ajena con el llamativo ritmo vital de esta zona del mundo? Ya hablaremos.

 

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